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Vergüenza universal

Sentada, frente al ordenador, recuerdo la imagen de hace tres días. Acabábamos de presentar la guía de estilo Cómo informar sobre la trata, editada por la Comunidad de Madrid, con la colaboración de la editorial Lid, que el año pasado editó mi primera novela, Puta no soy, y supervisada por Apramp, organización que trabaja desde hace más de treinta años por devolver la dignidad a las víctimas de explotación sexual. La guía es un manual de estilo para que los medios de comunicación tengan más claro el lenguaje que hay que utilizar al informar sobre la trata, además de explicar datos, los mecanismos por los que operan las redes, la manera de entrevistar a los implicados en esta lacra.image

Salimos de la sede de la Dirección General de la Mujer, donde se presentó (gracias por cierto a María Dolores Moreno, directora general, y a Carlos Izquierdo, consejero de Políticas Sociales y Familia, por presentar la guía) y recordé cómo mi editora, Nuria Coronado, había destacado en su intervención que probablemente a unas pocas calles habría mujeres víctimas de trata. Me dejé llevar por la emoción y retrasé mi siguiente cita para acercarme a esas calles señaladas, sabiendo que encontraría exactamente lo que Nuria había dicho. Sin duda. Así hice. Sin ruido, con discreción, con una mirada de reojo, como miro siempre que paso por delante de ellas, trabajando mi conciencia y mi energía con un solo mantra, rezado en silencio y hacia el interior de mi mente y mi corazón: Acabemos con esta vergüenza.

Aun de reojo, distinguí a una morena de cabellos rizados y algo encrespados, con alzas enormes y pantalón corto de esos que incluso en la playa serían llamativos, e imaginé su drama, la vi cruzando el norte de África y después el estrecho, y sentí su dolor de adolescente camuflada. Observé desde una terraza los movimientos de quien a buen seguro la explotaba, pues se acercaba a ella en exceso y de continuo. Sentí tal repugnancia por aquel hombre de edad indeterminada y anillos gruesos y tal pena por aquella chiquilla, que me levanté y no pude seguir mirando, ni siquiera de soslayo.

Pensé en la facilidad y la frivolidad con que aún hay quien sigue hablando de la prostitución como el oficio más antiguo del mundo (siempre digo que no, que no es la profesión más vieja, sino la explotación). Me revolví contra quienes miran para otro lado cuando hablo de esclavitud o repito que la trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual nutren prostíbulos, clubs de carretera, saunas, “calles”. Qué mal cae, lo sé, cuando insisto en que sin demanda no habría oferta y ligo esto con el argumento anterior. Pero así es.

Hoy es el Día Internacional contra la Explotación Sexual. No seamos cómplices. La trata es esclavitud. Y la esclavitud es una intolerable vergüenza universal.


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