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Ver algo mas que mirar

Ver, algo más que mirar

¿Alguien duda ya de que convivimos con la esclavitud y le hemos dado la espalda o nos ponemos de perfil según los casos? Y seguimos pasando los días, los días con sus calles, como si nuestra reacción fuera inocua.

Y no. No lo es. El Papa Francisco lo ha visto muy claro. Le ha parecido inaceptable que las grandes ciudades de todos los países den cobijo a la esclavitud, esas mismas ciudades que reclaman wifi gratis para una mayor y mejor calidad en las comunicaciones. dejando que mujeres también de todo el mundo ocupen por horas sus calles, rodeadas de barrotes que son inapreciables a la vista, de cárceles que no se ven, por carceleros esclavistas que cumplen con la parte de misión que tienen asignada con respecto a esas mujeres: asegurarse de que venden su cuerpo y que las ganancias no les llegan a ellas, que ya se sabe que la independencia económica libera; asegurarse de que no se mueven del lugar que les ha sido asignado; asegurarse de que no delatan, de que no rompen las cadenas de la esclavitud que un día les impusieron cuando ellas solo pretendían escapar de la miseria.

El día 30 de julio se conmemora el Día Mundial contra la Trata, lo hace por segunda vez desde que la ONU decidiera instituirlo a finales de 2013. Y lo hace sin avances claros, salvo uno: el tema ha pasado de ser prácticamente ignorado por la sociedad en general a convertirse en objeto de la mirada de los medios de comunicación y de las agendas políticas, incluso de la agenda Vaticana. Y sin embargo, sigue habiendo 4,5 millones de mujeres y niñas en el mundo víctimas de trata con fines de explotación sexual, según el último informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Sigue existiendo un negocio que reporta 35.000 millones de dólares al año y que está quitando el sitio al tráfico de drogas como segundo negocio ilegal más lucrativo (a las armas no le quita nadie el primero).

¿De verdad alguien puede pensar que estamos ante seres humanos libres cuando ve prácticamente desnudas a mujeres en pleno mes de enero, con una temperatura que roza los cero grados?

Estos son los datos. Entre los que existen, que son pocos y contradictorios. Son cifras. Pero, ¿son cifras las mujeres y las niñas engañadas? que cuando caen en manos de sus raptores (siempre se habla de mafias pero no siempre lo son) solo buscan salir de situaciones miserables, solo buscan ese horizonte dorado que les permita vivir como creen como sospechan que se merecen, para caer en unas situaciones si cabe más miserables y de las que es muy dificultoso salir. ¿Son cifras para sus captores? Son carne con la que lucrarse. No la hacen físicamente picadillo. Pero la destrozan igualmente. Son una materia prima en base a la que construir su negocio, una materia prima que por cierto o cuidan ellas o ningún mantenimiento le dan sus dueños, materia prima desechable. Y sin embargo esas mujeres (y niñas, hay que insistir siempre, pues aproximadamente un 20 por ciento de las víctimas de trata lo son… y sí, también hay niñas en España engañadas, vendidas y obligadas a ser explotadas sexualmente) viven esclavizadas por cifras. Las que les imponen sus captores, las que les imponen por la financiación adelantada, y por el transporte, e incluso por el alquiler de los lugares en los que las obligan a ser explotadas sexualmente. No es baladí este reportorio de imposiciones. Porque se corresponde exactamente con los cuatro episodios clave de la trata: captación, financiación, traslado y explotación. Captadas en las zonas en las que está escrito feminización de la pobreza, correspondientes a cualquier latitud. Captadas para acceder a un trabajo que les acerque al umbral de la normalización económica y social. Financiadas en sus viajes hacia ese infierno en que torna su soñado paraíso. Trasladadas hacia el lugar en el que “vivirán”, traslado que sumará ceros a sus deudas, como la aumentarán las ropas que deban comprar al amanecer a esa su nueva vida. Explotadas en clubes, en saunas, en pisos, en la calle…, donde pagan hasta la última consumición que hacen, los preservativos, las sábanas, las habitaciones por supuesto, los puestos que ocupan, los palés que usan para hacer hogueras.

Hablemos de hogueras y de frío. ¿De verdad alguien puede pensar que estamos ante seres humanos libres cuando ve prácticamente desnudas a mujeres en pleno mes de enero, con una temperatura que roza los cero grados? ¿En serio, podemos (¿queremos?) creer que se trata de seres que actúan atendiendo a su voluntad? O pueden porque no la tienen. Porque se la han arrancado. Primero les han anulado la identidad legal, porque en su mayoría les han desposeído de los documentos de identidad. Después les han anulado la identidad como personas, esclavizadas, sometidas, humilladas, cuando no drogadas o alcoholizadas.

¿Exagero, verdad? No. Nada. Miremos de frente. A los clubs de carretera que nos cruzamos en cualquier tramo de nuestra red. No hay que fijarse excesivamente; nos asaltan sus neones a veces con formas femeninas, por si quedan dudas. Leamos los panfletos que nos dejan en los limpiaparabrisas del coche. Y ni siquiera hace falta. Paseemos por algunas calles. Visitemos algunos polígonos industriales. Están ahí. Las víctimas de trata forman parte de esas mujeres que están ejerciendo la prostitución. Según los expertos, un 80 por ciento de ellas. Vemos, oímos a eslavas, africanas, latinoamericanas. Son ellas. Y están ahí. Utilizando datos recopilados de las operaciones policiales al respecto en 2014, el perfil de las víctimas en España, es el de mujeres rumanas, nigerianas o búlgaras con edades comprendidas entre los 18 y los 22 años. Concretamente, 60% de las identificadas proceden de los Balcanes, Europa central y la ex Unión Soviética. Un 13% serían originarias de América Latina, alrededor del 5%, de África y un 3%, de Asia oriental. Una gran proporción de las víctimas (alrededor del 20%) son de origen no determinado o bien local. Podríamos hacer la prueba. Podríamos acercarnos y preguntar. Nos encontraríamos con que no hablan. Tienen miedo. Sí sería fácil, en cambio, que encontrásemos la sombra del proxeneta, de su bicho, que por cierto no tiene por qué ser hombre, en la calle también hay mujeres, saliendo al encuentro del moscón o moscona que no quiere negocio sino conversación con sus esclavas.

Por eso he escrito la novela “Puta no soy”, basada en un personaje del documental Chicas nuevas 24 horas, dirigido por Mabel Lozano. Para visibilizar la esclavitud. Mi protagonista es peruana, porque allí la trata es básicamente nacional y queríamos dar a conocer una trata diferente. Pero no hay que ir a Perú para encontrar la misma manifestación de este delito contra los derechos humanos. Como digo está aquí. Y también se cuenta en mi novela. Afortunadamente, sale a la luz en un momento en que no solo se producen redadas cada semana, sino que incluso los medios han tomada cartas en el asunto. Es especialmente mencionable la campaña de Mediaset que recoge el eslogan del último plan contra la trata: #conlatratanohaytrato y que continuamente recuerda el teléfono de la policía para denunciar posibles casos. Desde su lanzamiento las denuncias han crecido un mil por cien: 900 10 50 90.

Por Charo Izquierdo. Publicado en los principales diarios de Vocento

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