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Responsabilidad compartida

Desde que el año pasado publiqué la novela Puta no soyeditada por Lid Editorial, basada en uno de los personajes del documental Chicas nuevas 24 horas, dirigido por mi amiga Mabel Lozano, no he parado de afianzarme en la idea de que la lucha contra la trata de personas, y más en concreto la lucha contra la trata de mujeres y niñas con fines de explotaclibroión sexual, es una responsabilidad de todos. Así lo digo ahora, hoy Día Mundial contra la Trata de Personas,  y así lo digo siempre que me preguntan. Sería tan simple adjudicársela solo a las mafias, los grupos, las gentes o la gente que compran, venden, explotan a estas mujeres, que en cualquier foro siempre tiendo a recordar que en la prevención, en la comisión y en la ocultación del delito hay tantas partes implicadas como las que componen la sociedad. Al final, esto es como hacienda, con perdón: somos todos.

Cuando escribí la novela, tras un exhaustivo trabajo de documentación, un viaje a Perú, con el equipo de rodaje del documental, años de interés por el tema, entre otras cosas enmarcado en mi estudio de la violencia de género, dado que la trata es la máxima representación de la violencia ejercida contra las mujeres, solo soñaba con que podía contribuir a cambiar las reglas del juego, aunque solo fuera a través de la concienciación. Pretendía escribir una novela que tuviera tanto impacto en los lectores como en su día tuvo en mí el martillo concienciador de mi amiga Mabel. Pretendía decir, “señores, señoras, no le den la espalda al tema”. Y resulta que ha sido cierto, que cada vez que hablo sobre el mismo, presento la novela, presto mi humilde experiencia para remover otras conciencias, percibo que así es, que quien lee el libro o me escucha entiende el asunto de otra manera, de esa que hace mirarlo de frente, a pesar de que este año que fue el segundo en la Feria del Libro de Madrid aún pasaban algunas personas cuyas risitas denotaban que el título elegido les incomodaba, como si la palabra “puta” no saliera nunca de las gargantas de ninguno de aquellos paseantes y supuestos lectores. Pero sé que afecta y positivamente, tan positivo como que muchas personas que lo han leído me han preguntado qué hacer algo para ayudar a estas mujeres. Solo un par de anécdotas:

1- En la escuela de negocios Aliter, tras presentarles la novela y hablarles de estas mujeres y niñas que como el título dice no son putas sino mujeres y niñas obligadas a ejercer la prostitución, se levantó una de las alumnas y sugirió no comprar los periódicos que siguieran publicitando la prostitución entre sus páginas de “anuncios”, dado que como dicen las asociaciones que trabajan con mujeres que han sido rescatadas, aproximadamente un 80% de quienes ejercen no son libres, no son prostitutas, sino prostituidas, son esclavas o han sido víctimas de trata. Aquella alumna había entendido bien claro el mensaje. A continuación se levantó otra y sugirió que en las empresas se firmara un acuerdo que los trabajadores se obligaran a cumplir, a saber: “en los viajes de trabajo no se va de putas”.

2- En una cena benéfica en Alicante, organizada por la fundación Esperanza Pertusa, perteneciente a la marca de calzado Gioseppo ante aproximadamente 400 personas, me atreví a hablar de la trata y de cómo la educación era la única revolución tranquila que podía cambiar el mundo. Me vine un poco arriba y seguí y seguí, hasta que de pronto me vi diciendo a aquellos hombres y a aquellas mujeres que imaginaba padres en su inmensa mayoría que explicaran a sus hijos lo que habían escuchado y que les pidieran a los varones que “no fueran de putas”. Al tiempo que lo decía, temblé pensando que la  la frase podía caer mal, hasta que comencé a escuchar un fuerte aplauso espontáneo que equivalía a que lejos de mal la ocurrencia había caído bien.

En estas dos anécdotas de alguna manera están recogidas parte de las responsabilidades sociales a las que aludía en un principio. De los medios, porque han de ayudar en la concienciación social; me parece una hipocresía que en unas páginas informen sobre una redada que ha desmantelado una red de mujeres víctimas de trata y unas cuantas antes o después mantengan publicidad de prostíbulos, clubs o saunas donde se sabe que pueden estar prostituyendo a mujeres después de haberlas captado, financiado su viaje, trasladado para finalmente explotarlas (la trata siempre funciona de acuerdo a estas fases). Ahí hay que levantar una lanza en favor de mediaset que con su campaña #ConLaTrataNoHayTrato ha puesto sobre la mesa el problema, visibilizado a través de sus líderes de opinión.

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La secretaria de Estado de Igualdad, Susana Camarero, el ministro de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Alfonso Alonso, Charo Izquierdo, Mabel Lozano y Rocío Nieto, presidenta de Apramp, durante la presentación del Plan contra la Trata.

Una responsabilidad de la comunidad en general, porque hay una negación continua de un fenómeno que molesta (cómo no va a incomodar que en nuestra era existan esclavos). De los hombres en particular, porque las leyes del mercado hace tiempo que lo dejaron claro: solo hay oferta cuando hay demanda; sin puteros, como a mí me gusta llamar a los consumidores de prostitución, no habría ofrecimiento, y sin él tampoco interés en hacer de la trata un negocio, que lo es. Y por último la educación como el gran paraguas que como decía puede contribuir al cambio del mundo, a mejor. Una educación en igualdad, una educación en la que el “yo pago, yo mando” no tenga lugar, donde el sometimiento quede definitivamente abolido.

Restan otras responsabilidades, por supuesto, seguramente la más global, que es la pobreza. Estamos ante un fenómeno que afecta fundamentalmente a las poblaciones más desfavorecidas del planeta, ahí donde la sola posibilidad de huir del lugar en el que has nacido urge a ponerse al servicio de quienes ofrecen la salida con una supuesta compensación económica. Quedan las de los gobiernos, responsables de la calidad de vida de los habitantes de sus respectivos países. En este sentido, hay que recordar que el nuestro aprobó en septiembre de 2015 el Plan contra la Trata, un plan transversal que afecta a la casi totalidad de los ministerios, dotado con más de 100 millones de euros, sumado lo correspondiente a los cuatro años de duración del plan. También la Comunidad de Madrid aprobó recientemente una Estrategia contra la Trata de Seres Humanos, dotada con 7 millones de euros. Aplausos, y de los sinceros.

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La presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, durante la Estrategia contra la Trata de Seres Humanos, presentada en julio de 2016.

Ahí podría terminar el post. Sin embargo, no basta con hablar de la pobreza y de quienes la sufren y volver a insistir en que las mujeres la sufren doblemente. Eso sería quedarse con la conciencia superficialmente limpia. Sería no darse por afectado. Porque en España, por hablar de nuestro país, no somos ajenos. Somos un país de tránsito, pero también de destino de estas mujeres y niñas traídas para ser sometidas desde puntos tan dispares como Nigeria, Rumania o Colombia, engañadas, destinadas a la explotación sexual (el dato de 5 millones de euros como resultante de la prostitución en nuestro país ¡al día! debería decirnos algo.). Por eso tiene tanto valor el trabajo que realizan organizaciones como Apramp, gracias a cuya labor muchas mujeres y niñas recuperan la dignidad, al tiempo que la libertad. Con su ayuda, estudian, acceden a una formación laboral y sobre todo son capaces de recuperar una vida en normalidad, si es que alguna vez la tuvieron, unos hábitos perdidos durante su etapa como esclavas. Ante ellas, me descubro.

 

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