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¿Qué le ha pasado a la moda española?

¿Qué le ha pasado a la moda española?

En la medianía de agosto, en esos días en los que los italianos huyen de las ciudades y del calor de lo que llaman ferragosto y sitúan en torno al 15, pero que en el norte de España parece que el otoño se ha adelantado, tuve el honor de participar en el curso “Moda española 360º”, organizado por la Asociación de Creadores de Moda de España (ACME), en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander, codirigido por su presidente, Modesto Lomba, y su directora, Pepa Bueno. Y me gustaría compartir alguna de mis reflexiones después de escuchar algunas e interesantes ponencias.

El título de este artículo y un curso de moda puede hacer pensar que voy a hablar de qué ha ocurrido después de Balenciaga, nuestra eterna y justa referencia, referencia de los grandes diseñadores internacionales. Y podría ser así. Podría decir por qué nos paramos tras su desaparición. Pero no sería justa, porque no ha sido el único y volveré más adelante a él y a sus secuaces. Prefiero irme más lejos en el tiempo, para justificar más aún el título y tratar de entender qué ha ocurrido para que no hayamos conseguido sacar la cabeza ni con planes económicos ni con ayudas estatales o autonómicas ni repitiéndonos que somos una potencia después de París, Milán y Londres, por hablar de Europa. Porque aunque no lo sepamos y no lo hagamos valer (algo que ha sido muy español y que, afortunadamente, cada vez alejamos más de nuestros fantasmas), nuestro país ha marcado tendencia y mucho más de lo que podríamos creer. Y no solo porque continuamente veamos las referencias a nuestro folklore y esencias en grandes creadores (Dolce&Gabbana, en su día Lacroix y el propio Yves Saint Laurent que declaró una vez que en sus colecciones siempre había una maja o una infanta, refiriéndose a las españolas y, es de suponer, a Velázquez).

Al parecer, y según la consultora de moda y doctora en literatura y moda, Marta Blanco, España fue una fuente de tendencias ya en el siglo XV, entre otras cosas debido a que si en Francia, por ejemplo, el modo de vestir que marcaba la Corte era mucho más encorsetado, en nuestro país la confluencia de culturas árabe, judía y católica nos hacía mucho más exóticos. Me llamó y nos llamó la atención escucharle hablar de los chapines, una especie de zuecos destalonados y con grandes plataformas de corcho, superpuestas hasta crear una gran altura. Se trata de un zapato que llegó a Europa desde España y que la especialista explicó que había sido fundamental a la hora de crear ese modo de andar tan cimbreante que, según ella, ha caracterizado siempre a las españolas.

Del siglo XVI es el primer tratado de sastrería. ¡Y es español!

Como también lo es el color de las damas, de las fiestas, del luto… y del lujo, el negro en la mejor versión de si mismo y que llega como algunos alimentos, con la colonización. Porque en América se encuentra el palo de Campeche, una materia prima capaz de conseguir que el negro se fije más y brille, con ese color tan característico que se conoce como ala de mosca y que hace del negro un color asociado al lujo por una única razón: era un producto costoso, que los mayas ya usaban para teñir y que reducía muchísimo el proceso del tintado puesto que ya no se requerían tantos baños de tintes como antes de su descubrimiento. De la misma manera que nos explicó que en el siglo XVIII era española la preponderancia de las ovejas merinas, que nos “robó” Francia, anulando ya para siempre una industria la de la lana en la que podíamos haber sido “grandes” de España. Y es también a finales del XVIII cuando frente al formalismo francés, aparecen los majos y las majas que exaltan lo local, lo nacional, los madroños, esa naturalidad de la que han presumido las mujeres españolas, y es el momento en el que queda fijada la chaquetilla del traje de torero. Pero lo cierto es que ese formalismo francés del XVIII está inspirado en el mismo formalismo español del XVII (según explicó la historiadora de la moda Charo Mora).

España moderna, España en tendencia, incluso cuando a principios del siglo XX un Mariano Fortuny revolucionario participa del llamado movimiento reformista de la moda que libera a las mujeres de los corsés antihigiénicos y crea el traje Delfos que estiliza el cuerpo sin modificarlo y que todo amante de la moda debe ver al menos una vez en la vida (tuve la suerte de admirarlo en el museo Smithsonian de Washintong donde lo enseñan sacándolo de una sombrerera), el traje plisado del que bebió el gran Miyake. Hablaba antes de Balenciaga, San Cristóbal, y que me perdonen la barbaridad de darle santidad, pero para la moda lo merece. Pero nos olvidamos siempre de que hubo más. Hubo un Antonio Castillo, que diseñó para Lanvin,  o los creadores españoles que ya en los años cuarenta desfilaron en Nueva York, como Pedro Rodríguez, famoso por sus drapeados, o Santa Eulalia, con su diseñador Pedro Fornosa (que ya entonces se había descubierto cómo una gran firma necesitaba un gran creador, aunque también nos lo haya enseñado la serie Velvet), la gran casa barcelonesa que según contó Charo Mora había deleitado a la sociedad barcelonesa con un desfile de Alta Costura, nada más acabar la Guerra Civil. O una gran desconocida, Asunción Bastida, o, lógicamente Pertegaz.

Hubo muchos más, hasta saltar a nuestros nuevos diseñadores, a nuestras actuales marcas de moda. Es más, siempre ha habido destellos, creadores que ha saltado a la palestra (hablo de creadores, no de fast fashion). Berhanyer o Carmen Mir, por supuesto. Como a finales de los 70 hubo un Adolfo Domínguez que despertó mentes con su “arruga es bella” y llegó a vestir al protagonista de Corrupción en Miami, encarnado por Don Johnson. O en los 80, Sybilla, y más tarde Ágatha Ruiz de la Prada, Custo Barcelona, que antes fue Custo Line, Armand Basi, Amaya Arzuaga, Davidelfín, Josep Font… Hablo de la relevancia internacional de aquellos que, entre otras cosas, gracias a sus  desfiles en París, Milán, en Nueva York o en Londres alcanzaron fama internacional y recogieron sus frutos en forma de apariciones en prensa. Como ocurre en la actualidad con Font que es el director creativo de Del Pozo, o los Alvarno, diseñando Azzaro, o como ocurrió con Cristina Ortiz, hoy al margen de las grandes marcas internacionales, pero que ha sido una de las más internacionales, como máxima responsable de diseño en Lanvin, Brioni o Salvatore Ferragamo, después de un largo paso por Prada. O como ocurrió con un carrera frustrada, la de Miguel Adrover, elevado al olimpo de los dioses por la diosa Wintour y que tras una colección azarosamente inoportuna de mujeres tapadas, contemporánea al 11 de septiembre trágico neoyorquino, se refugió en las mazmorras de un bar en Mallorca.

Puestos así, en fila india, cualquier profano se atrevería incluso a hablar de España como gran potencia, más aún sabiendo que casas tan emblemáticas como Carolina Herrera, Nina Ricci, Paco Rabanne o Jean Paul Gaultier son propiedad del grupo español Antonio Puig.

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Y, sin embargo, tengo que volver al título del articulo: ¿Qué le ha pasado a la moda española? Grandes creadores los hay. Pasarelas hay (en el curso “Moda española 360º volvió a discutirse sobre la necesidad de seguir celebrando la de Madrid y Barcelona, una discusión o reflexión que se repite desde hace más de veinte años), aunque basta haber visto media docena de desfiles internacionales para entender lo que nos aleja de ellos, que es mucho, en montaje, en casting, en instalaciones, en propuestas, aunque, insisto, la creatividad y la ilusión sea grande. En un porcentaje elevado de creadores, muchos de los que presentan sus colecciones en pasarela no distribuyen su moda en tiendas, sencillamente porque no las producen. La gran mayoría de los diseñadores vive de la confección a medida, de sus colecciones, de las de novia, de licencias de accesorios o de diseños colaterales. Cuando se produce esa moda, las cantidades son tan pequeñas que los precios son elevados. No existe una gran industria asociada a la moda, a pesar de que esta supone el 2,7 del PIB en nuestro país. Tampoco los medios de comunicación prestan la atención que se le da a la moda en otros países; pocas menciones; muchas veces en especiales separados, como si la moda internacional fuera la moda y la nuestra, “la otra”.  No queda mucho que explicar: la responsabilidad es compartida. Lo sería para bien, si hubiera un esfuerzo por dar relevancia a lo que en esencia es uno de nuestros valiosos tesoros: la creatividad. Como lo es para mal, cuando no somos capaces de  vendérnoslo y venderlo, por ende, al mundo.

 

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