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Prefiero el aroma del capuchino

Sentada en la terraza de un café, esperando a alguien que llega tarde, ligeramente tarde, esos minutos permitidos incluso por la cortesía más estrecha, me hago a la idea de ser alguien que observa, como uno de esos paseantes que adoran ver (y comentar) las obras, sin ir más lejos. Veo. Miro. Observo. En esos momentos quisiera ser Mamet y escribir, como él, en un café. Lo intento. De hecho, escribo estas líneas, sospechando que será el único momento libre del día para hacerlo con tranquilidad, sin necesidad de esperar a la siempre cómplice noche.

Hay quien lee el periódico tranquilamente en la mesa de al lado. Siento ciertos celos de quienes tienen ese preciado tiempo para detenerse en un diario cuyas noticias “grosso modo” ya conozco. Pero, así y todo, me corroe ese celo de quienes poseen no el diario sino el tiempo…, seguramente a diario.

Casi todo el mundo porta el arma cargada de presente y me temo que futuro, que es el teléfono móvil, pegados a la pantalla que nos une a algunos con el trabajo o la familia, a otros con las noticias, a otros con la diversión. Busco a Pokemon. No parece  que vaya a hacerse de cuerpo presente.

Y pensando en el cuerpo, me llama la atención una mujer. Pasa por delante. Tiene mediana edad y mediana rubia la melena, porque las entradas bastante notorias delatan el color de base, negro con canas. Y mediano, tirando a medio vacío el largo del short. Como si hubiera salido de la playa. Algo más: en el tercio superior asoma la operación de pecho, de esas que no engañan, circunferencia perfecta. Y el sujetador. Bien visible, por delante y por detrás. No tengo nada contra la cirugía de mamas. De hecho, respaldo el trabajo del jefe del departamento de cirugía plástica y reparadora del Hospital de la Zarzuela, en Madrid, Ángel Juárez. Es una especialidad maravillosa ejercida por buenas manos -y en nuestro país las hay-.

No son las mamas. Ni siquiera el short con tacones a primera hora de la mañana. Ni el pelo. Ni siquiera el sujetador visible. Ya sé que está de moda la transparencia para que asome la lencería. No veo la necesidad, la verdad, pero un repaso a la moda en las revistas y un paseo por las tiendas de moda me ha afianzado en que la transparencia ocupa este verano un lugar privilegiado y lo ocupará este otoño.

Es el conjunto lo que me ha perturbado. Fue esta mañana. ¿Había dicho que era la mañana, mientras bebía uno de los mejores capuchinos de Madrid?

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