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Mi post en el Blog Mujeres

Siempre pierden las mismas

Mírese de mil maneras. Siempre encontrará el mismo modo por el que empezó todo. Desprotegida. Pobre. Hija de pobres. Sin recursos. Sin estudios o con muy pocos estudios. Sin esperanza. Con la necesidad absoluta de salir de un agujero, que se llama miseria, o con hijo o hijos a los que atender, sola, o con la imposibilidad de encontrar un trabajo digno. Da igual la edad, aunque en el mercado de la carne cotiza la temprana, como en los corderos. Con esas condiciones anteriormente descritas, la presa está preparada. Ahí está, como un tesoro para quienes están llamados a solucionar la vida a esa mujer, a esa chiquilla, a esa niñas, desesperadas todas por encontrar su propio paraíso.

Los batallones de mujeres que nutren lo que se llama feminización de la pobreza están ahí, listas para revista, listas para servir. Y son muchas. Dos terceras partes de los 1.500 millones de personas que en el mundo viven con menos de 1 dólar diario, que marca la pobreza severa, son mujeres. Ellas tienen algo que otros no tienen, pueden saciar el sexo. Y hay hombres, otras mujeres, grupos, mafias que lo saben y están dispuestos a hacerlo valer. “Yo tengo un trabajo para ti”, les dicen. Y allá que dan el paso al frente ellas para ocuparlo. Normalmente se trata de un trabajo teóricamente legal, teóricamente digno. Y no lo pueden perder.

Hace unos días escuché en el curso La trata de seres humanos: prevención, protección y persecución, en la UIMP, en Santander,  a la cineasta Isabel de Ocampo -premio Goya a la mejor dirección novel por Evelyn, película que aborda el tema de la trata- una manera nueva de hablar de estas mujeres. Me sorprendió e interesó su visión de que estamos ante mujeres y niñas valientes, emprendedoras, que quieren romper el círculo de la pobreza, que ven en el trabajo que se les ofrece una oportunidad. Nunca había contemplado este punto de vista. En mi opinión, se trataba de víctimas, simplemente.

Llamémoslas emprendedoras, pero la realidad es que se trata de mujeres que queriendo salir de la pobreza, aceptan un trabajo de camarera, de cocinera, de cajera, de modelo, secretaria… y se encuentran en una red que las explota sexualmente. Llamémoslas valientes, pero la realidad es que siguen a un loverboyque les hace creer que van a vivir una romántica historia de amor y se encuentran compartiendo piso con otras cinco incautas como ellas a las que también enamoraron y ahora les hacen vender su “amor” a otros, y de forma obligada. Serán emprendedoras, pero les engañan al montar la empresa. Y así tenemos en Europa entre uno y dos millones de personas, víctimas de trata, obligadas a ejercer la prostitución, la mayoría de ellas inmigrantes, según la Fundación Scelles, que realiza un balance de la prostitución entre 54 países.

Hablamos de trata de seres humanos e incluso normalizamos el término, tanto, que o le ponemos el nombre real o podemos llegar a asimilarlo como parte más del paisaje. Y el término real es esclavitud. Una esclavitud a imagen y semejanza de la que, orgánicamente, fueron aboliendo los países del mundo y que se fue completando a lo largo del siglo XIX, cruzando en algunas naciones los albores del siglo XX. Es difícil saber el número total de esclavos vendidos a lo largo de la historia, pero algunos historiadores cifran en 12 millones de personas traficadas de África a América, entre los siglos XVI y XIX. Pues bien, en el siglo XXI, cada año cruzan las fronteras unas 800.000 personas para ser explotadas al tiempo que otras lo son dentro de sus propios países, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), 2014. Imaginamos la esclavitud a la “antigua usanza” y vemos hierros, cadenas, grilletes, jaulas. En la “nueva usanza”, hay cadenas, hay celdas, hay palizas y hay nuevas maneras de presionar con yugos más sutiles. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), casi 21 millones de personas víctimas de trata en el mundo, de ellas, aproximadamente 4,5 millones de mujeres y niñas lo son con fines de explotación sexual en un negocio que supone 35.000 millones de dólares al año.

Pero basta de datos. Son personas. Mucho más que números. Mujeres y niñas que buscando romper las cadenas de la pobreza aceptan un trabajo, un viaje, una experiencia y amanecen a ella con nuevas cadenas, con una deuda que difícilmente son capaces de saldar ni pasando el día “ocupadas” – que así se dice cuando una mujer atiende un servicio sexual-, con un problema mayor y del que poco se habla: CO-SI-FI-CA-DAS. Nada peor para un ser humano que pasar a la categoría de cosa. Pues así es. Una cosa. Un trozo de carne, con el que no se hace picadillo pero al que se trata como si con él lo hubieran hecho. A una cosa se le hace cualquier “ídem”, se utiliza, se usa, se tira, se aparca, se maltrata. Los objetos no sienten ni padecen y, cuando molestan, se cambian de sitio o se tiran. Así es.

Hablamos de mujeres y niñas víctimas de trata con fines de explotación sexual y damos datos y cifras, saber y ganar…. Pero son eso, seres humanos, mujeres y niñas, con familias, con vidas detrás, muchas de ellas con hijos, todas con nombres. Y hay que conocerlas para sentirlas, para poder protegerlas, para dignificarlas, para no victimizarlas ni convertirlas también nosotros en objetos. Se llaman Luna -como una de las protagonistas de mi novela Puta no soy (Lid Editorial)– o Yandí, una de las protagonistas del documental Chicas Nuevas 24 horasde Mabel Lozano, en la que me he basado para crear mi personaje. Se llaman Cristina. O Julia. O Esmeralda… Son mujeres engañadas que si consiguen salir de su prisión sufren mucho más que multas y tienen mucho más que deudas. Sufren un shock postraumático del que poco se habla y que hay que cuidar, mucho más allá de encontrarles un trabajo. Porque deben recuperar la dignidad. Deben recorrer el camino inverso al que un día recorrieron: han de pasar de cosa a ser humano de nuevo.

Por eso escribí Puta no soy. Porque Luna, Yandí, Cristina, Julia, Esmeralda son responsabilidad de todos. Cada uno puede elegir dejarlas que sigan esclavizadas o por el contrario pelear, empujar para no seguir conviviendo con la esclavitud. Porque están a nuestro alrededor. En los clubes de carretera que cruzamos. En las saunas. En los lugares que aparecen en las publicidades que nos dejan en los coches o en los periódicos. En las calles.

Cada uno tiene su responsabilidad. Desde luego mayor es la de quien vive de ellas. Pero también de los puteros (si a la mujer que ejerce la prostitución, en estos casos, obligada a ejercerla la llamamos puta me niego a llamar clientes a los consumidores). También de quienes hacen negocio con la venta de ropa, perfumes, cosmética, a estas mujeres ¡y niñas!, y al proxeneta le interesa que compren, que compren mucho, porque también se lo deberán a él, engrosando la deuda. Y de los poderes públicos; en España todavía estamos esperando que se apruebe en Consejo de Ministros el II Plan de Integral de Lucha contra la Trata que debía haber sido implementado en 2013. Una pregunta: ¿Qué sociedad queremos?

[firmaArticulo]Por Charo Izquierdo para el Blog Mujeres http://blogs.elpais.com/mujeres/

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