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cartel de Save The Children en su sede de Madrid, que, gracias a la iluminación, forma un corazón.
cartel de Save The Children en su sede de Madrid, que, gracias a la iluminación, forma un corazón.

La suerte de dar

cartel de Save The Children en su sede de Madrid, que, gracias a la iluminación, forma un corazón.
cartel de Save The Children en su sede de Madrid, que, gracias a la iluminación, forma un corazón.

Aprendí esta manera de hablar de generosidad y acción social de boca y obra de mi amiga Carmen Reviriego, quien ha celebrado varios eventos con este título de la suerte de dar, con el que también ha escrito un libro.  En ellos ha reunido a mecenas y filántropos internacionales, personas envidiables no por lo que tienen sino por lo que entregan. 

Ayer, después de visitar el Centro de Recursos para la Infancia y la Adolescencia Colorearte que la fundación Save The Children tiene en Leganés, he sentido con profundidad y conocimiento de causa el significado de la suerte de dar. Y de dar precisamente a quienes más lo necesitan, los niños que generalmente no tienen voz, y aquí no se es que se les dé (porque en realidad ya la tienen) sino que se les deja oír, se les amplifica; los niños, que requieren educación para salir del bucle de la pobreza en el que si no van a quedarse, reproduciendo esquemas, vida, destino similar al de sus padres; los niños que necesitan ejercer su libertad en espacios seguros.

Colorearte se me ha abierto como un lugar en el que los niños han encontrado su sitio. Y eso no es tan evidente. Ellos saben que ese es su sitio. Y lo manifiestan a través de sus sonrisas, de sus palabras, de sus gestos, de su felicidad. Los niños y sus familias, que reciben ahí un apoyo, fuera de las horas escolares, que sugiere un mundo mejor y protector, tal y como deseamos siempre que sea el mundo de la infancia, con la justa protección que crea seres libres y mejores.

Descubrir a niños que miran contentos a sus compañeros, a sus profes, a los visitantes, a ellos mismos, seguro. Descubrir familias que consultan, que piden ayuda, que saludan, con la naturalidad no de quienes son necesitados sino de quienes simplemente son. Descubrir que un local en el que se juega, se convive y sí, también, se estudia, es el local en el que los críos de casi cualquier edad pueden estar unas horas aprendiendo lo bueno, alejados de esa realidad en la que seguramente también aprenderían, pero probablemente lo no tan bueno. Y descubrir que hay personas con tanta humanidad, con tanta fuerza como el coordinador del centro, Fredy, que ha dado tal sello al lugar que populamente deja de llamarse Colorearte (nombre que por cierto le pusieron sus “habitantes”) para tomar su nombre… Descubrir todo eso y mucho más, los egos de los niños tan pequeños, la destreza con la que se incluye a los diferentes, la indisciplina disciplinada de los juegos y que hay profesionales que con brillantes carreras deciden entregarse a los pequeños más necesitados es descubrir los rayos de esperanza que se cuelan en la vida una tarde cualquiera de invierno, sabiendo que llegarán primaveras, veranos y otoños, y ellos seguirán allí DANDO.

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