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La calma, tras la tormenta

Ocurre muchas veces y ocurrió hace unos días, como ocurrirá en otros días de verano: una tormenta que parecía incluso estar afectando al carácter del entorno, al menos del mío. Lluvia de barro, de cuyas consecuencias han sido testigos privilegiados los coches de la ciudad. Y horas después la luna y con ella la calma, o viceversa. Lo dice el refrán que habla de la tempestad.

Lo curioso es que al día siguiente de aquella tormenta, en una conversación entre mujeres profesionales, algo me hizo recordar el fenómeno natural, cuando de una manera espontánea alguien sugirió el cambio en la manera de relacionarnos. Y, no digo que yo esté de acuerdo, pero sí que me llamó poderosamente la atención su enunciado. Una de las interlocutoras sostcalmaenía la teoría de que antes  (lo que yo identifiqué con la tempestad) había “una sola” mujer que triunfaba, y añado las comillas para poner el énfasis que ella le daba con sus ojos y sus manos. Sin embargo, decía, ahora hay muchas mujeres que triunfan, hay muchas mujeres que están en lugares de decisión, y lo que yo veo es que esas mujeres tienden a ayudarse unas a otras, son más colaborativas (como la economía actual), no imponen relaciones de competencia entre ellas, seguía, más o menos literalmente.

Procuro no generalizar, como procuro no caer en los tópicos. Y digo procuro porque ni de mi misma pongo en la mano en el fuego, tan acostumbrados estamos a las generalizaciones. Así que no me atrevería yo a firmar cien por cien las teorías de mi amiga. Pero su enunciado me gustó como contrapunto a aquellos que siempre se empeñan en asegurar que el género femenino mantiene malas relaciones entre sí, que las mujeres son las que menos se ayudan entre ellas, en fin, lo típico…, la identificación poco más o menos que con el pecado y el maligno, cuánto daño ha hecho “la manzana”.

¿Y si fuera verdad? Sería muy apasionante pensar en un mundo colaborativo, donde por supuesto los que más se esforzaran y los más dotados intelectual y laboralmente tuvieran su recompensa (abogo y abogaré siempre por premiar el trabajo y la inteligencia), pero donde también la humanidad, el afecto, la cooperación se impongan como métodos de relación. Sé que no es así. Por desgracia. Basta simplemente mirar a Grecia y a los campos de refugiados para corroborarlo, aunque entre paréntesis sé de jóvenes que este verano pasarán parte de sus vacaciones ayudando como voluntarios en esos campos. Y en efecto no estoy absolutamente segura de que entre las mujeres estemos siendo tan colaborativas como dice mi amiga, aunque desde aquí tiro una lanza a favor de mis congéneres, pero tal vez estemos asistiendo al despertar de la calma, tras tanta selva.

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