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Gestionar el ego

A lo largo de mi vida me he dado cuenta de que una de las pruebas difíciles que te pone la existencia es la gestión del ego: el propio y el ajeno. Del propio, por la dificultad de alcanzar el punto medio en un aspecto tan necesario. Si alguien te dice “yo no tengo ego, no te fíes”, me digo siempre. Porque todos tenemos ego. Es más, todos necesitamos ego no sólo para sobrevivir sino para vivir entre tantos “idem”.

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El problema no es carecer, que ya digo que no se carece, sino tenerlo pequeño, tener baja la estima, porque te comen, sí, pero además por la tristeza que genera creerse siempre chiquito y por la mala milk de quien se empina continuamente para crecerse y al hacerlo pisa al resto, que eso también lo he visto y vivido. Nada peor que el complejo del de la baja estima. O sí, peor el de la altísima estima. El problema una vez más no es carecer, no me repito, sino tenerlo tan grande que aplastas al resto. El complejo de quien se cree más que los demás, con su mirada fría y su antipatía, con su desprecio por la humanidad le convierte en un ser tan temible como un mihura en la vida taurina. En consecuencia, hay que trabajarse el ego es la lección. Para elevarlo, para sujetarlo; para encontrarle la buena temperatura, como la del cuerpo… Dichosos quienes de fábrica llegan con él bien puesto.

El del otro, ese no puedes cambiarlo, mejorarlo, si no eres su coach, así que no queda otra que gestionarlo. En mi vida profesional, trabajando con personas muy inteligentes he encontrado más cantidad de egos bien elevados que de los otros, como puede imaginarse, y lo más complicado ha sido siempre localizar la buena ocasión en que parar el choque de trenes de egos gigantes no tratados. Recuerdo una vez en que llegué a poner un cartel en la entrada de la redacción en el que decía que ninguno de los que entraba en aquel habitáculo era más importante que otro, sino que todos formábamos un equipo en el que cualquier pieza era importante.

Por eso me extraña tanto que una gran cantidad de políticos (me niego a hablar de los políticos en general, porque conozco y he conocido a muchísimos que solo piensan en el bien común) no encuentren la manera de salir de su ego y ponerse en el de los otros, fundamentalmente en el de quienes les votamos o tenemos la posibilidad de hacerlo, en el de quienes les ponemos donde están pero tenemos también la capacidad de quitarlos. No entiendo nada. El político se hace (no creo que nazca) para la cosa pública, para mejorar la vida pública, para trabajar por el bien de su nación. Francamente, creo que necesitamos más hombres y mujeres de Estado, que piensen en eso, que piensen en la economía del país y en cómo la ausencia de un nación fuerte desde el punto de vista político puede influir e influye en el negocio del país, en su inestabilidad también financiera. Y con eso, con las cosas de comer no se juega. O con eso no debería jugar el ego.

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