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El niño solo en la playa

Podría hablar del mismo mar de todos los veranos. Y mentiría. Quedaría  bien con esta frase cercana al título literario. Pero mentiría, porque ni era el mismo mar, ni el mismo sol ni el mismo verano. Nunca es nunca. Nunca el mismo sol ni el mismo verano que este año es diferente como pocos. Relativo, que diría Einstein.playa 1

Acabar de cruzarte en el lavabo del chiringuito al torero Enrique Ponce y a su esposa Paloma Cuevas hubiera sido suficiente elemento como para poner chispa a la tarde. Por cierto que ella es a la luz del día y en versión playera mucho más joven y guapa que pasada por el maquillaje y el photoshop, y mucho más natural, pues estaban limpiando los baños femeninos y ella tan pancha se metió con su marido en el de hombres… Y sin embargo no parecía hecho suficientemente relevante a ojos de niños  y de grandes, porque ni todos se cruzaron con ellos, como fue mi caso, y lo que a la mayoría parecía preocuparles era lo mucho que las olas crecían con la marea hasta el punto de echar de la playa a la primera línea consecuentemente empapados, tumbonas, enseres y personas, seguramente por ese orden.

La marea crecía. El oleaje crecía. Las voces, aunque pareciera imposible, crecían, acumuladas como los cuerpos a los que pertenecían, acumulados también unos cerca de otros, huyendo de las olas, las voces sobre los cuerpos, los cuerpos cada vez más juntos, a ritmo de toallas y hamacas que en una especie de baile asintónico arruinaban esa perfección del orden en el que unas y otras conviven al comienzo de la jornada.

Los de al lado habían comido. O mejor dicho solo habían comido una porción de lo que guardaba su nevera portátil, porque lo que es comer comían continuamente, explicando de un solo vistazo que ellos no practicaban lo que siempre dice una prima médico: “lo único que adelgaza es lo que queda en el plato”. No dejaban ni las migas. Aquella familia folclórica y racial se dividía entre quienes se atrevían a desafiar la terrible corriente que ya desde la orilla conducía hacia el fondo y quienes se mantenían pegados a la nevera bajo la sombrilla. Hablaban sin parar las mujeres. Desafiaban los hombres. Muy racial también. Y mientras ellas diseccionaban la última conversación con algún pariente a quien también diseccionaban, un niño lloraba y casi gritaba: “Quiero bañarme”. Gritaba cada vez más alto, sintiendo que nadie escuchaba su lamento de lágrimas secas. Mostraba sus manguitos a los que había pegado sus brazos, como dando a entender que estaría a salvo. Ni miradas ni escuchas. Sordas y ciegas aquellas diseccionadoras de cuerpos y almas ajenas. No es que no hubiera manera de calmar al crío. Es que no había atención prestada. Ninguna.

Yo, la verdad, quería dormir la siesta. Y yo sí le miré. Y le chisté. Y se calló. Bajaba la cabeza dispuesta a la cabezada y él callaba hasta que de pronto volvía a gritar “Quiero bañarme” y yo a chistar. Entonces descubrí lo que su familia no había descubierto. Aquel pequeño de manguitos pegados solo quería que le hicieran caso. Y una vez que le había quedado claro que yo se lo hacía callaba sin que le llevara a bañar, por cierto. Pasó la siguiente media hora hasta el cansancio en un juego que llegó a divertirme, a pesar de que no me permitía dormir. El niño lloraba, gritaba y me buscaba con la mirada. Y, una vez encontrada, recibía algo que no había tenido en toda aquella sobremesa de sesión continua, una respuesta a su pesada súplica: mi chissss que en ocasiones incluía dedo en los labios en señal de silencio. Así una y otra vez hasta callarse del todo y dejarme dormir. Cuando desperté, tenía un melocotón en la boca. Él, que encontró mi mirada y sonrió, sin darle un lugar al llanto.

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