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El mecenazgo como ejercicio de bondad

Hay algo que reconozco en la gente buena que conozco: la generosidad. Y es en esa bondad y en la generosidad características -por no denominarlas virtudes- tras las que se esconden los mecenas, esas personas que conciben su vida o parte de la misma, con la ayuda al resto, esas personas que hacen posible que el arte y la cultura no solo sigan vivos sino que se transmitan al mundo, como si fuera ADN.

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Todos conocemos, porque lo hemos estudiado en el colegio, los casos de los grandes de la historia del arte que requirieron la ayuda de otros grandes, de príncipes, de nobles, banqueros e incluso miembros de la iglesia para conseguir llegar con la memoria viva de su obra a nuestros días. Hoy no ha cambiado la historia, salvo que ahora hablamos de patrocinadores, sponsors y mecenas como facilitadores de quienes se dedican, entre otras cosas al arte, para que sean capaces de crecer y multiplicar su talento. Y a mí me gusta seguir hablando de mecenas, bellísima palabra que procede de un hombre, un mecenas, Cayo Clinio Mecenas que, un siglo antes de Cristo, en la corte de Augusto, patrocinó a poetas como Virgilio y Horacio. Ni ellos, ni Leonardo, ni Miguel Ángel, ni John Galliano, hubieran podido escribir, pintar, esculpir, diseñar, crear, en definitiva, si no hubieran contado con esa figura que les permitió el sano ejercicio de la vida a la par que la creación.

Por esta razón, fue un privilegio dirigir y presentar (junto con mi querido amigo Jaime Cantizano) los II Premios Iberoamericanos de Mecenazgo en Arte, en la Casa del Reloj, en la sede de la Comunidad de Madrid, bajo la presidencia de nuestra presidenta, Cristina Cifuentes. Estos premios son una iniciativa social de todos, de Sociedad, Empresa e Instituciones, unidos en un objetivo común: el de contribuir a construir una sociedad más humana y por lo tanto más libre, en donde se reconozca la enorme relevancia del Arte en este propósito. Pero lo son fundamentalmente por creación y empeño de Carmen Reviriego, presidente de la sociedad Wealth Advisory Services, que los ha instituido desde 2015, con el fin de que cada año reconozcan la labor de dos mecenas, que desde la humildad y la generosidad aceptan a través del reconocimiento de su labor servir de ejemplo inspirador para que otros sigan su ejemplo y se conviertan en mecenas. Y lo hacen con el apoyo de empresas como Citi Private Bank, Iberia, Broseta Abogados o Marqués de Vargas que este año se volcaron para hacer posible la ceremonia. Y también gracias a un jurado formado por Carmen Iglesias, Presidente de la Academia de Historia; Javier Nadal, Presidente de la Asociación Española de Fundaciones; Carmen Posadas, Escritora y Premio Nacional de Literatura; Carmen Reviriego; Miguel Zugaza, Director del Museo del Prado; Patrick Charpenel, comisario; y yo misma, que este año decidimos premiar a Elena Ochoa Foster y a Bárbara Garza Lagüera.

Podría hablar de las premiadas, inmensas en su discurso y en su talento, Elena Ochoa Foster como presidente de Ivorypress, editorial fundada en 1996, centrada en la creación y producción de libros de Artista y Bárbara Garza Lagüera, como presidente del Comité para el Desarrollo de la colección FEMSA, reconocida como una de las colecciones de arte corporativas más importantes de América Latina. Pero prefiero hablar de impresiones. De intención y de amor.

  • Porque si hay mucho amor concentrado en el mecenas, podría decir que Carmen Reviriego lo es. Por tener la visión de crear estos premios que promocionan el coleccionismo en arte y que son un canto a esa generosidad de la que hablaba al principio. Carmen es amiga, lo digo por delante. Pero es la inteligencia y la sensibilidad unidas con el fin de empujar para crear una sociedad mejor.
  • Del corazón y una voz que plena de contenido que llena de silencio al público, la de Carmen Posadas (cada año uno de los miembros del jurado crea un discurso; el pasado la tarea recayó en Carmen Iglesias) hablando de la importancia de la figura del mecenas y recordando a las instituciones la necesidad de una ley de mecenazgo.
  • La emoción del discurso de Elena Ochoa Foster recordando las figuras tan diversas de su padre y de su madre y reconociendo en ellos los pilares estructurales de su existencia e inteligencia, bajo la atenta y cálida mirada de su esposo, el arquitecto Norman Foster
  • La sencillez de Barbara Garza Lagüera demostrando una vez más que no es más quien más tiene sino quien más da y que en ella también la familia, en concreto su abuelo, han tenido una relevancia que es de ley reconocer. Bárbara, rodeada de amigos, muchos de ellos venidos desde México, como reconocimiento a estos premios que toman fuerza en cada edición.
  • La amistad de las dos artistas que entregaron los premios. Cristina Iglesias, a su querida amiga Elena, con la discreción de los grandes. Soledad Sevilla, elegante y tierna, a Bárbara Garza Lagüera.
  • El valor de la innovación, que este año se ha plasmado en el reconocimiento a un joven artista, Manuel Moreno. Porque en lo sucesivo estos premios servirán de plataforma para dar visibilidad a un joven artista emergente, encargado, además de crear los galardones, que en esta ocasión fueron dos cuadros inspirados en la Gran Vía.
  • Y finalmente la generosidad de la presidenta de los madrileños, Cristina Cifuentes, que cerró el acto, recordando la importancia que tiene para nuestro país y para su capital un acto de este tipo que premia el talento, el esfuerzo, la capacidad de dar y de reconocer talentos en ese momento en que aún son incipientes.

 

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