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En público

Mujeres, líderes y africanas

Este es el vídeo de la presentación del acto anual de Fundación Mujeres por África, celebrado el día 16 de noviembre en el pabellón de Cecilio Rodríguez, en los jardines de El Retiro, bajo la presidencia de Su Majestad la Reina, y que tuve el honor de presentar.

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Más parisina que nunca

image imagePodría escribir los versos más tristes, que diría Neruda, y serían siempre palabras, que no quiero escribir de rabia, aunque las escribo con la rabia de la sangre derramada, con el horror en la retina de tanta imagen a lo largo del fin de semana, con el agradecimiento de que la masacre siendo enorme no se convirtiera en gigante al no haber permitido la entrada a dos de los terroristas en el Estadio de fútbol, con la alucinación de que tanto odio pueda caber en chavales menores de veinte años a quienes obviamente han lavado tanto el cerebro que no temen por sus vidas a las que dan el mismo valor que a la del resto, o sea nada, por lo que no les importa matar ni inmolarse. Leer más »

El Shopping ya no es lo que era

… Afortunadamente…

Las tiendas de moda pronta se visten de lujo y las grandes marcas buscan estrategias para llegar mejor a un amplio público.

Y esto no es una reflexión al hilo de muchas compras hechas y de un contacto permanente con el mundo de las mejores marcas de moda (que bien pudiera ser). Es una constatación de los últimos años que puedo concretar en la última semana. Y por poder puedo incluso ponerle fecha exacta, la del jueves 15 de octubre. Ese día en que las Teresas celebraban su santo y que para la historia de la literatura quedará como el del que Alicia Giménez-Barlett ganó el premio Planeta y Daniel Sánchez Arévalo resultó finalista, ese día, digo, se ponían de largo dos grandes marcas en Madrid. Tan dispares. Y sin embargo tan deseadas ambas.

En Gran Vía abría la esperada marca irlandesa Primark. A ella me refería cuando hablaba de la apariencia de lujo para vender moda pronta. Y es que en lo que fue un macro grupo editorial se vive ahora la experiencia de poner al día cualquier armario de la casa sin la sensación (1) de que te estás arruinando y (2) te están tomando la melena. Moda a precios mucho más que razonables, no de usa u tirar pero sí de tranquilizar la conciencia si una temporada es suficiente esperanza de vida porque te ha costado menos que una copa.

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La inauguración de Primark Gran Vía fue un canto al buen gusto y al posicionamiento más aspiracional. Bonito, muy barato y de una calidad más que aceptable con un diseño que entra por los ojos.

Casi al mismo tiempo que esperábamos la apertura de puertas  en esta preinauguración se estaba produciendo en la arteria comercial de lujo, en la calle Serrano, otra inauguración la de la Joyería Suárez. Podría decir reinauguración. Pero la transformación es tan radical que merece el tratamiento de nueva tienda. Ya había estado unos días antes y ya entonces me llamó tremendamente la atención el cambio. En este caso el juego es el contrario. Suárez pretende con su nueva decoración, con su interiorismo renovado que sigue respondiendo a una estética elevante y sobria pero más adaptada a nuestro tiempo, atraer a mucho más público.

Y lo consigue. Porque ha pasado de ser la típica joyería modelo caja fuerte, en la que a duras penas se entra, salvo que se vaya de propio y con una idea fija, a ser una joyería en la que te apetece internarte y mirar y a ser posible comprar.

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Suárez ha jugado con una celosía en la que puede leerse su nombre y que es más que eso. Es una declaración de intenciones porque su deseo y compromiso es jugar con la luz, con esa palabra que está hoy tan de moda, la transparencia.  Por eso se ve la calle desde la tienda. Por eso las joyas están expuestas como sin dar la importancia sagrada que antes tenían. Con los precios. Sin el significado de inalcanzable que ostentaban para ser una atracción alcanzable. Y como dijo su CEO, Carlos Delso, teniendo siempre en cuenta que antes los hombres compraban las joyas a sus mujeres y amores y hoy son las propias mujeres quienes las adquieren.

Aprovechar el último segundo

Este es mi último post en mi blog “Camino de Ítaca”, en Womenalia:

Tenía 40 años y yo no le conocía. Ni le conoceré. Se acostó, rendido, y con tremendo dolor de cabeza, de esos que te tumban. Y despertó para ser abatido por el dolor. Y así abatido, no sabemos si por el dolor, tal vez con un golpe de dolor insoportable, cayó y calló para siempre.

Tenía 40 años y no le conocía. Y no será la única muerte que se produzca hoy. Pero es de la que me entero, y la que me llega, porque les llega a gentes que quiero. Es de esas desapariciones que te hace pensar que el verano no es país para la muerte y que los cuarenta no es edad madura para enfrentarla. Es evidente que él no leerá este artículo. Probablemente tampoco lo lea ninguno de los suyos. No me importa. No lo escribo para ellos. Lo hago para mí, para que no se me olvide la consciencia de una vida en la que respiramos inconscientes y en la que al inspirar olvidamos que el expirar podría merodearnos y podría encontrarnos con la conciencia trastornada y sin duchar.

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Tenía 40 años y no le conocía. Pero le estoy agradecida. Porque al menos por un tiempo me hará reflexionar y, espero, reaccionar. Le estoy agradecida por haber vivido cerca y amante y amable de algunos a quienes quiero. Y porque al menos por un tiempo me hará recordar que el siguiente segundo, el siguiente minuto, la siguiente hora, el siguiente día son míos, responsablemente míos, y los hago míos con la respiración, con la acción, con la consciencia y la conciencia de vivir. Obvio. Cierto. De perogrullo. Sí. Pero no nos damos cuenta. Vivimos y respiramos como si la vida y la respiración nos la dieran gratis, lo que hasta cierto punto es cierto. Por eso, no valoramos los minutos, sobre todo los que perdemos, fundamentalmente en la queja, en el miedo, en la inacción, en la autocomplacencia. Por eso no valoramos lo que tenemos ni lo que podemos perder si el reloj se para y lo hace sin solución de continuidad.

Tenía 40 años y no le conocía. Pero, qué desgracia, me ha hecho un favor. El de valorar lo que tengo, lo que puedo tener, lo que soy, lo que seré. Porque somos hoy y en el futuro, por más que el pasado haya contribuido y mucho a fabricarnos. Y hablando de fabricación, nosotros también llegamos al mundo con la obsolescencia programada, aunque sin fecha de caducidad conocida. Por eso, insisto, valiente desconocido, te doy las gracias. Porque sé que fuiste valiente. Porque sé que amaste. Porque sé que disfrutaste.

Y eres un ejemplo.

http://www.womenalia.com/es/blogs/camino-de-itaca/aprovechar-el-ultimo-segundo

Mi post en el Blog Mujeres

Siempre pierden las mismas

Mírese de mil maneras. Siempre encontrará el mismo modo por el que empezó todo. Desprotegida. Pobre. Hija de pobres. Sin recursos. Sin estudios o con muy pocos estudios. Sin esperanza. Con la necesidad absoluta de salir de un agujero, que se llama miseria, o con hijo o hijos a los que atender, sola, o con la imposibilidad de encontrar un trabajo digno. Da igual la edad, aunque en el mercado de la carne cotiza la temprana, como en los corderos. Con esas condiciones anteriormente descritas, la presa está preparada. Ahí está, como un tesoro para quienes están llamados a solucionar la vida a esa mujer, a esa chiquilla, a esa niñas, desesperadas todas por encontrar su propio paraíso.

Los batallones de mujeres que nutren lo que se llama feminización de la pobreza están ahí, listas para revista, listas para servir. Y son muchas. Dos terceras partes de los 1.500 millones de personas que en el mundo viven con menos de 1 dólar diario, que marca la pobreza severa, son mujeres. Ellas tienen algo que otros no tienen, pueden saciar el sexo. Y hay hombres, otras mujeres, grupos, mafias que lo saben y están dispuestos a hacerlo valer. “Yo tengo un trabajo para ti”, les dicen. Y allá que dan el paso al frente ellas para ocuparlo. Normalmente se trata de un trabajo teóricamente legal, teóricamente digno. Y no lo pueden perder.

Hace unos días escuché en el curso La trata de seres humanos: prevención, protección y persecución, en la UIMP, en Santander,  a la cineasta Isabel de Ocampo -premio Goya a la mejor dirección novel por Evelyn, película que aborda el tema de la trata- una manera nueva de hablar de estas mujeres. Me sorprendió e interesó su visión de que estamos ante mujeres y niñas valientes, emprendedoras, que quieren romper el círculo de la pobreza, que ven en el trabajo que se les ofrece una oportunidad. Nunca había contemplado este punto de vista. En mi opinión, se trataba de víctimas, simplemente.

Llamémoslas emprendedoras, pero la realidad es que se trata de mujeres que queriendo salir de la pobreza, aceptan un trabajo de camarera, de cocinera, de cajera, de modelo, secretaria… y se encuentran en una red que las explota sexualmente. Llamémoslas valientes, pero la realidad es que siguen a un loverboyque les hace creer que van a vivir una romántica historia de amor y se encuentran compartiendo piso con otras cinco incautas como ellas a las que también enamoraron y ahora les hacen vender su “amor” a otros, y de forma obligada. Serán emprendedoras, pero les engañan al montar la empresa. Y así tenemos en Europa entre uno y dos millones de personas, víctimas de trata, obligadas a ejercer la prostitución, la mayoría de ellas inmigrantes, según la Fundación Scelles, que realiza un balance de la prostitución entre 54 países.

Hablamos de trata de seres humanos e incluso normalizamos el término, tanto, que o le ponemos el nombre real o podemos llegar a asimilarlo como parte más del paisaje. Y el término real es esclavitud. Una esclavitud a imagen y semejanza de la que, orgánicamente, fueron aboliendo los países del mundo y que se fue completando a lo largo del siglo XIX, cruzando en algunas naciones los albores del siglo XX. Es difícil saber el número total de esclavos vendidos a lo largo de la historia, pero algunos historiadores cifran en 12 millones de personas traficadas de África a América, entre los siglos XVI y XIX. Pues bien, en el siglo XXI, cada año cruzan las fronteras unas 800.000 personas para ser explotadas al tiempo que otras lo son dentro de sus propios países, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), 2014. Imaginamos la esclavitud a la “antigua usanza” y vemos hierros, cadenas, grilletes, jaulas. En la “nueva usanza”, hay cadenas, hay celdas, hay palizas y hay nuevas maneras de presionar con yugos más sutiles. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), casi 21 millones de personas víctimas de trata en el mundo, de ellas, aproximadamente 4,5 millones de mujeres y niñas lo son con fines de explotación sexual en un negocio que supone 35.000 millones de dólares al año.

Pero basta de datos. Son personas. Mucho más que números. Mujeres y niñas que buscando romper las cadenas de la pobreza aceptan un trabajo, un viaje, una experiencia y amanecen a ella con nuevas cadenas, con una deuda que difícilmente son capaces de saldar ni pasando el día “ocupadas” – que así se dice cuando una mujer atiende un servicio sexual-, con un problema mayor y del que poco se habla: CO-SI-FI-CA-DAS. Nada peor para un ser humano que pasar a la categoría de cosa. Pues así es. Una cosa. Un trozo de carne, con el que no se hace picadillo pero al que se trata como si con él lo hubieran hecho. A una cosa se le hace cualquier “ídem”, se utiliza, se usa, se tira, se aparca, se maltrata. Los objetos no sienten ni padecen y, cuando molestan, se cambian de sitio o se tiran. Así es.

Hablamos de mujeres y niñas víctimas de trata con fines de explotación sexual y damos datos y cifras, saber y ganar…. Pero son eso, seres humanos, mujeres y niñas, con familias, con vidas detrás, muchas de ellas con hijos, todas con nombres. Y hay que conocerlas para sentirlas, para poder protegerlas, para dignificarlas, para no victimizarlas ni convertirlas también nosotros en objetos. Se llaman Luna -como una de las protagonistas de mi novela Puta no soy (Lid Editorial)– o Yandí, una de las protagonistas del documental Chicas Nuevas 24 horasde Mabel Lozano, en la que me he basado para crear mi personaje. Se llaman Cristina. O Julia. O Esmeralda… Son mujeres engañadas que si consiguen salir de su prisión sufren mucho más que multas y tienen mucho más que deudas. Sufren un shock postraumático del que poco se habla y que hay que cuidar, mucho más allá de encontrarles un trabajo. Porque deben recuperar la dignidad. Deben recorrer el camino inverso al que un día recorrieron: han de pasar de cosa a ser humano de nuevo.

Por eso escribí Puta no soy. Porque Luna, Yandí, Cristina, Julia, Esmeralda son responsabilidad de todos. Cada uno puede elegir dejarlas que sigan esclavizadas o por el contrario pelear, empujar para no seguir conviviendo con la esclavitud. Porque están a nuestro alrededor. En los clubes de carretera que cruzamos. En las saunas. En los lugares que aparecen en las publicidades que nos dejan en los coches o en los periódicos. En las calles.

Cada uno tiene su responsabilidad. Desde luego mayor es la de quien vive de ellas. Pero también de los puteros (si a la mujer que ejerce la prostitución, en estos casos, obligada a ejercerla la llamamos puta me niego a llamar clientes a los consumidores). También de quienes hacen negocio con la venta de ropa, perfumes, cosmética, a estas mujeres ¡y niñas!, y al proxeneta le interesa que compren, que compren mucho, porque también se lo deberán a él, engrosando la deuda. Y de los poderes públicos; en España todavía estamos esperando que se apruebe en Consejo de Ministros el II Plan de Integral de Lucha contra la Trata que debía haber sido implementado en 2013. Una pregunta: ¿Qué sociedad queremos?

[firmaArticulo]Por Charo Izquierdo para el Blog Mujeres http://blogs.elpais.com/mujeres/

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Ver, algo más que mirar

¿Alguien duda ya de que convivimos con la esclavitud y le hemos dado la espalda o nos ponemos de perfil según los casos? Y seguimos pasando los días, los días con sus calles, como si nuestra reacción fuera inocua.

Y no. No lo es. El Papa Francisco lo ha visto muy claro. Le ha parecido inaceptable que las grandes ciudades de todos los países den cobijo a la esclavitud, esas mismas ciudades que reclaman wifi gratis para una mayor y mejor calidad en las comunicaciones. dejando que mujeres también de todo el mundo ocupen por horas sus calles, rodeadas de barrotes que son inapreciables a la vista, de cárceles que no se ven, por carceleros esclavistas que cumplen con la parte de misión que tienen asignada con respecto a esas mujeres: asegurarse de que venden su cuerpo y que las ganancias no les llegan a ellas, que ya se sabe que la independencia económica libera; asegurarse de que no se mueven del lugar que les ha sido asignado; asegurarse de que no delatan, de que no rompen las cadenas de la esclavitud que un día les impusieron cuando ellas solo pretendían escapar de la miseria.

El día 30 de julio se conmemora el Día Mundial contra la Trata, lo hace por segunda vez desde que la ONU decidiera instituirlo a finales de 2013. Y lo hace sin avances claros, salvo uno: el tema ha pasado de ser prácticamente ignorado por la sociedad en general a convertirse en objeto de la mirada de los medios de comunicación y de las agendas políticas, incluso de la agenda Vaticana. Y sin embargo, sigue habiendo 4,5 millones de mujeres y niñas en el mundo víctimas de trata con fines de explotación sexual, según el último informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Sigue existiendo un negocio que reporta 35.000 millones de dólares al año y que está quitando el sitio al tráfico de drogas como segundo negocio ilegal más lucrativo (a las armas no le quita nadie el primero).

¿De verdad alguien puede pensar que estamos ante seres humanos libres cuando ve prácticamente desnudas a mujeres en pleno mes de enero, con una temperatura que roza los cero grados?

Estos son los datos. Entre los que existen, que son pocos y contradictorios. Son cifras. Pero, ¿son cifras las mujeres y las niñas engañadas? que cuando caen en manos de sus raptores (siempre se habla de mafias pero no siempre lo son) solo buscan salir de situaciones miserables, solo buscan ese horizonte dorado que les permita vivir como creen como sospechan que se merecen, para caer en unas situaciones si cabe más miserables y de las que es muy dificultoso salir. ¿Son cifras para sus captores? Son carne con la que lucrarse. No la hacen físicamente picadillo. Pero la destrozan igualmente. Son una materia prima en base a la que construir su negocio, una materia prima que por cierto o cuidan ellas o ningún mantenimiento le dan sus dueños, materia prima desechable. Y sin embargo esas mujeres (y niñas, hay que insistir siempre, pues aproximadamente un 20 por ciento de las víctimas de trata lo son… y sí, también hay niñas en España engañadas, vendidas y obligadas a ser explotadas sexualmente) viven esclavizadas por cifras. Las que les imponen sus captores, las que les imponen por la financiación adelantada, y por el transporte, e incluso por el alquiler de los lugares en los que las obligan a ser explotadas sexualmente. No es baladí este reportorio de imposiciones. Porque se corresponde exactamente con los cuatro episodios clave de la trata: captación, financiación, traslado y explotación. Captadas en las zonas en las que está escrito feminización de la pobreza, correspondientes a cualquier latitud. Captadas para acceder a un trabajo que les acerque al umbral de la normalización económica y social. Financiadas en sus viajes hacia ese infierno en que torna su soñado paraíso. Trasladadas hacia el lugar en el que “vivirán”, traslado que sumará ceros a sus deudas, como la aumentarán las ropas que deban comprar al amanecer a esa su nueva vida. Explotadas en clubes, en saunas, en pisos, en la calle…, donde pagan hasta la última consumición que hacen, los preservativos, las sábanas, las habitaciones por supuesto, los puestos que ocupan, los palés que usan para hacer hogueras.

Hablemos de hogueras y de frío. ¿De verdad alguien puede pensar que estamos ante seres humanos libres cuando ve prácticamente desnudas a mujeres en pleno mes de enero, con una temperatura que roza los cero grados? ¿En serio, podemos (¿queremos?) creer que se trata de seres que actúan atendiendo a su voluntad? O pueden porque no la tienen. Porque se la han arrancado. Primero les han anulado la identidad legal, porque en su mayoría les han desposeído de los documentos de identidad. Después les han anulado la identidad como personas, esclavizadas, sometidas, humilladas, cuando no drogadas o alcoholizadas.

¿Exagero, verdad? No. Nada. Miremos de frente. A los clubs de carretera que nos cruzamos en cualquier tramo de nuestra red. No hay que fijarse excesivamente; nos asaltan sus neones a veces con formas femeninas, por si quedan dudas. Leamos los panfletos que nos dejan en los limpiaparabrisas del coche. Y ni siquiera hace falta. Paseemos por algunas calles. Visitemos algunos polígonos industriales. Están ahí. Las víctimas de trata forman parte de esas mujeres que están ejerciendo la prostitución. Según los expertos, un 80 por ciento de ellas. Vemos, oímos a eslavas, africanas, latinoamericanas. Son ellas. Y están ahí. Utilizando datos recopilados de las operaciones policiales al respecto en 2014, el perfil de las víctimas en España, es el de mujeres rumanas, nigerianas o búlgaras con edades comprendidas entre los 18 y los 22 años. Concretamente, 60% de las identificadas proceden de los Balcanes, Europa central y la ex Unión Soviética. Un 13% serían originarias de América Latina, alrededor del 5%, de África y un 3%, de Asia oriental. Una gran proporción de las víctimas (alrededor del 20%) son de origen no determinado o bien local. Podríamos hacer la prueba. Podríamos acercarnos y preguntar. Nos encontraríamos con que no hablan. Tienen miedo. Sí sería fácil, en cambio, que encontrásemos la sombra del proxeneta, de su bicho, que por cierto no tiene por qué ser hombre, en la calle también hay mujeres, saliendo al encuentro del moscón o moscona que no quiere negocio sino conversación con sus esclavas.

Por eso he escrito la novela “Puta no soy”, basada en un personaje del documental Chicas nuevas 24 horas, dirigido por Mabel Lozano. Para visibilizar la esclavitud. Mi protagonista es peruana, porque allí la trata es básicamente nacional y queríamos dar a conocer una trata diferente. Pero no hay que ir a Perú para encontrar la misma manifestación de este delito contra los derechos humanos. Como digo está aquí. Y también se cuenta en mi novela. Afortunadamente, sale a la luz en un momento en que no solo se producen redadas cada semana, sino que incluso los medios han tomada cartas en el asunto. Es especialmente mencionable la campaña de Mediaset que recoge el eslogan del último plan contra la trata: #conlatratanohaytrato y que continuamente recuerda el teléfono de la policía para denunciar posibles casos. Desde su lanzamiento las denuncias han crecido un mil por cien: 900 10 50 90.

Por Charo Izquierdo. Publicado en los principales diarios de Vocento

La trata más desconocida

Cuando se aterriza en el aeropuerto de Lima llama la atención que se advierta a los viajeros contra la trata de mujeres y niñas. Cuando se aterriza en el aeropuerto de Puerto Maldonado llama la atención que se recuerde a los viajeros que la trata es un delito penado por la ley peruana, con unos carteles en los que incluso se facilita un teléfono para denunciar los casos.

En efecto, en Perú hay una ley contra la trata de seres humanos. Hay un cuerpo de policía especializado. Hay controles en la carretera Interoceánica para interceptar a quienes trafican con personas. Y sin embargo existen oficinas de empleo en las que se suceden carteles y carteles con supuestos trabajos honestos, de camareras (meseras, les dicen), cajeras, ayudantes de cocina, cocineras, curiosamente, para cubrir en los destinos en los que hay mujeres y niñas esclavizadas, obligadas a ejercer la prostitución. Son carteles falsos, muchos de ellos. Son trabajos falsos, muchos de ellos. Y se sabe. Pero ahí están, avisos en los que se ofrece un salario hasta tres veces superior al que muchachas de 14, 15, 16 años pueden ganar en trabajos asistenciales en los hogares, por ejemplo. Salarios que permiten en teoría salir de la miseria en la que viven en sus hogares de origen. Salarios que en multitud de casos nunca cobrarán y de los que, como mucho, sus familias verán unos soles (la moneda peruana). Salarios que les prometen salir de una miseria de esas que dan miedo.

Por eso escapan.

Aunque la desgracia sea que después se encuentren doblemente vilipendiadas. Sin el trabajo prometido y obligadas primero a dejarse tocar y después a dejar que los clientes con quienes son forzadas a prostituirse hagan con ellas lo que quieren y no siempre protegidas, en ocasiones drogadas y siempre encervezadas. En Madre de Dios, una de las regiones del país al que trasladan a estas chicas y a muchas mujeres se trabaja la extracción de oro de manera informal, lo que quiere decir que no es legal, lo que quiere decir que están deteriorando uno de los paraísos ecológicos mundiales, desforestando la selva, envenenando los ríos con el mercurio que usan para extraer el oro. Lo encargados de hacerlo son mineros que en ocasiones también han sido engañados en cuanto a sus condiciones de vida (hay muchos niños trabajando también en las minas, víctimas de la trata laboral).  Son ellos los clientes de los bares y clubs que se encuentran junto a los poblados, muchos de ellos concentrados en tres kilómetros de la carretera Interoceánica, prostibares les llaman, y así nadie duda de lo que se encuentra allí dentro.

Allí descubren que valen menos que nada, bastante menos que  cuando vivían con sus familias, porque ahí solo son materia prima que en un basurero sería materia orgánica.

Allí, en esos locales muchos de ellos construidos con plásticos azules o negros y unas pocas vigas de madera, viven, malviven, y contentan a los mineros miles de mujeres que pasan las noches bebiendo cervezas y haciendo “pases” con los mineros. Allí son violadas muchas veces, como ceremonia iniciática del “tú eres mía y haces lo que a mí me dé la gana”. Allí son desposeídas de sus pocas posesiones, entre otras de su documento de identidad. Allí son examinadas con linterna sus bocas en las noches de redadas, para descubrir la edad de sus dientes y asegurarse de si son o no mayores de edad.  Allí descubren que valen menos que nada, bastante menos que  cuando vivían con sus familias (que puede que las hayan vendido), porque ahí solo son materia prima que en un basurero sería materia orgánica.  Algunas consiguen escapar. Otras se quedan colgadas durante años. Otras son vendidas cuando ya su cuerpo no da lo que daba. La mayoría no tiene posibilidad de volver a casa, porque sienten vergüenza de lo que pensarán sus mayores sobre ese acontecimiento tan poco feliz de su vida.  En algunos casos caen con suerte en centros de organizaciones como CHS Alternativo o Huarayo donde son capaces de devolverles la dignidad. Eso en los casos felices.

Ahí, en Madre de Dios, se desarrolla parte de la novela “Puta no soy”, basada en el personaje peruano de Yandí, que Mabel Lozano eligió para su documental “Chicas nuevas 24 horas” y cuyo rodaje tuve la suerte de compartir, motivo por el cual la novela está impregnada de Perú, sus olores, sus sabores y hasta sus ruidos. Allí, en Madre de Dios, se desarrolla la novela, porque es una trata distinta, nacional. Porque no necesitan sacarlas del país, si la clientela la tienen dentro. Allí, el 20% de población entre niñas, niños y adolescentes son víctimas de trata en explotación sexual y explotación laboral. Allí viven y trabajan más de cinco mil personas. Gente que genera negocio, que se calcula entorno a 30 millones de dólares al año. Allí la mayoría de las empresas viven del negocio informal de la minería, como las maquinarias, víveres y servicios, incluidos los de las mujeres, jóvenes y niñas obligadas a ejercer la prostitución. Allí, los precios allí son más caros que en Lima. Por ejemplo en uno de los lugares paradigmáticos de la zona, La Pampa, la misma galleta que puede costar en Lima 50 céntimos, cuesta 2 soles; una gaseosa que en la ciudad capital está a 2 soles, en La Pampa la venden a 5; una cerveza alcanza los 15 (1 sol cotiza a 3,2 euros). Allí, en ocasiones, cuando las chicas se niegan a trabajar para aquello que en teoría no fueron contratadas, se dice que pueden tirarlas al río.

Entre ese laberinto de casas, de prostibares, de personajes que captan a las chicas, las trasladan, negocian con ellas como si fueran carne, se desarrolla parte de “Puta no soy” (otra parte se localiza en Europa). Para denunciar que esta vejatoria esclavitud siga existiendo en el siglo XXI. Para dar a conocer un tipo de trata que es más desconocido que la habituales. Para concienciar a las mujeres de que este tipo de negocio con nuestras congéneres se produce en una época en la que todos nos llenamos la boca con la palabra libertad. Para explicar a los hombres que un 80% de las mujeres a las que reclaman para consumir prostitución son obligadas a prostituirse, víctimas de trata, que es un delito, y que no se puede ser cómplices de ese delito.

[firma]Por Charo Izquierdo para el Huffington Post [/firma]