Home / En privado

En privado

Abuela en construcción (12)

(Esta  semana me pongo al día, con el duodécimo capítulo del diario que comencé a escribir cuando supe que su madre, mi hija Cristina, estaba embarazada. Ahora ya la narración será todo lo en directo que me permita la vida.)

 

Semana 9

Camila ha cumplido ya los dos meses. Y ríe a carcajadas. O sea con ruido, bueno, con un poco de ruido, ¿vale?, con algo de ruido…; yo la oigo. Mira más que nunca y lo descubrí un día antes de que los cumpliera cuando le hablé por face time. Ella me miraba sin entender y a mí me emocionaba saber que la interacción había comenzado y que a partir de ahora cada día que no la vea podré hablarle, decirle tonterías, cantarle mimosa o a voces y que ella me mirará como si estuviera un poco loca, pero que llegará un momento en que me reconozca, si es que no ha llegado ese momento aún, y disfrutará de que la llame. Está muy bien disfrutar de videos pero mejor aún de su presencia aunque sea telemática.

2016-10-25-16-17-28Sus padres presumen de que duerme casi toda la noche de un tirón, o sea que desde más o menos la una o las dos de la madrugada, dependiendo de los días, duerme como un bebé hasta las 9 de la mañana. Se ha descrito el caso de dormir hasta las diez. Me sorprende tanta bondad. Y no sé si creérmelo dado que tienen relaciones con el mundo del marketing.

Yo no soy una abuela al uso. Creo. Para bien y para mal. Para bien, creo, creo, creo, porque no doy el turre con lo que hay que hacer o no. Espero seguir así de por vida. Para mal, porque mi actividad no ha frenado; ni soy la madre, ni tengo por tanto un permiso de maternidad. Ya me gustaría tener la posibilidad de cruzar Madrid cada día para ver a Camila, pero no way. Así que he encontrado la fórmula perfecta para paliar ese mi deseo, que según la niña se va haciendo más comunicativa será aún mayor: quedarme con ella alguna noche. Así sus padres descansan, se divierten sin más presiones que las propias y yo disfruto del bebé solo para mí (con la presencia de la tía que le ha dado el nombre, siempre que ella quiera) y para esas amigas que se mueren por verla, y que como dice mi hija se creen por cariño hacia mí un poco abuelas.

Semana 10

Entre que los padres tienen que disfrutar y que la abuela quiere generar lazos especiales con su nieta, propuse a mi hija quedármela un sábado por la noche, que acabó siendo sábado por la tarde, por la noche y domingo hasta la hora de comer.

Prueba superada.

Las tardes van siendo menos coliqueras, creo que nada, entre otras cosas gracias a las bolitas de colikin, un producto homeopático que está resultando ser mano de santo para los problemas digestivos de los bebés. Les regula los gases y las cacas, ese tema que se vuelve no por manoseado, con perdón, bastante recurrente, muy, muy recurrente, he de decir. Pero bueno, que la tarde ha sido magnífica, dándome tiempo hasta a trabajar. Nada como un bebé que duerme bien. Y si come…, lo que dicen, se les quiere mucho más, vaya, te caen mejor.

Es el caso.

La noche sin embargo ha sido bastante más corta que lo que me habían promocionado sus padres, que ya digo que tienen un poco que ver con el mundo del marketing. Pero aun así, he de presumir de nieta que apenas llora (eso sí, cuando coge, como dice mi madre, la perra, no la suelta, como si le hubieran dado cuerda) y que cuando se despierta porque tiene hambre se mueve mucho en la cuna, se destapa y te sonríe. Un auténtico lujo. El domingo lleno de familia, primos de 4 y de 2 años y uno de cuatro meses incluidos (en realidad son tíos, pero hemos quedado en que se llamarán primos) ha sido un poco menos tranquilo que la noche. Con una gran noticia: la fecha del bautizo, para juerga y alegría de todos. Lo confieso, cuando se ha marchado, cuando se han marchado, de hecho, mi padre me ha adivinado el pensamiento, diciéndole a mi madre: qué tranquila va a quedarse cuando nos vayamos todos. Y en efecto, así ha sido, aunque confieso también que con la marcha de Camila he sentido doble falta. Por perderla de vista un tiempo y al mismo tiempo me he sentido en falta por sentirme a gusto. Grandes contradicciones del amor. Y como ya me habían advertido: es bueno eso de que los nietos se vayan a vivir con sus padres, jajaja.

Semana 11

Tres grandes noticias:

1-Por fin le han puesto las primeras vacunas. Algo de fiebre, vaya una cosa mínima. Algo de mala noche, vaya una cosa mínima. Y… (esto es en sí una noticia)

2-Mi primera llamada con mi nieta por face time. Esta semana no la veré y su mamá ha querido que le hiciera cucamonas telemáticas y que viera además las “heridas” de guerra de las vacunas, unas tiritas sobre las rodillas, que me han resultado algo inverosímil para lo que se usaba cuando mis hijas fueron vacunadas. A la niña no se le notaba muy afectada, la verdad.

3-Me voy de viaje, lo que supone un fin de semana sin ver a mi nieta. Tendremos que echar mano del face time.

Semana 12

Una vez más he vuelto a hacerlo: he pasado la noche con la pequeña. Bueno, ella conmigo. Aparte de las incursiones facetimeras, la verdad es que he estado muchísimos días sin verla. Sin verla físicamente, porque fotos he tenido todos los días: dormida, despierta, medio vestida, medio desnuda, abrigada, desabrigada, con el pelo recién cortado y con las melenas anteriore2016-10-28-09-07-59s, que no eran de recibo, por cierto. Los videos van y vienen por el chat familiar como si estuviéramos haciendo una competición de Oscar, con tantos niños en la familia, pero los de Camila me sorprenden vivamente, por eso, porque cada vez se la ve más viva, más niña, más personita. Ahora ha comenzado a fijarse en sus manos y en sus pies.

¿No es emocionante? Sí, lo es, son pequeños detalles que indican el crecimiento adecuado. Junta sus manos, pone una sobre otra y no , no cruza los dedos ni agarra el chupete, pero sí se lo empuja con lo que encuentra cerca. Noto que se vuelve loca cuando empieza a mover las piernas, y no sé si se pone contenta porque las mueve o porque hago acto de presencia. Sé que es absurdo, pero ¿y si fuera esta segunda opción la buena? Mira, a mí mientras no me digan lo contrario me vale esa opción. Así que hemos pasado parte de la tarde (la que ha estado despierta, porque duerme mucho) de juerga porque movía las piernas. Y me ha hecho de todos los ajos, los gorgoritos, muy itos, pero gorgos al fin, como si respondiera a los míos, que digo yo que es eso, que sí, que me responde, piernas para arriba y para abajo, tratándola con delicadeza, pero cada vez con más acción. De hecho, le he hecho (valga la redundancia) el avión y no se ha puesto nerviosa, ni nada.

Ahora, cuando tiene sueño llora, como un pequeño gatito, tanto que he llega2016-10-28-09-08-00-2do a pensar si estaría afónica, lo que ligado a un gran catarro de su abuela podía ser muy pero que muy bonito. Y para que se duerma hay dos opciones, una la de sus padres, que es colocarla boca abajo y esperar a que se duerma eficazmente, lo que ocurre en pocos minutos desde que empieza, salvo que coja carrerilla. En ese caso, llega la segunda opción, la mía, que es cogerla. Y lo hago como si hiciera una maldad, yo creo que incluso pongo gesto de traviesa, sabiendo que es más que posible que lo capte como un mimo y lo haga costumbre, fastidiando a sus padres y a quienes la cuidan habitualmente, que obviamente no soy yo. Pero he de decir que la primera opción (ay, padres primerizos pero sabios) funciona muy bien.

Podría hablar durante horas de los ratitos robados al sueño y de los pequeños balbuceos de Camila, que quién diría que hace poco era un garbanzo. No lo haré porque hay algo más intenso: la mirada. Me mira. Y mucho. Y cuando lo hace (y ahora que lo escribo, porque lo recuerdo) siento casi, casi, la misma sensación que cuando su madre y su tía lo hacían. Porque intuyo que en esa mirada hay ya un poquito, un poquito, solamente por su parte, de amor, porque por la mía hay mucho.

Y resulta que no es que yo sea la más ocupada del mundo, pero lo soy y mucho, todos los que me rodean lo saben. Y me he vuelto a sorprender dejándome llevar por esas miradas, por esas sonrisas, por esos balbuceos, como si efectivamente hubiera venido a visitarme por sorpresa el primer amor, a ese al que nunca se le hacen ascos ni se le ponen peros porque tienes2016-10-28-09-08-00-1 mucho que estudiar, en mi caso, mucho trabajo. Como cuando lo hacían su madre y su tía.

Pero ahora con menos prisas. Recordaba que cuando estas escenas de amor se sucedían en la infancia de mis hijas, a veces me podía más la responsabilidad de otras actividades por hacer, generalmente en la casa.

Lo que tiene la edad: ahora prefiero encargar una paella a hacer una comida maravillosa y estar con la pequeña. Es más, he de confesar que en esta última estancia en casa, cuando sus padres llegaron a recogerla a media mañana, ella estaba preciosamente arreglada, como una princesa. Yo estaba en pijama. Hacía mucho tiempo que eso no me ocurría.

Por eso sé, desde ya que Camila va a convertirse en una válvula de escape para mí. Y yo intentaré serlo para ella.

Si quieres leer las entregas anteriores, pincha aquí

 

Abuela en construcción

El 17 de agosto queda marcado en mi vida. Para siempre. Una fecha más a añadir a otras dos que equivalen camila y abupara mí a felicidad (las dos del nacimiento de mis hijas) y que en este caso me cambia de categoría familiar. Porque es el día en que me he convertido en abuela. Con todas las letras y condecoraciones.

Explicar la emoción es casi siempre imposible. Describirla sería tarea de escáner del corazón, y que yo sepa no existe. Intentaré decirlo con una sola palabra: amor. En el desconocimiento, al primer vistazo, imprescindible, irreprochable, asegurado, atemporal, libre, para siempre.

Ahora todo van a ser fotos, vídeos, continuas fórmulas de querer plasmar ese amor y de agradecer ese regalo que te hacen los hijos por el que no hay agradecimiento suficiente. Un amor y un agradecimiento que nace casi en el momento en que sabes la noticia.

Y justo en ese instante en que la conocí, decidí escribir mis emociones, sentimientos, miedos… sobre el entonces esperado feliz acontecimiento ahora ya acaecido. Hasta hoy  no lo he publicado (solo hice un resumen en la web del Club de las Malas Madres), esperando el nacimiento. Hoy, con Camila (es el nombre de mi nieta, a la que han decidido llamar como la menor de mis hijas) ya entre nosotros, he decido publicarlo tal y como lo escribí, a veces por semanas, a veces por días, hasta llegar al nacimiento, momento en el que poco a poco me iré poniendo al día.

Semana cuatro

Primera noticia

-¿Con quién comes mañana?

-Contigo.

Hay preguntas de una hija que no pueden tener otra respuesta. Es la que esperan. Cambiarla sería abortar el deseo, algo que una madre suele proteger como oro en paño.

Lo que no podía ni imaginar era que, en el restaurante Ana La Santa bajo la atenta mirada de un afamado director de cine en una mesa contigua mi hija iba a comunicarme que ese mes no le bajaría la regla.

¡Estaba embarazada!

¡Y yo iba a ser abuela!

No, no es a mí. Eso no va conmigo, la eterna joven.

Y entre lágrimas contenidas, no de disgusto, a pesar de la adversidad contra mi juventud, sino de emoción y alegría, y abrazos enormes y continuados que siguieron hasta el postre, siempre bajo la admiración del director afamado, iba pensando no, efectivamente, no es a mí; sí, efectivamente, es a mí, y no es tan raro; nacerá en verano, qué buen momento para nacer, qué mal momento para un tripón desorejado; qué ganas de verle la cara…

– Genial, mientras no me llame abuela.

(risas)- Buscaremos un nombre.

– Pero le cuidaré, pasearé con ese bebé como si fuera mío, bueno es que será mío, hay que pensar un nombre, no aún es pronto.¿Puedo contarlo?

– Tendrás que esperarte, que hasta el tercer mes ya sabes que hay riesgos. Mejor esperar un poco. Controla tu impaciencia.

Paciencia tengo mucha. Siempre la he tenido. Pero querría subirme a la mesa y gritarle al restaurante en bloque que

“¡Voy a ser abuela!”

 

Semana seis

Han pasado cuatro días y no quince. Pero así ha sido siempre mi hija, que ahora muy pronto sabrá lo que es un upgrade en la categoría materno-filial.

Mensaje de whatsapp (¡recuerdo que para felicitarme por su nacimiento aún recibí telegramas!):

– Estoy de seis semanas.

– Pero eso es un mes y medio…

– En efecto.

Ni rastro de notoriedad fetal. Me pregunto si será como yo, si estará meses hasta que se le note que le ha crecido una especie de aceituno ahí dentro. Y no puedo callar la boca. Ya sé que no se debe recomendar nada. Pero sí, lo hago: Come lo justo. No vayas a empezar a comer por dos.

– Tengo un hambre que devoro.

– Ya pero no comas de todo.

– No, no, ya he empezado con las verduras y nada de frituras y postres los justos. Y ni una gota de alcohol.

– Hombre, estaría bueno, yo en vuestros embarazos no probaba ni los bombones de licor.

– Siempre tan exagerada.

 

Abuela en construcción (2)

Semana seis(dos días después)

Debe de ser el síndrome femenino por excelencia. Pero ahora cuando me llama mi hija tengo miedo de que haya pasado algo con el futuro bebé. Ya es mío. Ya he caído en la trampa del afecto por quien todavía es un poco más que un proyecto. Mi hija me enseña una aplicación en la que le hablan de lo que mide el garbancito. Y en efecto tiene ese tamaño: 1 centímetro.

– Se supone que nacerá a mediados de agosto.

– Bueno, ya sabemos que no habrá vacaciones.

Qué borde suena. Pero es real como la vida misma. De vacaciones voy a irme yo, sabiendo que el garbanzo sale del remojo. Ni de broma.

– Estoy agotada. Me duermo por las esquinas.

– Normal, así vas a estar tres meses. Luego vendrán otros tres de una actividad increíble, como si te hubieras tomado una pastilla especial. Y luego otros tres meses en los que estarás cansada, pero por el peso del bebé.

– En la próxima visita se podrá oír el latido.

Y empiezo a convertirme en la abuela eficaz. Yo querré escuchar el latido. Con la diferencia de que el padre del garbanzo es de los que se toman en serio la correlación, y no va a ser tan fácil, so pena de parecer una tribu en visita ginecológica, lo que ni por ética ni por estética nos está permitido… por nosotras mismas.

Me temo que o me lo graban o voy a quedarme con las ganas.

Séptima semana

¿Será posible? Pues no dice que las vitaminas que le ha recetado el médico ya le han hecho efecto y que no está tan cansada! Increíble. Así es mi hija. Ansiosa, se pone de perfil y se toca la tripa (no sé qué va a ser de nosotros cuando garbanzo empiece a hincharse) en busca de la auténtica curva de la felicidad.

– No tengas tanta prisa. Sobre todo si no podemos contarlo esta noche (…buena).

– Pues ayer se me notaba un poco, dice buscando la aprobación del futuro padre que por supuesto asiente… Cualquiera se atreve a contradecir.

Al día siguiente no me preguntará por la evolución de su tripa, sino por la de sus tetas que esas sí que en efecto han sufrido una gran transformación. “Enormes”, le digo cuando me obliga a mirarlas y a decirme qué me parece. Dios mío la que se me avecina. Será maravilloso el niño. Será preciosa la niña. Sí o sí.

Y me corre por el estómago y yo diría que por todo el cuerpo un escalofrío que es el prolegómeno de la estupidez en la que estoy segura de que me voy a bañar cada día partir de su nacimiento.

¡He empezado a pensar dónde podré colocar la cuna cuando se quede conmigo! Tengo el sitio perfecto.

Me da un poco de miedo: ¿seré un nuevo caso de la mano que mece la cuna, versión familiar, o sea XXL?

Séptima semana (dos días después)

Veo a una señora por la calle. Tiene más arrugas que yo. Pero parece joven. Otra de eterna juventud. O a lo mejor no, a lo mejor es una madre tardía; tampoco es ya tan extraño. Total, que me sonrío imaginando cómo será pasear a mi nieto (o será nieta) en un cochecito.

He regalado a mi hija un aceite anti estrías para que empiece a preparar la piel. Espero que me haga caso y se lo aplique. También espero que me haga caso en mis consejos de no hacerme caso, en general.

– Me da “cosa” la opinión de la gente.

– Que no te dé nada. Ni la de la gente, ni la de tu padre, ni la de tu madre, o sea yo. Ahora solo cuenta tu opinión y la del padre…, bueno la mía un poco, bromeo.

Si vas a ser madre más vale que no empieces a sentir esa presión que comienza con el tipo de alimentación que llevas durante el embarazo, sigue con las ropas, pasa por el nombre que pondrás al bebé (nadie está contento, ¡NUNCA!), continúa por la alimentación que le das al bebé, o sea tu hijo, el colegio. Si dejas, la gente te educa a ti y luego al nasciturum.

Manda a la m los consejos de todo el mundo, empezando por mí misma. Lo importante es que tú te sientas bien, que no te mareen, que todo el mundo tiene una opinión, déjate guiar por tu instinto.

Sé que le ha influido mi discurso. Va a guiarse por su olfato, que es bueno, para decidir qué hace. Y lo sé mientras le insisto en que incluso con la alimentación del bebé haga lo que considere, que dé de mamar si quiere, que no dé de mamar si no quiere. Claro que los médicos dicen que amamantar tres meses es bueno porque fortalece el sistema inmunológico del niño, pero conozco casos que están como un roble y se criaron con bibes. Lo importante es el cariño.

Séptima semana (y tres días)

La intensidad no puede ser más ajustada. Es muy pronto, pero hablamos de hospitales.

– Lo fundamental es que tenga buenos quirófanos y unidad de neonatos, porque cualquier problema lo cogen a tiempo. Yo me iría a un gran hospital. A eliminar falsas leyendas de que el trato es peor.

– No sé si tiene que ver la conversación, pero quiero vomitar.

Las hasta hace un día náuseas se convierten en pequeño vómito. No lo presencio. Solo lo escucho. Y todavía recuerdo cuándo mi hija se provocaba el vómito si no le gustaba la comida que le estaba ofreciendo.

Pasa todo excesivamente deprisa.

Séptima semana (y cinco días)

Te enteras de que el futuro padre ha comprado ya los primeros dodotis. Así que la familia no lo puede saber, pero la cajera del Carrefour sí. Vamos, no me fastidies. Es injusto. Quiero contarlo. Y demasiado pronto para hacer despensa de pañales. Es posible que antes de que nazca haya alguna novedad que los mejore, y desde luego ofertas. Claro que nada parecido a que a tu hija la llenen de chocolates. Sí, el mismo. Y ahí no sé si me debato entre la idea de que hay que guardar la línea, pero qué bien que se cuiden de ella o si son los celos que me devoran. Sniff. No lo veo incompatible.

Séptima semana (y seis días)

A la preocupación típica de madre se une ahora la de madre de hija que será madre. Un lío mental en el que parece que las hormonas también a mí se me hayan disparado. Me tiembla el cuerpo de pensar que la que fue mi bebé empiece ahora a tener los síntomas que, por cierto, yo no tuve: la terrible náusea. Y con regalito incluido: vómitos.

(Hoy, que mi nieta Camila ha dormido por vez primera en casa de la abuela, o sea yo, publico la segunda entrega del diario que comencé a escribir cuando supe que su madre, mi hija Cristina, estaba embarazada)

Abuela en construcción (3)

Octava semana (o eso creo)

Primeros análisis en serio. Y yo voy y me lo tomo en “ídem”. Como si fuera yo… No me lo creo. Es más, a los míos nunca les hice caso. Y ahora sé que se los ha hecho y siento un hormigueo por el cuerpo que me durará (mientras no tenga otros pensamientos, para qué nos vamos a engañar) hasta que le den los resultados. Una bobería. Está fuerte como un roble. Ya lo sé. Pero y si no sabemos nada de lo que le pasa por ahí dentro. Y si el bebé o sea el garbanzo ha empezado ya a chupar todo lo que mi hija tiene y más… Y si. Y si. A calmarse, abuela, que esto no ha hecho más que empezar a latir.

Hablando de latido, ya hemos comenzado a comentar sobre el hospital. Parece que será uno grande y público. Y buenas noticias, cerca de mi casa. Mucho más que de la de la madre de la criatura. Por una cuestión práctica, aunque no sé dónde está la práctica de pensar en agosto como momento de ser madre y abuela, que me va a tocar todo el mes velando armas por si acaso, claro que intentaré velarlas desde la playa, en un lugar suficientemente estratégico como para llegar en cuatro horas al hospital. Total, si las hijas tienen los partos como los de la madre, le tocan un mínimo de quince horas hasta verle la cara al garbanzo. Y yo se la veré al mismo tiempo que ella.

También le han hecho los primeros regalos al garbanzo. Unos patucos y un babero. A punto he estado de criticarlos, a pesar de no haberlos visto, que todo ha sido un hablar de teléfono. Me parecerán feos seguro. Pero no porque lo sean, que serán una monada como lo es la ropa de bebé, sino porque no he sido yo la primera en regalar, y eso que ya tengo regalo, pero por no estar cerca no se lo he dado, aparte de que pensaba hacerlo el día de Reyes, como corresponde.

Así que ha empezado la temporada de celos. No está mal. Me obligará a estar más atenta y a ser mejor, abuela y persona.

Octava semana (y un día)

Yo ya estoy haciendo planes para el año próximo. Mis vacaciones estaban empezando a dejar de girar entorno a esos planetas de mi vida que se llaman hijas y llega por la derecha uno de ellos, te adelanta sin que seas consciente y ya estás proyectando el futuro de las vacaciones pendientes de un garbanzo que está tan a gusto a remojo, o que empieza a estarlo, porque ahora es diminuto.

Pues eso digo que las próximas Navidades el bebé tendrá cuatro meses y me juego lo que sea sin peligro de perderlo que mis fiestas van a estar centradas en garbancito, porque digo yo que sus padres los pobres tendrán que aprovechar para salir de fiesta. Y curiosamente ya lo estoy deseando. Un poco anormal, de acuerdo, pero así soy. Tendré que planificar y cambiar estrategias de vida.

La madre del garbanzo tiene catarro. No puede tomar ni un remedio de los de verdad, ya se lo he dicho, aunque como es cabezota se ha ido a preguntarlo a un médico. Ella le dice vengo con una bobada y es que tengo mocos y un poco de fiebre, me duele la garganta…, y estoy embarazada. Ella tiene pinta de más niña, por lo que el médico ha debido de alucinar y le ha dicho “pues se complica un poco esa bobada porque no puedes tomar nada. Si acaso un paracetamol si la fiebre sube mucho”.

Hoy he soñado con una embarazada a la que le daba consejos sobre la verdura que tenía que comer. Muchas judías verdes hervidas con un mini chorro de aceite y también zanahoria y cebolla. Se puede tomar cualquier cantidad y eso sí hay que saber que la excursión al baño es en sesión continua. Estoy convencida de que lo he soñado porque el embarazo de mi hija no se me va de la cabeza. Y le llegará el día en que se le hincharán las piernas.

Octava semana (y dos días)

He tocado su tripa por primera vez. En efecto, el abdomen ha tomado ya otra forma, como si desde el estómago estuviera engordada, si bien no ha perdido cintura. Hemos estado bromeando con la frase porque en realidad se dice que se ha perdido cintura cuando la forma de esta deja de ser curva como es para pasar a ser algo más rectilínea. En realidad se gana cintura, porque se gana más cintura, pero se dice perder porque se pierde la forma. Ella ha ganado en tripita pero no ha perdido cintura. Por detrás, sigue igual. A mí me pasó exactamente lo mismo. Y de momento la cintura del vaquero sigue holgada. El caso es que no me conformé con mirar y quise tocar y quise creer latido, como si pudiera ser cierto, pero yo me he hecho a esa idea, sobre todo suponiendo que en la ecografía del latido no estaré presente, porque irá el padre. Así que no podré escuchar en directo a garbanzo, que su madre denomina lenteja, lo que me causa cierta incomodidad por la pequeñez de la legumbre.

Octava semana (y tres días)

He comprado las primeras piezas para garbanzo. Algo que va a utilizar desde el minuto uno de su nacimiento: una toquilla. Suave para que desde el primer momento sienta las caricias de un buen material, mejor que lo descubra pronto, para que coja buena costumbre. Blanca para que no haya líos con los colores asignados a los sexos, que me pone un poco de los nervios. Pero quédate con la idea de que será lo primero que use, aunque llegue al mundo en el mes más caluroso del año, los bebés requieren más calorcito, que han pasado muchos meses bien al abrigo.

Y le he comprado un babero para coquetear, sea niña o niño, muy sufrido de colores, pero, en efecto de colores, de flores liberty, que me ha enamorado literalmente. Sea como sea, va a favorecerle, aunque claro que no es el babero para comer; es el babero… para el aperitivo; y si me apuras en la barra de un bar.

Octava semana (y cinco días)

Mañana es el día. Mañana se oye el latido. Yo no iré pero me contentaré con comer con la madre del garbanzo que me contará y, conociéndola, escenificará lo que ha sentido, que todavía me acuerdo yo de lo que sentí con los suyos (puede que ya lo haya dicho, es lo que tenemos las abuelas). Ya estoy viendo la escena en la que seguro que lloraremos ambas. Y solo de pensarlo me emociono y sé que va a ser un día memorable. Estoy nerviosa.

Además, a partir de mañana podrá contarse. Eso significará un respiro. Porque ya he llegado a ese momento en el que siento que no respondo, que corro peligro de contarlo a diestra y siniestra, como una cotilla. Nunca me había costado tanto guardar un secreto.

Por cierto, hoy he visto una foto de mi hija en las redes sorbiendo placenteramente un batido de fresa y he recordado lo poco que hace que yo se los ofrecía como postre y aun yendo a ser madre la he sentido aún niña, como si no hubiera pasado el tiempo y he pensado que esto va a ser un poco duro, eso de seguir viendo a tu hija como hija, lo que inevitablemente seguirá sucediendo por los siglos de los siglos, y sentirla madre. Va a necesitar un reciclado sentimental importante.

Décima semana

No me salto las semanas con pértiga. Simplemente, no eran ocho sino que son diez. Eso dice la ecografía de hoy. De las de música y vídeo. De las de emoción. Más si cabe.

Ella dice que tiene tripa y la pone dura, pero para mí que es más o menos como cuando decía que le dolía mucho la “tripa” y tanto que parecía apendicitis y luego resultaba que, en urgencias, claro, le decían a su sufrida madre que no, y entonces ella recordaba que había hecho duros ejercicios de gimnasia y eran agujetas.

Así es. Hoy se ha puesto de perfil y la tripa dura, pero, vaya, que ha sido bailarina y sabe cómo manejar la tripa. Pero las tripas no y las tripas las tiene de feliz y a mí me las pone igual. O igual. O más. No sé. Solo sé que se me saltan las lágrimas. Porque garbanzo ha sufrido un upgrading. Es por lo menos una judía, pero con patas y al parecer con manos y le están creciendo los dedos. Cuánto puede caber en dos centímetros y medio. Yo no fui consciente de tanto cuando fui madre. Ahora o todo es más medible o nos lo cuentan mejor. Y tengo su primera fotografía, que me ha entregado la madre del garbanzo como me entregaba sus cartas de amor cuando nos enfadábamos, bien doblada en dos veces y en la “portada” un corazón: Para mamá.

Pronto tendré otros, seguro. Y pondrá para la abuela.

Y vuelvo a llorar. Qué pava.

El caso es que lo ha oído y dice que era justo como yo lo había dicho. Que no es un pum-pum de pulso como el nuestro. Que no. Es como yo le había dicho, y no lo digo yo, que no lo he oído, sino que lo dice ella, que estaba allí (jaja): como las herraduras de un caballo, ese sonido metálico, como de ser fuera de lo humano, que se te queda grabado para siempre, tanto, que ya digo que so lo había descrito.

Y luego ahí estaba el padre del garbanzo haciendo fotos a la criatura y a la pantalla del ordenador, iPhone en mano, lo que a la ginecóloga no le ha parecido nada extraño.

Y para qué han servido la foto? Pues para dar la noticia a la familia. No podía ser de otra manera en la era instagram. Una imagen vale más que mil palabras. Y aquí las palabras sobran, un poco. Le emoción no va a dejarnos hasta el momento del parto. Que somos una familia como decía un pariente de mieleros, siempre dulzones, a veces por exceso.

Once semanas y un día

Esto parece que va de presos. Pero para nada. Nada más alejado de la realidad. Es más, el garbanzo no para de moverse. Eso han dicho en la ecografía de hoy, que tiene mucha vitalidad, que no para y eso es muy buena señal. Por cierto, que ya no se puede hablar de garbanzo, empieza a ser una judía de 5 centímetros. He cogido una regla, porque soy un poco geométricamente iletrada y he podido comprobar que es un tamaño considerable, aunque la madre no parece inmutarse y aún le cabe bien toda su ropa. Y encima presume de que hoy se ha levantado con la tripa plana…, entre insensata y graciosa.

A mí comienzan a surgirme las preocupaciones de abuela. A saber, al garbanzo hay que hacerle la prueba del pliegue, más que nada para ver si hay alguna anomalía que en general creo que se refiere al síndrome de Down. De abortar, nada. Eso le he dicho. Que no tiene que ser y que no va a ser porque es una madre muy joven y sana, y tampoco hay antecedentes familiares, pero un Down es una alegría en una familia, lo he visto mil veces. Habrá de todo, y habrá familias para las que no lo sea, pero me parecen niños alegres, buenos, diferentes…, eso, es la diferencia lo que nos provoca tanta angustia, en general. Pero vaya que son preocupaciones absurdas, que no va a ser para nada.

Y luego está el rollo del grupo sanguíneo que la madre es 0- y el padre 0+ Todo se resume a una inyección pero yo prefiero que no haya agujas por medio, cuanto menos lío más claridad… Y no va a ser posible. Pero será bueno.

Al garbanzo se le ha visto de frente y no se le ha visto nada raro…, así que para mí que será una niña, que los chicos no pueden remediarlo, se les detecta de inmediato. Sea lo que sea me hará feliz. Sé que mi vida va a cambiar, pero también sé que los abuelos son como padres, pero con menos castigos y más chuches. Sé que me van a cambiar las prioridades. Ya de hecho empiezo a cambiar citas para poder acompañar a la madre al médico y ver por fin al garbanzo. Me temo, temo mi reacción. A ver si me voy a tirar a dar besos a la pantalla. Lo hubiera hecho con mis hijas, pero en la posición tumbada de la camilla era imposible. Me estoy planteando trabajo, vacaciones, todo ya en función de un garbanzo que está ahí mojándose en el líquido de su mamá que es mi hija y alimentándose de lo que su cuerpo le proporciona. Puede parecer obvio y cursi, pero no me importa decir que vivir el milagro de la vida de nuevo me proporciona una bombona de oxígeno, un halo de esperanza, una sensación de que vivir es maravilloso. Y luego está la gran suerte de que el garbanzo tendrá tres bisabuelos. Eso es una pasada. Ojalá le duren muchos años. Los disfrutará tanto como ellos a él. La vida está ahí, empezando a manifestarse y nosotros lo estamos viviendo en directo. Por cierto, que ayer compré una camiseta para la madre, pensando que le quepa la tripa, pero ya me ha dicho que no me preocupe, por eso sé que hoy la tenía plana; podrá usarla mucho tiempo. Me temo que la naturaleza tiende a repetir esquemas y la abuela que soy yo apenas manifestó signos externos hasta por lo menos el quinto mes. Tiene camiseta para rato.

Once semanas y 3 días

He estado pensando que cuando nazca el garbanzo tengo que ser la abuela que siempre he pensado que sería, igual que la tía que soy, de esas que se tiran al suelo. Esta mañana, me dolía un poco la espalda, a la altura de los riñones. De pronto he recordado que el domingo, jugando con mi sobrina de menos de dos años me he tirado al suelo, con cierta violencia y sobre suelo hidráulico, nada de moquetas, ni de maderas, ni de alfombras, así a lo vivo. Tendré que fortalecer esa parte de mi cuerpo, tendré que poner dura la espalda para no correr riesgos cuando de verdad tenga no solo que tirarme al suelo, sino coger en brazos durante horas al garbanzo, darle el biberón (con lo que pesa la cabeza de los bebés, que aún me acuerdo de los míos), andar agachada a su altura, correr, tal vez correr, seguramente correr y tirarme al suelo y tirarle al aire y cogerle sin peligro. Mucho trabajo físico el de la abuela. Nunca pensé que iría al gimnasio pensando en un nieto.

Doce semanas y 4 días

He visto otra ecografía, la última que hicieron a la madre del garbanzo, en la que al garbanzo se le ve ya como una judía. La semana próxima será la mía. O sea la que veré yo. Todo el mundo se empeña en decirme que voy a llorar. Qué pesados. Si yo ya lloro cada vez que verbalizo que seré abuela. Y si no lloro físicamente, desde luego la emoción que siento por dentro es la del llanto emocionante que pienso que no va a abandonarme en mi vida. Dicen que no se puede tener la emoción y el conocimiento de lo que es ser abuela si no has sido abuela. Yo aún no lo soy. Pero lo lamento mucho; ya lo siento. Miro a la tripita de mi hija, que aunque ella diga que no, empieza abultarse, y siento la felicidad de que ahí dentro hay un ser que tiene algo que ver conmigo y que dentro de unos meses estará en mis brazos, Y solamente el hecho de escribirlo me hace sentir un nudo en la garganta.

Ahora hay que convencer a la madre del garbanzo de que no vaya en moto. No tengo ni idea de hasta cuándo piensa conducirla pero me parece un peligro. Nunca podía imaginar que iba a agradecer los días que amanecen con niebla o con lluvia porque sé que esos mi niña (lo será siempre) está a salvo.

Doce semanas y 6 días

No iré yo a la ecografía de garbanzo. En esta ocasión le realizan la prueba del pliegue y es en esa en la que puede detectarse algún tipo de malformación genética que dé lugar por ejemplo al síndrome de down y a través de la que podría determinarse hacer un estudio más completo. Así que ha decidido que mejor va con el padre del garbanzo por aquello de que si ocurre algo prefiere compartirlo con él. Normal. Me ha producido pena, pero lo he entendido, como entiendo la capacidad que hay que desarrollar para saber que ya los hijos no te pertenecen como te pertenecían, menos aún cuando ellos ya entran en tu misma categoría, la de padres. Tú estás ahí para acompañar, para estar, simplemente, lo que no es poco, más bien es mucho, y luego ya ellos deciden qué papel darte en cada momento; de tu capacidad para adaptarte a ese nuevo estatus depende muy mucho tu felicidad presente y futura. Nadie puede imponerse, ni con los hijos ya mayores.

Doce semanas y 7 días

Y mi paciencia ha tenido su recompensa. La madre del garbanzo es muy generosa y sensible, ojalá el garbanzo saque esa genética, lo que es más que probable, porque el padre también parece serlo…, digo que parece porque le conozco menos, claro, pero lo parece. Así que he recibido una llamada proponiéndome pedir hora para otra ecografía, de manera que yo pueda ver algo parecido a lo que verán ellos. Proposición que ha sido aceptada convenientemente.

Otra compensación, aunque esta es familiar y emocional, como nos gustan las cosas en nuestro clan, que somos un poco festivaleros en lo que tiene que ver con las emociones y nos encanta llorar y esas cosas del querer, el nombre ya está decidido. El de un futuro niño ya lo estaba desde el principio, Bruno. El de la niña ya nos lo han dicho. Y es precioso. Camila, como la hermana de la madre del garbanzo, o sea, como mi otra hija.

Sí, hemos llorado. Ojalá sea niña. Mira que a mí nunca me había gustado eso de repetir nombres familiares que acaba siendo la mayor y la pequeña más el nombre correspondiente. Pero este detalle es un detallazo y además puedo decir que mi percepción sobre la sensibilidad del padre del garbanzo no estaba equivocada, porque en efecto la tiene. La idea del nombre para una niña ha sido suya.

Trece semanas

Ya han hecho la ecografía del pliegue. Está todo bien. Muy sano el garbanzo. Con manos, con ese cabezón enorme de los fetos, pero maravillosamente móvil, aunque se movía menos que en otras ecos, parece que estaba un poco dormido. Todo va fenomenal, la madre se queja de que por las noches le parece que tiene algo de tripilla y por la mañana le ha desparecido y está lisa como una pared bien hecha. Les han preguntado si deseaban conocer el sexo del garbanzo y lógicamente han contestado en positivo.

¡ES NIÑA!

Bueno no lo es al cien por cien, porque eso normalmente solo pasa cuando es un niño y se le ve bien su aparataje. Pero al ochenta por ciento, que es mucho, es una niña. El garbanzo Camila. La garbanza Camila. Todos hemos llorado. Creo que Camila más. Está feliz. Todos estamos felices. Yo me salgo. Vuelvo a sentir algo que hacía tiempo no sentía, mariposas en el estómago.

Trece semanas y un día

Empiezo a comunicar la noticia. Todo el mundo es feliz cuando lo cuento y alaban que vaya a ser una abuela tan joven, que no lo soy, pero bueno lo parezco o seguramente soy la abuela más joven de las abuelas que conocen mis amigas.

He pensado que Nana podría ser una bonita manera de llamarme el garbanzo cuando hable. Sé que nos vamos a gustar.

He convocado una cena con amigas para brindar. Les ha parecido una noticia maravillosa. Y además es cierto que un niño da vida a un hogar, a una familia, a una casa. Yo ya he retirado un poco más un sofá que tenía en la habitación de los invitados, que seguramente pasará a ser muy pronto la habitación del bebé, que pienso quedarme todo lo que pueda.

La madre del garbanzo va notando que le aprietan un poco los pantalones pitillo, la muy perruna… Todavía le quedan algunos que puede ponerse, ya le he dicho que le queda poco, aunque sigue flaca y muy guapa. Ella se queja de grandes tetas y su chica la mira embelesado repitiéndole lo guapísima que está. De vez en cuando se le llenan los ojos de lágrimas, está un poco cansada y desearía quedarse en la cama. La hormona que anda suelta. Como en cualquier embarazo. Y lo que le espera.

Trece semanas y seis días

Hoy he visto al garbanzo. Y tengo fotos. El garbanzo hay que ver lo que se mueve. También hoy por primera vez he visto la tripa un poco más abultada de mi hija. Y eso que era por la mañana, que parece que es cuando la tiene más plana. Ha sido tumbarse en la camilla del ginecólogo y descubrir que en efecto ya empieza a notarse. Ha sido emocionante, como no podía ser de otra manera. De perfil. De frente. El cabezón, como en las fotos que me habían surtido en otras ocasiones, pero eso es lo de menos, lo más importante ha sido verle doblar las piernas, impresionante y mover los brazos que ya tienen manos. Todo eso en 8 centímetros parece mentira, y ya en casa he tenido que coger una regla para darme cuenta del tamaño, algo que recuerdo que siempre hacía con la madre y la tía del garbanzo. También le hemos visto la nariz. Y de frente (yo creo que los ginecólogos saben cómo tocar la tripa para que se mueva el feto) ha movido la mano como si saludara al respetable. Con las lágrimas siempre puestas (aunque mi hija hubiera querido una catarata) he podido ver los movimientos y es más he visto mucho más nítidamente la imagen que la que veía cuando me hacían las ecografías de mis hijas.

Impresionante.

Ya quiero al garbanzo, sin verla. Por cierto, el sexo no lo han visto, al parecer tenía la mano entre las piernas cuando se ha puesto de frente. Solo lo escribo aquí, no me he atrevido a decir nada, pero únicamente los hombres se ponen las manos ahí abajo. Miedito me da que se hayan equivocado con la ilusión que tiene la madre del garbanzo. Aunque sea como sea, sé que nos hará tan feliz un niño como una niña, lacitos aparte.

Solo una frustración: no se le ha oído el corazón. Se le oía pero no en plan séptimo de caballería como me gusta o me gustó con mis hijas, porque se movía tanto, que el sonido del movimiento impedía el otro sonido. Por otro lado, nos han avisado de que dado lo pequeñito que aún es el garbanzo se ve ahora mejor el movimiento ahora que cuando sea más grande.

Catorce semanas

Por la calle, he sido consciente de que me paraba en los escaparates de ropa de bebé. Y la hay preciosa. Creo que el garbanzo será mi perdición (de mi bolsillo, digo).

Catorce semanas y dos días

La madre del garbanzo, que se encarga de llamarle lentejita, va teniendo tripa. De un día para otro se ha dado cuenta de que su barriguita va tomando forma. Ayer me la enseñó. No es tripa de embarazo todo lo que reluce, pero es tripa con forma de embarazo. Se ha encargado algo de ropa, unos pantalones con lazo que puede ir ampliando, pero de momento ha recurrido a su madre, lo que me enorgullece. Le ofrecí yo unos vaqueros boyfriend y hoy me los ha pedido. Me siento feliz de que se le pida a una futura abuela que le pase ropa a la embarazada.

Catorce semanas y tres días

Me doy cuenta de que cada vez que digo con orgullo, con mucho orgullo y cada vez con más alegría, que voy a ser abuela, siento la admiración de mis interlocutores. Eso me refuerza en mi idea de que hay que reivindicar el papel de abuela, el de abuela joven, enrollada y actual, lo que podríamos llamar una abuela de nueva generación. Y esa soy yo. Parece que el universo ya lo sabía, antes que yo, y tal vez no sea una casualidad que hace meses cofundara la web greatmoments.es precisamente para esas abuelas de nueva generación.

Catorce semanas y cinco días

He visto a mi hija con mis vaqueros boyfriend. Todavía le queda mucho sitio a su tripa, pero está muy guapa. Me encanta lo bien que le sientan. Y le he tocado la tripa. Hoy le decía que me impresiona pensar que en muy poquito tiempo lo que veremos en esa tripa serán movimientos. Catorce semanas y cinco días, es poco más de tres meses y medio y a partir de los cuatro es bastante normal comenzar a notar los primeros movimientos fetales. Es, junto con el sonido del latido del corazón, de los momentos más emocionantes del embarazo.

Ya le he dicho que empiece a pensar en acudir a un centro en el que la formen de cara al parto y le den indicaciones sobre el desarrollo del embarazo y después del nacimiento del garbanzo. Yo acudí al de Josefina Ruiz y hablando con una amiga que ha sido madre recientemente me ha recordado lo maravilloso que sigue siendo el centro y lo importante que es su formación. A partir de los tres meses de embarazo de mis dos hijas empecé a acudir a sus cursos y desde el cuarto mes a sus clases de gimnasia, porque me parecía muy importante mantener el cuerpo en forma durante la gestación y desde luego pensando en el futuro tras el parto. La madre del garbanzo hace gimnasia en casa, cosa que yo no hacía, pero creo que aceptará mis consejos, lo que, si digo la verdad, mi “niña” suele hacer.

Dieciséis semanas y dos días

Nueva eco. Sin mí. Decepción. La madre del garbanzo habla incluso de disgusto, pero una vez contado no hay para tanto, tendrá que acostumbrarse a que no todos los médicos son la amabilidad personificada. El suyo no lo era. Pensaban que obtendrían ratificación de sexo. Y no pudo ser. El médico les ha dicho que hay que esperar. A lo que no cabe esperar es al crecimiento del garbanzo: ya son 10 centímetros, y por cierto, después de dos hijas me entero de que en realidad cuando te dan el tamaño del bebé solo es de cabeza y tronco, así que, si faltan las piernas, y tener las tiene que yo las he visto y su madre también, el bichito debe de tener ya como quince o dieciséis centímetros.

Dieciséis semanas y cuatro días

La madre del garbanzo, con su hermana y conmigo misma nos vamos de viaje. Es curioso, porque entre los planes que ya estamos haciendo de otro viaje las tres el próximo año, hemos descubierto que entonces tendremos que hacerlo con el garbanzo, a no ser que encontremos almas bondadosas (su padre entre ellas) que nos echen un cable. Por si sí o por si no, lejos de pensar en lugares exóticos para el siguiente, nos hemos decidido por Barcelona, porque el tren en el que iríamos es mucho más kids friendly que el avión y a pesar de ser más largo sé por experiencia que es mucho más llevadero con un bebé. Definitivamente descubro que nuestras prioridades van a cambiar completamente. Al menos las mías.

Supongo, y lo sé también por experiencia, la ansiedad que siente su madre anhelante por verle la cara. Yo siento un vértigo especial cuando lo pienso, tales son mis ganas. Su padre optó el otro día por pensar en lo cómodo que sería sacar al garbanzo (ellos siguen hablando de lentejita) del cuerpo de su madre unos minutos para verle como se mira un pollo que se saca del horno. Más o menos afortunada la imagen, hay que reconocer que la idea es buena, buenísima.

La tripa ha empezado a crecer. Y hoy hemos comenzado a ver vestidos y petos para poder protegerla.

Dieciséis semanas y cinco días

Hoy creo que por vez primera he sido consciente de que casi lo primero que digo cuando me encuentro con una persona conocida es que voy a ser abuela. ¡¡¡Y me siento tan orgullosa!!!! Ahora ayudo a mi hija a hacer las cosas, a coger una maleta o un peso, por ejemplo, y no lo hago solo por ella y por protegerla, sino que lo hago además como la madre del garbanzo que es. Y nada me gusta más que pensar en que así va a ser durante mucho tiempo.

También hoy he sido consciente de lo bueno que es ser joven cuando nazca el garbanzo, porque me dará la posibilidad de correr, de tirarme al suelo para jugar, de tener una energía que tal vez más tarde esté algo mermada por los años.

Y estoy contenta con los comentarios de ecografías en las que al parecer la supuesta niña tiene la nariz en forma respingona. Sería raro que con las naricillas que hay en la familia saliera con una enorme… pero hay que pensar en el abuelo (jajajaja).

Diecisiete semanas

Hemos estado de viaje. Un viaje de fin de semana largo en el que la mamá del garbanzo nos ha enseñado la maleta, nos ha hecho a su hermana y a mí tocarle la tripa, dice que está dura. Yo la toco. Y me siento feliz. Y por dentro me río… de Janeiro porque no sabe lo que es una tripa dura. Ya se lo explicarán en la consulta de Josefina Ruiz, donde he conseguido que se apunte para tomar clases no solo de preparación al parto, sino de gimnasia, como hice yo con ella y con su hermana.

Me hace tanta gracia ver cómo se pone de perfil esperando que de un día a otro la tripa le haya crecido. Ya sabrá ya lo que es bueno en poco tiempo. De momento sigue llevando prácticamente la misma ropa. Aquellos vaqueros boy friend que le dejé yo me los quito sin desabrochar… y ella dice que también, pero durante el viaje ya me he dado cuenta de que no es posible que se los saque solos, ni de broma. Se ha comprado algunos pantalones con gomas. Es como yo, le horripila la típica ropa de embarazada -aunque afortunadamente ahora hay más bonita que cuando yo estaba esperando- y, por otro lado, la verdad es que no lo necesita de momento.

Dieciocho semanas

Mi hija dice que la tripa ya es visible, pero no es así ni mucho menos. Más bien es invisible. Se queja de que le ha crecido mucho el pecho. Y es cierto. De hecho, viéndole de perfil es lo único que llamaría la atención. Pero hete aquí que la he visto medio desnuda y en efecto la tripa empieza a cantar. Y lo mejor, empieza a sentir pequeños movimientos ahí adentro. Nada importante, pero siente una presencia de un cuerpo extraño. Y por lo que han dicho en todas las ecografías el garbanzo se mueve y mucho. Está sano/sana. Mi hija también. Se queja de pinchazos dice ella que ahí abajo, pero ya le digo yo que defina abajo, que aún no puede o no debería notar el peso, que es mínimo, ni por tanto tampoco la presión del cuerpo extraño. Eso sí es lógico que lo note. Dice que tiene la tripa dura donde se sitúa el garbanzo. Y es cierto. La he tocado y se nota como un pequeño bulto que no cabe duda de quién es.

Diecinueve semanas

Hoy ha sido un gran día, porque hemos pasado la semana diecinueve y porque realmente incluso a simple vista la tripa comienza a ser algo evidente. Hay un gran cambio: dice mi hija que empieza a notar cómo se redondea también en la parte de arriba, como si se estuviera empezando a hacer el “huevo” en el que después se convierte el abdomen.

Diecinueve semanas y dos días

Me he dado cuenta de que ocurre algo diferente a lo que me temía: resulta que cuando digo que voy a ser abuela yo pensé que se me iban a echar los años encima, que quien escuchara mi ilusión empezaría a hacer cuentas de mi edad, y resulta que lo que ocurre es que cuando digo que voy a ser abuela lo que todo el mundo contesta es que qué bien que vaya a ser abuela tan tan joven… Así que creo que el garbanzo me va a rejuvenecer. En esas estamos.

Diecinueve semanas y tres días

Ha sucedido una cosa maravillosa. La madre del garbanzo me ha enviado un archivo en el que me explica cómo es “su lentejita”, que ya ni siquiera es garbanzo y que deberíamos empezar a llamar tomate. Porque ese es en efecto el tamaño que tiene la ya criaturita a la que dicen que ya se le debe hablar porque, según algunos estudios, ya puede oír. La verdad es que tengo que reconocer que me he emocionado pensando que ya le está creciendo pelo, que su tamaño es de unos 15 centímetros y que sus piernas y brazos comienzan a ser proporcionados con su tronco, cosa que hasta ahora no ocurría, que parecía una cría de pez, con perdón. Y hablando de peces, o más bien de líquidos, parece que bebe líquido amniótico y hace pis…

He dejado de leer esa relación de maravillas de la naturaleza con lágrimas en los ojos.

Diecinueve semanas y cinco días

Ha sido un día precioso. Me han regalado unas abarcas menorquinas en beige y plateado… y no son para mí, ni tampoco para mis hijas. Son para el garbanzo. Es una chorrada porque no podrá usarlas más que de broma. No creo que midan más de 7 centímetros, que es más o menos lo mismo que medía el garbanzo hace nada. Están hechas para recién nacidos, la verdad es que son un poco decorativas, pero son una preciosidad. Las miro y las vuelvo a mirar y ya siento amor, qué raro es todo esto, cómo puedes sentir amor por un ser que se está formando y que ni siquiera está en tu cuerpo. Pues sí, lo siento. Y miro las abarcas y siento un cosquilleo en el estómago que es muy placentero.

La madre del garbanzo se marcha diez días de viaje. Ella no lo sabe, pero yo sí: yo sé que a su vuelta la tripa va a ser más que evidente. Ahora llega el momento de la verdad, porque el crecimiento lo va a notar. Cuando vuelva tenemos eco en cuatro dimensiones, así que ya vamos a saber más o menos cómo es. Me muero de ganas.

Veinte semanas

Es un momento crucial. Si yo hago un juego de dedos llego a la conclusión de que son cinco meses. De hecho podría decirse, aunque no sea muy científico que estamos en la mitad de la gestación. Lo que ha pasado hasta ahora ha sido muy sencillito, es como si te dijeran que estás embarazada pero pensaras que se lo dicen a otra porque tú no sientes nada. Lo que no sabe la mamá del garbanzo (ahora tomate) es que en realidad la gracia de sentirse embarazada llega ahora, porque ver y sentir que tu tripa crece y que lo hace porque dentro tienes un ser humano que además has creado tú es lo más parecido a Alien, aunque yo prefiero decir lo más parecido a un milagro.

La mamá del garbanzo está de viaje. Muy lejos. En una playa paradisíaca, que digo yo que mejor que lo aproveche ahora, que tanta tranquilidad va a escabullirse de sus manos y su mente en poco tiempo, salvo que se haga cargo del garbanzo hecho ya ser humano la propia abuela, o sea yo, que adivino que me va a tocar mucho y solo de pensarlo me emociono. Pues resulta que me ha enviado una foto de ella en la playa, sus pies sumergidos en el agua cristalina y adivinad qué es lo primero que he visto: una tripa que ya no engaña a nadie. Una tripa de embarazo que empieza a ser prominente. Alucino y se me saltan las lágrimas.

Ventiuna semanas

Por fin se nota la tripa y algo duro en la tripa. Que está abajo. Se me había olvidado pero a mí debió de ocurrirme más o menos lo mismo. Al parecer no es que se note que se mueva en las ecografías sino que la futura madre, qué narices, ya madre, lo nota y a mí me ha parecido notarlo también. Yo no sé qué habrá de cierto con lo de que las hormonas de la madre se disparan, pero las de la abuela están dispersas y un poco monguis…, o sea lloronas. Hoy he pensado que pronto tendría al bebé en los brazos (¡pronto!, menuda ilusa) y se me ha puesto la carne de gallina.

Veintidós semanas

Nueva ecografía, que no he vivido en directo, pero sí en diferido. Al parecer, no se escuchaba el corazón y ha habido un pequeño susto por parte de la madre del garbanzo. Ya le han contado que es lo habitual con máquinas que no son muy modernas, y al parecer esta no lo era. Todo está bien. El peso, controladísimo. Ya hemos empezado a hablar de cunas portátiles, sillas de coche…, y sí, ya sé que compartiré bebé con los parientes del padre del garbanzo. Pequeño disgusto. Pasajero. Yo tampoco quiero ser una abuela esclava de mi nieta, como me ha contado hoy un antiguo jefe que me hablaba de un artículo “Abuelos del mundo, uníos”, como protesta a esa insana costumbre de aparcar al nieto en casa de los abuelos que de golpe y porrazo vuelven a perder la libertad que habían ganado a base de bien y unas cuantas canas.

Veintitrés semanas

Empieza la intendencia. Hace unos días la madre del garbanzo se ha llevado un montón de ropa de procedencia diversa pero toda familiar. Seguro que cuando hurguemos, habrá cosas suyas, de su hermana, de sus primas…, es lo que tiene la familia en grande. Ya se han atrevido a dárselo porque… notición, ya es seguro, el garbanzo es garbanza. Se llamará Camila, como su tía, o sea la hermana de su madre, que está orgullosa del regalazo, y eso que aún no la hemos visto. Han empezado los bailes de quién compra qué. Ya hay cuna. Eso parece que siempre es lo más importante. Y ahora hay que pensar en el cochecito, en la silla del coche… La madre del garbanzo empieza a estar cansada. Nunca durmió bien. Ahora no iba a hacer una excepción. Solo pido al cielo que el garbancito duerma más que ella, vaya, mejor, pero no se lo digo, para no causar un estrago emocional. Yo ya estoy con la lágrima floja, no sé lo que me espera. Y no paro de hacer planes y de deshacerlos, sabiendo que nacerá en agosto, tal vez una semana después de lo que mi hija había pensado, según le ha dicho el médico en la última ecografía. Mis vacaciones en ascuas, pero nunca con tanto placer. El mes de julio será el mes de la espera, y tal vez de alguno de mis viajes, para resarcirme de la incertidumbre asegurada del mes de agosto.

La tripa ya es notoria. El bulto del garbanzo en el suelo de la tripa, también. Emocionante.

Semana veinticinco

Pero cómo va a ser cierto! Ya mide 30 centímetros. Eso es una barbaridad. Que se lo digan a su madre, que a pesar de mantener la calma y la belleza y pocos kilos de más, por cierto, ya empieza a poder presumir de estar embarazada. Se le nota ya bastante, aunque con un jersey ancho y unos boyfriend ayer la vi bastante poco embarazada, por mucho que se empeñe en que luce tripa. Ya le llegará el momento.

Hoy he comprado una camisita de recién nacido. Ya ni me acordaba de que esas camisitas no tienen ni botón, de delicadas que son. Me estremece pensar en tanta delicadeza y que la tendré pronto en mis brazos. No he querido decir que iba a ser abuela. Pero he tenido muchas ganas de contarlo a toda la tienda. Había demasiado revoltillo como para hacerlo. Lo importante era salir con la prenda en mis manos y saber que a mi hija le ha parecido una preciosidad. Lo es.

Semana veintisiete

El cambio empieza a ser muy notable. Nos dicen que el garbanzo ya pesa un kilo doscientos gramos. Vaya, que si quisiera nacer saldría seguro, seguro, adelante. Y lo hemos visto. Hemos visto una ecografía 3 D que no sé muy bien si me gusta o me disgusta. Me gusta porque la hemos visto, sí, hemos visto a Camila, con forma ya de Camila, de niña, desde luego porque el ecógrafo se ha divertido en un momento en el que ese garbanzo que de legumbre tiene ya poco estaba enseñando sus partes pudendas y tenía una mano ahí, sí, ahí… Es la diversión de su papá (los hombres…) tierno y a todos nos hace gracia. Pero sobre todo nos gusta ver la forma de su cara. Su madre que era de las que decían que todos los bebés se parecen entre sí, ha comenzado a sacar parecidos, y no precisamente con el de la ecografía de la sala de al lado, sino con ese que se divierte con la primera foto sexy de la niña (esperemos que sea la última). Tiene cara de bebé y se mueve ya mucho. Está perfecta, ha dicho el médico y todos hemos respirado profunda y placenteramente. Todos, especialmente sus padres que estaban allí. Yo lo cuento en diferido y por aquello que he visto y me han contado.

 Semana veintiocho

Esta es la mía. Esta ecografía la disfruto yo. Y mucho. Aunque no es 3 D y aunque me cuesta definir bien la figura que en efecto tienen cabeza, tronco y extremidades y ha ganado 100 gramos. O los ecógrafos van cada uno por su cuenta o esto crece que es una barbaridad. Es posible que la fecha de parto sea anterior a lo previsto. Hay que rehacer los planes, los pocos planes que estamos haciendo todos pendientes de la criatura.

Yo me he venido arriba y le he comprado una camiseta marinera de manga larga, de hilo, para que esté a gusto en sus primeras tardes de verano. De paso he descubierto una tienda maravillosa El diván del Ratoncito Pérez, en Sevilla, ciudad donde he pasado 24 horas, las suficientes para presumir de futura abuelez. Me temo lo peor de mí misma.

Semana veintinueve

Patadas y risas. Ese podría ser el título de un vídeo que nos ha mandado la madre del garbanzo, reproduciendo los movimientos de su abdomen al tiempo que su hija ejecutaba una especie de baile; bailona, como su madre y como su abuela. Es una barbaridad ve su cuerpo por delante. La embarazada preciosa, pero embarazada. Por detrás, como si nada. Ahora la preocuversión (preocupación/diversión) es el movimiento de la criatura. Divierte y a veces molesta cuando se mueve excesivamente, y parece de excesos. Preocupa si no se mueve. No quiero decirle a su madre que no es la única, que yo sepa todas las madres nos preocupamos cuando el bebé no se mueve lo que nosotras consideramos normal. No quiero contarle la que le espera, porque si ahora es el movimiento, cuando nazca será el llanto y la respiración. Molesto el llanto. Pero ay si nos parece que la calma es tanta que creemos sentir que no respira… Espero la primera piedra de la madre que no lo haya sentido.

Semana treinta

Esto es imparable. Qué tripón. Parece como si la madre hubiera tomado una pócima milagrosa y de esa guisa su vientre si hubiera inflado. Y ahora las patadas no solo son notorias por parte de la madre. Todos nos ocupamos de imponer nuestras manos para averiguar si es un pie lo que ha empujado o si es la cabeza,y lo hace en la boca del estómago, o si es una mano lo que está chocando los cinco al otro lado de esa bolsa de canguro en la que el abdomen de su madre ha tornado. Ahora han comenzado las compras en serio. Ya hay cochecito de bebé. Pintón y práctico, como sus padres.

No me lo puedo creer. Me parece no ya un milagro sino una trola. Esa que está ahí acariciándose la tripa como ya lo hice yo, pensando en la fecha del parto, en lo que tiene que preparar, con la ansiedad correspondiente, como me ocurrió a mí, que se sube la camiseta o el jersey y muestra su tripa orgullosa con un orgullo que lucí yo en efecto no soy yo, sino esa que estuvo dentro de mí, como hoy está su garbanzo. Me resulta tan raro. Y me siento tan feliz y agradecida a mi hija de estar permitiéndome que viva tan cerca de ella este embarazo maravilloso, que tengo que pellizcarme para saber que sí, que no soy yo, pero sí es a mí. Y por un momento deseo que se quede siempre así, como deseé en su día que fuera siempre bebé, ese bebé al que el simple hecho de verle una pierna escapada de entre la raja de su faldón me hacía emocionar. Es tan bella la imagen. Es tan bello el significado, que desearía poder seguir espachurrándome contra la tripa de mi hija, en una especie de cuento retorcido en el que se mezclan las generaciones, los sentimientos, con un ingrediente esencial, el amor.

Quiero seguir sintiendo lo mismo y, de pronto, salgo de mi abismo, para entender que no sentiré lo mismo, que inevitablemente sentiré más y mejor cuando tenga a mi nieta entre mis brazos, con la fantasía de que es mía y la voy a tener siempre, con el deseo de durarle muchos años y de servirle en su vida, para todo. Esa sensación de querer a alguien que aún no conoces solo la había experimentado en los embarazos de su madre y de su hermana. Y es un regalo del cielo volver a experimentarla ahora, de nuevo, cuando piensas que ya no hay tantas emociones que vayan a sorprenderte, cuando los años te han hecho más seguro y aseguradora, cuando no piensas que vayas a querer y a creer en algo que no ves.

Y ya ves, creo, quiero, siento y hasta veo, pero eso haciéndome trampas al solitario después de haber visto la imagen que devuelve la tecnología, una imagen de belleza. Ya sé que el garbanzo será muy bonita.

Semana treinta y uno

Paseo por unos grandes almacenes para elegir el primer gadget de Camila made in abuela, una trona de esas que pasan por todas las etapas de los niños. Buenísima, con hamaca incluida. Y de pronto me he visto babear contemplando los mil y un cochecitos que existen en el mercado, las tronas, las sillas de coche, las cunas portátiles. Definitivamente compraré una y la tendré en casa para evitar esa especie de circo ambulante en el que se convierte la familia primeriza de visita.

Semana treinta y dos

Mi hija me envía una newsletter que recibe ella en la que le avisan de los cambios que va experimentando el bebé, que ha pesa casi dos kilos, lo que parece mentira cuando veo la tripa tan pequeña que tiene. Dice esa newsletter que ya tiene uñas. Lo que tiene es un hipo tremendo. Debe de estar bebiendo líquido amniótico sin parar. Es muy posible que ya tenga pelo. Desde luego como sea como su madre, seguro que tiene, porque nació que más bien parecía hija de la Pantoja. La madre del garbanzo me pregunta si tiene algo que ver lo del pelo y los ardores de estómago. Y yo le digo lo que siempre contesto a esas preguntas, que son boberías que no pueden tener una explicación científica. ¡Yo una vez creía que tenía ardores y es que me había picado una abeja!, le cuento –algo que he debido de contar solo unas setecientas veces- y se ríe.

Semana treinta y tres

Es muy graciosa la imagen que me manda la madre del garbanzo sobre cómo mostrarle a tu pareja lo que pesa el embarazo. Y eso que ella no está nada gorda. Ya lo he dicho más veces, pero es algo de lo que siempre me siento orgullosa, no por nada, sino porque creo que más flaca será más fácil todo, pasará menos calores cuando empiece lo fuerte (que ya empieza, aunque ayer cayó un tormentón, típico del mes de junio) y porque seguramente se le hincharán menos los pies y luego el postparto será más sencillo (yo y mi largo plazo).

Para que la pareja se haga cargo del peso, recomiendan que se le dé una mochila y que se añadan 3,5 de peso de bebé, más 70 gramos del peso de la placenta, más 1 litro de lo que significa el líquido amniótico, más 900 gramos del peso de los músculos del útero. Así poco a poco se va llenando la mochila hasta pesar más o menos la mitad del peso que se coge en un embarazo normal, una media de doce kilos. Pensándolo bien es mucho. Vamos, que es bastante más del peso que habitualmente cojo yo en el gimnasio.

Semana treinta y cuatro

Todo sigue su curso. Nos hemos hecho unas fotos durante el fin de semana en las que a mi hija se la ve ya con un gran tripón, y tan feliz. Con sus tacones y todo. Dos días después hemos tenido una cena en mi casa. Una cena de mujeres muy fuertes. Ella tenía que estar. Va enloquecida de trabajo, lo que me preocupa mucho y ha llegado de pilates, lo que me encanta. Y no tenía un vestido que ponerse, así que ha cogido uno mío. Uno un poco ancho. Estaba tan guapa. Se lo ha llevado y seguro que lo usará más veces. Qué orgullosa me siento. Pero sobre todo de verla entre esas empresarias, la mayoría importantes e interesantes, hablando ya como una mujer. No es ya solo el embarazo lo que me hace verla grande. Es que es grande. Y muy persona. Es una suerte para el garbanzo, o sea Camila, tener una madre así. Van a aprender mucho juntas. Entre otras cosas, mi hija lleva con una normalidad aplastante el hecho de ir a ser madre, como algo natural que hay que valorar pero no sobrevalorar, en el sentido de no tirar el resto de la vida al traste, aunque con el deseo de dedicarle el tiempo y la dedicación que la conviertan a ella también en una gran mujer.

Es cierto que mi hija cuenta con una gran ayuda que es la del padre de Camila, no creo haber hablado mucho de él pero es un gran tipo, que se emociona tanto como ella cuando van al médico y que sigue al pie de la letra todo lo que se supone que hay que saber en el momento del parto.

Semana treinta y cinco

Me voy de viaje y estaré doce días sin ver a mi hija ni tocar su tripa que ya me parece que toco la cara de mi nieta. Qué bien suena. He soñado que tocaba la tripa y al hacerlo rozaba sus dedos y los tocaba. Y es una sensación bellísima que sé que no me va a dejar indiferente. Hemos comido para despedirnos antes de mi viaje y he vuelto a ver cómo se movía la tripa de esta niña que tiene toda la pinta de estar encajada. Su madre fantasea con la idea de que pueda nacer antes de lo previsto. Está grande. Y yo temiendo lo peor insisto en que más vale que llegue a término, entre otras cosas por si me pilla de viaje, que ya sería una gran faena.

El Pilates está siendo de gran ayuda. Las pocas clases que ha dado van ayudándole a paliar el dolor de espalda que, como era de esperar, se ha presentado en su vida. Es alucinante, hablando de espalda, porque nadie diría mirándola de ídem que está embarazada. Ha engordado menos de ocho kilos, a lo que debe de contribuir el exceso de trabajo en el que anda metida, pero al mismo tiempo eso es un seguro de que el parto y el final del embarazo serán más llevaderos.

Semana treinta y siete

Demasiados días sin tocar esa tripa en la que imagino la cara de mi nieta. Recién llegada, imposible ver a la madre. Tanto trabajo de ambas. Y sin embargo, sin haberla visto, siento el amor como si ya pudiera abrazarlo. Parece mentira pero es así. He comprado, cómo no, algo para ella en mi viaje y temo el momento en que su mamá lo vea, y espero que le guste.

Semana treinta y siete y dos días

En efecto, nos hemos visto. Le ha encantado mi regalo, una trenka roja de lana tratada para que no pique. Si la niña es morena como la madre, va a agradecer tanto color. Estoy tranquila. Ya sé que la bolsa para acudir al hospital está completamente preparada

Semana treinta y ocho

Por fin he conocido la habitación de mi futura, qué tonterías digo, anda, futura… nieta. Y le he llevado todos los regalos que le he ido comprando y los que me han ido regalando algunas amigas. A saber, un babero en el que dicen que sea la abuela la que haga las croquetas, que es un regalo del club de las malasmadres. Y un súper conjunto que me regalaron las Villalobos con su vestido y su rebeca que espero que esté de cine, y unas minimenorquinas que seguro no podrá usar, porque aun siendo pequeñas un bebé nacido en agosto dudo yo que las utilice. Y una camiseta marinera que ya conté hace unos días que le compré en Sevilla, precisamente de las Villalobos. Y… una camisita de primera puesta, de Nicoli, que ya conté que había comprado pero mi hija no había visto aún. Estaba feliz con todos los regalos. Y yo de saber que mi nieta ya tiene un lugar maravilloso asignado. ¡Que me encanta! Me sorprende ver la frenética actividad de la madre, que ya podría estar dando a luz, de poco tiempo que le queda. Es flipante. Comemos juntas, pero rápidamente tiene que irse a una reunión y varias veces atiende el teléfono con problemas de proveedores. No sé a quién habrá salido.

Me marcho tranquila. En efecto he comprobado con mis propios ojos que la bolsa para ir al hospital está preparada. Las madres siempre debemos tener una preocupación. Las abuelas, dos.

Semana treinta y nueve

Si una hija te pide mimos, te desvives por dárselos. Yo lo hago. Si una hija embarazada te pide mimos, te desvives. Y si además está a unos cuantos kilómetros de Madrid y te dice que vayas…, vas, sí o sí, más teniendo en cuenta que vuelvo a salir de viaje.

Hacía días que no nos veíamos y el encuentro ha sido amoroso, como siempre, pero más. Sobre todo para su hermana que hacía un mes que no la veía y ha alucinado contemplando esa tripa de botón de ombligo fuera que mi hija no solo no esconde sino que muestra, en biquini. Estremecedor notar cómo se desborda un codo por los contornos de su abdomen o cómo lo que pensamos que es un culete también sale para fuera. Camila está encajada; de hecho, podría nacer y no pasaría nada. La madre desearía tenerla la semana siguiente, que será su cumpleaños, es más querría que naciera su mismo día, pero lo dudo. La tripa está demasiado alta. No entiende muy bien lo que le digo, pero ya lo entenderá.

Semana cuarenta

Celebramos el cumpleaños de mi hija, e incluso brindamos, incluso ella brinda un poco, muy, muy poco. Es curioso, porque en el fondo, tanta tripa y tanto preparativo hace que la madre que es la homenajeada comience a perder un poco, solo un poco, de protagonismo, porque en el fondo todos brindamos por ella y por Camila. Toda su familia nuclear cerca, lo que es muy importante.

Se habla de partos. Se habla de niños. Se habla y se sabe que es el último cumpleaños que mi hija celebrará sin ser madre. Es un cambio importante. Ella aún no lo sabe bien. Lo va a disfrutar tanto. Es tan joven, que cualquier cosa la disfruta más, la vive mejor. Está cansada, pero la gran noticia es que a pesar de los calores reinantes a principios de agosto, sus tobillos siguen en su sitio, ni tiene cara de embarazada y un pequeño catarro que ha hecho aparición tampoco parece perturbarle mucho. Vuelvo a marchar de viajes, siempre con esa especie de espada de Damocles que te avisa de que estés poco tiempo fuera, no vaya a ser que se adelante el parto, lo que la madre querría y la abuela espera que la nieta no. Es una lotería porque al final siempre mantengo la teoría de que el único acto que el ser humano hace cuando le da la gana es nacer, salvo que indicaciones médicas impongan que se imponga una fecha concreta.

Ya estoy excitadísima porque en la cena me han pedido que en Navidades me quede algún día con la nieta. Tendré que repartir con la otra abuela, pero de momento me lo han pedido a mí y así lo haré, feliz. Ya me estoy relamiendo. No saben que dormirá conmigo, menuda bobada eso de las cunas, con lo bien que va a estar con la abuela dentro de cuatro meses.

Iba a tirar unas cajas de color rosa que en su día usé para los juguetes de mi hija pequeña. He decidido guardarlas. Las llenaré de juguetes de la niña de mi hija mayor.

Semana cuarenta y uno

Ayer mi hija ha salido de cuentas.

Hoy yo he vuelto de viaje. Y no de urgencia. Mi vuelta estaba programada pero ya condicionada por aquello que fue garbanzo y que ahora cada vez es más niña a juzgar por el barrigón que ha instalado en su madre. Si alguien me dice que yo iba a estar en la playa y le iba a comprar un biberón y un chupete a mi nieta que aún no ha nacido le llamo loco y deslenguado. Pero sí, lo he hecho. Con plena conciencia. Como si esa fuera una manera de asegurar que la disfrutaré más tiempo en mi casa.

Mi vuelta estaba programada porque esa misma mañana el médico veía a la madre y a la niña, monitorizándola, para decidir si había que provocar parto o todo se dejaba correr libremente.

Yo había apostado, erróneamente al parecer, a que la niña podría nacer coincidiendo con las Perseidas, con la lluvia de estrellas. Mi madre, porque lo hiciera el 11 de agosto, día de su aniversario de bodas. Pero el médico ha dicho que el parto está verde como un pimiento, que la niña está bien colocada, pero que no hay contracciones de parto, que hay un bebé que pesa ya 3,400 Kg y que como el día 16 nos se haya dispuesto a nacer habrá que ayudarla a hacerlo.

Semana cuarenta y uno y un día

Me da miedo llamar para preguntar, pero los nervios se apoderan de mí y quiero saber cómo está mi hija. Está en una reunión me ha dicho cuando finalmente me he decidido a “molestar”. Ha prometido que era la última a la que asistía. Y a mí me da la impresión de que me y se mentía. Ella se ha tomado muy en serio que el parto esté verde. Yo le he recomendado que ande, que ande kilómetros cada día, ante la risa de alguno de sus tíos que ha recordado que yo nunca terminé medicina.

Tampoco empecé.

Semana cuarenta y dos

Todo está preparándose para el gran día que debería ser mañana. Hemos estado comiendo con la familia casi al completo, primos, tíos, bisabuelos. Mi hija me ha emocionado. Al despedirse me ha dicho que seguramente era el último día que nos veíamos sin que fuera mamá, que era la última comida familiar que hacía antes de que yo fuera abuela. Nos hemos emocionado las dos. Así somos. Y entre tanto, se ha quedado feliz con un moisés que “la abuela” ha comprado y que nos había enamorado a hija y madre, o sea madre y abuela, hace varios meses… -una primera nieta es una primera nieta-, con sus sábanas y todos. Esa misma noche, más bien madrugada, la madre y el padre primerizos lo han montado y me han mandado fotos. Son bastante tiernos ambos.

Semana cuarenta y dos y un día

Llega el momento crucial. Hospital y primeras fotos sonrientes de padre y madre, monitorizados, ella, claro. Verde vuelve a ser la palabra mágica. Pero el parto está inducido. Verde, muy verde. Vaya, sin contracciones ni dilatación, que digo yo para mis adentros que por qué no la mandan a casa y ya está como se ha hecho toda la vida. Pero no.

He ido recibiendo noticias casi al instante, en streaming, del padre y de la madre, cableada y con un parto inducido que no llegaba. La niña está perfecta. Lo he visto en un monitor. He visto sus pulsaciones. Lo he visto porque por la noche me han llamado para que hiciera el relevo un rato al padre. Y he pasado los momentos más preciosos que recuerdo con mi hija. De calidad. Entre contracción y contracción. Fuertes decía ella, pero de poca calidad dilatadora. Hemos hablado, reído, llorado (mi hija y yo siempre lloramos de emoción). Hemos apostado sobre la hora del nacimiento de Camila. Hemos andado pasillo arriba, pasillo abajo, en el intento vano de que esas caminatas animaran a la niña a nacer. Le han tocado la cabecita. Sí, el cuello del útero borrado, se le toca la cabecita al bebé, por si no lo sabías, que yo no lo sabía. He asistido casi en directo a la pérdida del tapón mucoso… Pero me he ido compuesta y sin nieta. Y sin cenar, para más datos. Apuestas: nacerá de madrugada, dice la madre, ansiosa, como es normal, entre las 5 y las 6 de la mañana; nacerá de 6 a 7, he asegurado yo, más práctica, sabiendo que las 7 es la hora de despertarse, en general, aunque ah, por cierto, estamos de vacaciones; nacerá a mediodía entre las 12 y las 13 horas, ha vaticinado su padre, ante el abucheo generalizado.

Llegando a casa he recibido las gracias por estar y llevar dulces y chocolates, y también, por cierto, la apuesta de la matrona: nacerá de 5 a 6.

Semana 42 y dos días

Madrugón, después de una noche perra, de despertar continuo y mirada al móvil en busca de la hora y un mensaje.

Negativo.

Mañana verde, también. Más inducción. Amenaza de cesárea de prolongarse ese centímetro y medio de dilatación del que no se apean madre e hija. Más noticias en la misma onda aunque con mayor dilatación.

Y de pronto llamada. Cesárea. La niña está empezando a poder tener sufrimiento fetal. Es un rato. Y de camino el mensaje: Ha nacido. Querría haber tenido semáforos para saltármelos, mira lo que te digo. No ha habido necesidad. Agosto y los semáforos se han confabulado. Total, para llegar al hospital y encontrar que entre unas cosas y otras a la madre y a la niña no la he visto hasta casi tres horas después. Horas de nervios. De llanto. De risa. De emoción contenida. Y eyectada al verlas. Yo, la primera, sola, como una ceremonia de la que la familia presente ha sido tácitamente cómplice. Es curioso. Es una felicidad solo comparable (en segundo grado) al hecho de ser madre. Es como saber que ha nacido alguien que tiene que ver contigo, que no es tuyo, y que sin embargo, es parte de ti, tiene sangre tuya, algunos genes y sobre todo ha nacido de alguien que sí fue tuyo y que de alguna manera lo es. Es una sensación de amor incondicional que viene de fábrica y que sabes que va en dos direcciones. Es ganas de abrazar, arrullar, amar, de tenerla. Es saber que vas a tener lo mejor de esa niña: su amor. Es raro querer a alguien a quien no conoces aún. Es un flechazo con un final feliz. Una corazonada de pulso largo y profundo. Auténticas mariposas en el estómago que sabes que nunca van a defraudarte. No lo sabes, lo intuyes.

Ha sido un día muy feliz en mi vida. En realidad, el tercero más feliz, después de los nacimientos de mis hijas. Un regalo que mi mayor me ha hecho y al que no voy a saber cómo corresponder todos los días de mi vida, solo estando a la disposición de lo que necesiten para su felicidad, que siempre, siempre será la mía. Entre lágrimas reconozco que hoy ha empezado una etapa nueva en mi vida, una etapa de amor en la que no voy a saber cómo repartirme entre la necesidad y el deseo que ya tengo de volver a tener a Camila Álvarez Barroso en mis brazos. Tal vez, mañana.

Semana 1 D.C (después de Camila)

Las emociones se complican. El nudo en la garganta es permanente. De emoción, a veces incluso contenida, que sale cuando menos lo esperas, como ahora que escribo a borbotones. Todo es nuevo, incluso el léxico. Por ejemplo, acostumbrada a llamar princesa(s) a mi(s) hija(s), he tenido que elevar su categoría, pasando a ser, como no podía ser de otra forma, reina(s), dejando el principado a la recién nacida. Parece que no, pero cuando has sido madre sabes que esas cosas cuentan. Como cuenta, por ejemplo, esa manía por los empujones que tienen las abuelas; sí, empujan a la madre recién parida para ver, coger, observar, a la recién nacida, lo que a la pobre que ha hecho el esfuerzo y que sigue sintiendo, incluso siente más por aquello de las hormonas disparadas, suele sentarle fatal, como si la nueva destronara a la vieja. Lo tengo muy en cuenta. El primer beso, el primer mimo tienen que ser para la hija, por mucho que te interese la nieta, que me interesa y mucho.

2016-08-17-21-06-142016-08-18-15-56-442016-08-18-16-33-02

Primer punto de abuela tonta: la niña me mira. Mejor no lo digo. Sobre todo porque lo he notado desde el día que le di el primer biberón lo que ocurrió exactamente al quinto día de vida. Que no, que ya sé que no puede ser…, pero y si fuera. Porque mirar mira, otra cosa será lo que vea la pequeñurri.

Segundo punto de abuela tonta: la niña es divina. Y lo es. Pero es pequeña y con los brazos y las piernas larguísimos y flacos, lo que vestida, es decir con los mil refajos que le ponemos aunque haya nacido en pleno agosto, no se nota. De momento, eso, gana vestida, como la mayoría de las mujeres. Por cierto, parece friolera, y cuando la destapamos se queja.

Tercer punto de abuela tonta: no quiero poner en peligro que en un momento dado me nieguen verla. Es un poco mía mi nieta, vaya es muy mía, creo yo, así que dos minutos después de despedirme de ella ya la estoy echando de menos. Incluso, he notado cierta tristeza cuando no la veo. Así es.

Da igual que te vomiten, ni siquiera huele mal, da igual tenerle que limpiar el culo, todavía no huele (muy) mal. Ella tiene mucha suerte. Tú ya estás más que trabajada en esas lides, por lo que ¡todo te parece tan pequeño! Como ella. Y sabes, ya se lo dije a su madre el día en que le cayó el ombligo, antes de cumplida la semana, que a partir de ahora todo es un quemar etapas. Lo sabes, entre otras cosas, porque aún recuerdas con pavor lo que era limpiar y lavar antes de que se cayera ese horrible apósito del ombligo, siempre con un miedo atávico a que por aquel conducto que te había unido a tu hija pudiera evaporarse. Y con ese recuerdo ves a quien tuviste hace bien poco en tu vientre curando el ombligo de otra. Es precioso. Y al mismo tiempo es demoledor, como lo es el paso del tiempo. Demoledor. Y precioso.

Semana 2

Impresionante lo que me ha pasado. He dormido con mi nieta en el mismo sofá en el que muchas noches dormí con su madre.

Todo tiene su explicación.

2016-08-29-15-55-57Mi hija ha ido a pasar unos días con el bebé a una casa de campo que tiene su abuela paterna. Y mi otra hija y yo nos hemos trasladado también para ejercer de tía y abuela en condiciones y de paso echar una mano a hermana e hija. Hemos tenido la oportunidad de ver y oler, de sentir y mimar a ambas, que no está mal, porque el sentimiento de abuela es muy grande, pero nada por encima de un hijo que siempre deseas que esté bien. Así que dicho y hecho, ayudar se ha convertido en la palabra mantra del final de agosto, que coincide con el final de las vacaciones, que no está mal terminar en la sierra.

Hay cosas que no se olvidan. Por ejemplo, que a un bebé se le coge siempre con cuidado de mantener la cabeza en su sitio. Pero hay cosas que se olvidan, a mí fundamentalmente las malas… Y había olvidado lo que es el llanto de un bebé por la noche, en ese momento en el que parece que todo se magnifica. Sí. También el berrido. En ese momento no sabes qué hacer. Yo confieso que la primera noche me desperté zombi escuchando a mi nieta a la que creí que estaba matando su madre (y sí, me acordé de cómo lloraba ella), medio dormida y desubicada. Pero así y todo, conseguí arrebatar a la pequeña de los brazos de su mamá, que llevaba exactamente dos horas consolándola sin que yo hubiera interrumpido mi sueño. Una vez en mis brazos, y segura de que la siguiente toma sería la del biberón (mi hija se ha decidido por la lactancia mixta, precisamente porque sabe que así habrá más de uno y más de dos que puedan sustituirla, fundamentalmente por motivos de trabajo) he bajado a la primera planta para que los llantos no molestaran a la que dormía y a la que por fin iba a dormir (mis dos hijas). Y me he sentado primero y tumbado después, cuando he conseguido calmar al bebé en un sofá de cuero que fue aquel al que yo iba a depositar mi cuerpo hecho un desastre veintiocho años antes, cuando mi hija mayor berreaba y yo no quería que molestara a su padre. Aquel sofá, que por avatares que no vienen al caso, ha terminado en esa casa de campo volvía a ser testigo del amor por un bebé, el sueño destrozado de una adulta, madre primero, abuela después, y el sueño reparador de un bebé, la madre de la criatura actual y la propia criatura. Como si el cuero tuviera una atracc2016-08-31-22-27-39ión especial.

Los recién nacidos son un tubo digestivo con cabeza y extremidades. Sé que soy bruta y poco respetuosa con mi bebé, pero así es. Y Camila no va a librarse del sufrimiento de gases y cólicos. Y la segunda noche que he dormido un rato con ella, para permitir que su madre conciliara el sueño he decidido darle el biberón en mi cama y una vez comprobado que estaba dormida como un cesto, en lugar de moverla a su cuna, he decidido comenzar a mimarla y dejarla en mi cama. Sería el cansancio de las dos o tres horas que llevaba llorando por momentos, en vela por otros. Será mi calorcito, pero ha dormido cuatro horas seguidas y cuando ha despertado ha ido directa a los pechos de su mamá. Y todos tan felices.

Nuestro “destierro” ha acabado con la primera visita al pediatra. Constataciones: está muy bien. Y yo ya feliz de que haya cogido casi doscientos gramos de peso… Claro, yo le he dado varios biberones. Lo pienso, pero no lo digo, por si empiezo a caer mal.

Semana 3

Me quedo por primera vez con mi nieta. Toda la tarde y toda la noche. Su madre está cansada pero no quiere perderse una reunión de trabajo que dura toda la tarde, y luego hemos pensado que mejor que cene con el padre, que cumple años. Creo que es un gran regalo que puedo hacer. Es una emoción auténtica y la siento desde el primer momento. ¿Qué hago? Pensar en el momento disfrute. Primero. Ya vendrán los llantos si es que llegan y ya veremos cómo afrontarlos. Toda la tarde y toda la noche parece mucho, 2016-09-02-22-25-28pero la experiencia me hace saber que no ocurre nada, que todo pasa y que muy pronto estaremos sin llantos ni tampoco gases, ah, que es por eso, claro, y con largas horas de sueño.

He aprovechado a quedar con una amiga para que la vayan conociendo. Se ha enamorado. Me amenaza con estar conmigo siempre que esté con la nieta. Y eso me hará feliz.

Resultado: 3 primeras horas de tarde llorando como una auténtica máquina de llantos, si es que las hubiera. Paseos por toda la casa en múltiples posturas, siempre con la tripa pegada a algo, el hombro, mi propia tripa, las rodillas y los muslos (ya sentada, claro), hasta que su intestino ha comenzado a ponerse en marcha y tras la tormenta ha venido la calma. 3 siguientes horas de plácido sueño, con su toma de biberón incluida. La paz y la vida unidas. La felicidad absoluta. La abuela compinchada con la madre, hasta el punto de que para no preocuparla y antes de que me preguntara y no supiera mentirle, he pasado directamente a la acción de la mentira: “duerme plácidamente”, he escrito en un mensaje de whatsapp…, menos mal que no se escuchaba la berrea de la niña.

La noche ha sido una maravilla: dormir y comer. Nunca había experimentado algo igual con un bebé tan pequeño. Apunta maneras.

Semana 4

Los cólicos se han instalado en la tripita y el llanto de mi pequeña Camila. Duermo de nuevo con ella. Un pequeño problema de trabajo reclama la atención de su madre y yo me ofrezco a cubrirle. Noche de perros. Como las que recordaba yo con su madre, incluso con mejores pulmones. Y llegada la calma…, absolutamente chicha.

Solo un problema, digno de ser visto por un psicólogo. La niña descansaba o casi en un cesto junto a mi cama. Tan linda. En uno de los momentos en que la he cogido para darle el biberón, le he dicho “Ven aquí con mamá” y al decirlo he sido consciente de que no, que madre no hay más que una y yo no soy esa. He acuñado una frase para esos momentos en que contaré la anécdota que sé que serán muchos, porque en realidad es graciosa: “La abuela que mece la cuna”. Pero yo no seré mala. Prometido.

Mi pequeña estará de viaje diez días. ¡Qué triste!

De hecho cumple el mes en la playa, lejos de su abuela. Espero que no se olvide de mí. Ya tengo ganas de que me llame como quiera pero que me llame, y desde luego ganas de que me mire. Nos hicieron una foto de perfil en la que parecía que lo hacía. Pero ya sé que son vanas impresiones, que aún le falta un poco de mili para eso.

Semana 6

No puedo esperar ni un día después de la vuelta de la niña. Y sin embargo, debo hacerlo por los deberes de la madre. Eso sí, la espera tendrá su recompensa en forma de acompañarlas al pediatra. Escucho atentamente. Opino lo mínimo, para no perturbar la confianza de mi hija. No me gusta la pediatra. No me gustaría ninguna. Me parece que no mide bien, que no pesa bien. Y que no mira bien. Pero me callo. Es más, miento. Solo faltaría que le metiera a la madre del que un día fue garbanzo el miedo o la desconfianza de quien va a cuidar a su bebé. Me cae mejor la enfermera, aunque me resulta demasiado cheli y un poco exagerada su manera de preguntar por qué Camila toma biberón y no pecho. Lo pregunta tanto y tan mal que no me gusta, a pesar de que yo hubiera preferido que Camila comiera pecho, sobre todo porque hace un calor inaguantable y me parece que las altas temperaturas no son buenas aliadas de los bebés. Eso me pareció siempre. De hecho a su tía del mismo nombre no le pasé antes a la lactancia artificial debido a que me daba un poco de aprensión, por no llamarlo miedo, que el calor fuera enemigo del biberón, que seguro que es una tontería, pero así es.

Primer susto. Camila como la mayoría de los bebés tiene problemas para sus caquitas. Se pone mala, no hace, o hace con un poco de diarrea. Yo tengo mis métodos, que consisten en añadirle un poco más de agua en el bibe, pero son los míos, y me parece que cuando estoy con ella, aunque sea poco rato, hace mejor sus cacas de lo que me cuentan que ocurre a diario. Los llantos eran tan fuertes, que mi hija ha decidido ver a la pediatra, que no era por cierto la de los otros días. Y me ha llamado, pero yo no podía hablar y cuando por fin lo he hecho me he llevado la desagradable sorpresa de que la madre y la niña estaban rumbo a La Paz, porque la pediatra ha tenido mie2016-09-13-21-50-57do de que estuviera deshidratada, tal era el calor  y tal los llantos. Ha salido igual que estaba, pero con la madre más tranquila y muy orgullosa por lo espabilada que han encontrado a la niña.

Noticia, notición. Pregunta: mamá, ¿tú que haces el próximo fin de semana? Respuesta (falsa, por cierto): nada, nada, ¿por qué? Porque el regalo que le hago a Chema por su cumpleaños es un concierto de… y entre los lugares en los que tocan está Amsterdam y a los dos nos gustaría conocerlo… Y es el próximo fin de semana. En realidad yo tenía una invitación a pasarlo en una finca en Córdoba, con unos amigos, pero no voy a poder remediarlo. La prioridad es lo que tiene y la prioridad no sé si es tanto la niña como su madre que es mi hija. No puedo mentir. Me fastidia un poco que me rompan los planes, pero seguro que otra invitación a esa finca será posible y en cambio ese concierto, irrepetible. Y tampoco puedo poner en riesgo los cuidados de la niña ni que en un momento dado no cuenten conmigo. Esto es como un amor, es increíble, lo había leído que es como un primer amor, y de verdad se parece. Serán cinco días que no es moco de pavo, cinco días en los que a ver qué hago yo con mi vida, pero me arreglaré, mi hija lo sabe. Por cierto, también me avisan de lo que ocurrirá en Navidad, otro pedazo de viaje, pero en versión larga. Me toca del 2 al 13 de enero, que es una barbaridad. Protestaré, seguro.

Semana 7

He pasado sana y salva la prueba. Aunque me va a pasar factura. Seguro que sí. Cinco días con la bebé parecían muchos y en efecto han sido muchos. Mucho trabajo. Mucho amor. Mucha responsabilidad. No sé si por ese orden. Pero sí que así ha sido. De un viernes a un martes por la noche. Ha habido de todo, pero sobre todo pasión. Ya decía lo del primer amor, ¿no?

2016-09-20-15-41-37Primera constatación: había olvidado por completo el trabajo y el turre que da un bebé. Sí recuerdo que una vez cuando mi hija, la hoy madre, era un bebé sentí una liberación increíble viéndome en un hipermercado haciendo la compra con la que hoy es bisabuela. La escena y sobre todo el sentimiento me pareció tan pobre, que lo he recordado toda la vida como el colmo de la inanición sensorial y sentimental. Y ha estado a punto de ocurrirme, pero con una reunión de trabajo: me ha liberado acudir a ella y dejar a Camila jr. en casa.

Segunda constatación: uno hace la vida a tenor de los bebés y la programa. Así que si no la programas estás, digamos, muerta, porque no hay vida ni nada. Cuando mis hijas eran pequeñas tenía una ayuda que me permitía trabajar las horas necesarias. De pronto he necesitado trabajar, pero ya no he tenido esa ayuda, por lo que he debido quitarle las horas al sueño, de por sí mermado, como es normal cuando se cuida a un bebé.

Tercera constatación: no puedo hacer tres cosas al mismo tiempo, como estoy acostumbrada. De hecho, he intentado en2016-09-30-18-05-01gañar al instinto egocéntrico de mi nieta, cogiendo el ordenador para trabajar al tiempo que ella (medio) dormía. Negativo. Así ha sido. Ni por nada a ella le quitas el protagonismo, ese es el mensaje; ha sido coger el ordenador y escuchar el primer grito de guerra que antecede al llanto que acompaña a los cólicos del lactante.

Cuarta constatación: es inútil pretender ejercer de abuela y llevar las manos con las uñas bien pintadas. Cuando he intentado limpiarme la pintura anterior para poner una nueva capa de barniz he descubierto que 1) Camila no estaba tan dormida como parecía; 2) He estado a punto de la locura con las manos medio manchadas (hay que ver lo mal que sale el color rojo de uñas), y peor con el miedo de que el quitaesmaltes fuera un veneno para mi nieta, por lo que coger el chupete con el que engañar a la fiera era prácticamente misión imposible; 3) es posible acudir a un evento con las uñas pintadas solo por un ligero barniz transparente, lo nunca visto.

Quinta constatación: siempre se necesita ayuda, para ir al baño, para darte una ducha, para pasar a cepillarte los dientes, para hacer una tortilla… La simple pretensión de hacer no todo eso al mismo tiempo, sino una cosa detrás de la otra a solas con tu amor, que a veces se comporta como enemiga es absurda y solo conduce a la frustración. Únicamente te ayuda a superarlo el hecho de saber que ni siquiera los bebés buenos lo permiten y que nunca se puede asegurar que esté dormido, en su caso, dormida… son insaciables.

Sexta constatación: No hay nada más importante que el bebé y depende de ti en tal medida que más vale tenerlo muy en cuenta para que no se nos vaya de las manos. Te das cuenta de que un bebé es absolutamente frágil, que depende de ti para casi todo, vaya no, para todo, y que cualquier otro aspecto pasa inmediatamente a prioridad número dos, no hay que explicar quién ocupa el pódium número uno.

Han sido noches cansadas, en las que he aprovechado para trabajar en algunos momentos en los que Camila se había dormido. Eso y sus pausas nocturnas para comer no me han permitido sueños muy largos, pero la gran ventaja es eso que cuentan siempre de los abuelos y es que al final los nietos acaban yéndose con sus padres y tú sigues con tu vida.

Mis preocupaciones han sido las cacas, los sueños, la comida. Creo que por este orden, porque el sueño lo podía acompañar, sus pausas las podía llenar, con caricias, con abrazos, con un biberón, la comida se la tenía que dar yo y le he cogido el tranquillo a la muy tragona que así se ha mostrado con su abuela. Pero lo único que no controlo es el primer aspecto. Y curiosamente es el más importante, porque se pone de mejor o peor humor según le funcione el intestino, come mejor o peor según le funcione el intestino y, desde luego, duerme mejor o peor según le funcione el intestino. Así que por la cuenta que me trae he procurado su regularidad y por si mi preocupación no fuera poca, sus padres desde Amsterdam preguntaba cada día lo mismo. No hablaré de la intensidad, ni del color, aunque lo pide el cuerpo porque eran las preguntas que me hacía mi hija. También un amiga que ya no recordaba muy bien lo que era esa especie de grifo atascado que de pronto se abría. Solo puedo decir algo sobre el olor. De mofeta. Basta.

En cuanto al sueño, eso de dormir con un cesto al lado al que miras de vez en cuando, muchas veces, muchas que te despiertas tan solo para mirar y constatar que todo va bien. Se me había olvidado que si no va bien los niños lloran, eso que primero te dice a ti tu madre (y la pediatra si le andas con tonterías) y que acabas diciendo tú a tu hija pero que nadie te recuerda a ti cuando has alcanzado esa otra categoría de la vida. En fin, he hecho lo mismo que hacía con mi hija, no con la madre, sino con la que lleva el nombre de lo que fue garbanzo. He intentado modificar las tomas hasta llegar a una hora de cenicienta, a la que llega el bebé recién bañado y por tanto supuestamente calmado, aunque Camila la verdad no es muy higiénica y llora con los pulmones a pleno rendimiento en el baño que ya ha sido en bañera porque el momento lavabo da miedo cuando ya se acercan a los cuatro kilos y se mueven más que el recién nacido típico. Lo importante eso sí lo sé y recuerdo es que el bebé quede saciado por la noche. Si esa fórmula de la felicidad vale para cualquier toma del día, para la de la noche es básico ver cómo le cae el hilillo de leche por la comisura de los labios, en ese gesto de atontamiento absoluto en el que si abren los ojos sus pupilas viajan de un lado al otro dejando muchas veces demasiado blanco a la vista…, un poco desagradable, pero son gestos inequívocos de que el sueño les vence. Y así he procurado, hasta lograr incluso cinco narcohoras seguidas. Y decía que he hecho lo mismo que hacía con su tía, bastante menos guerrera que su madre: dar la toma de la media noche, es decir de en mitad de la noche con la luz apagada y dejándola después durmiendo a mi lado, con ese calorcito que estoy segura de que al bebé le apasiona, lo que he podido constatar. Camila duerme bien, ha dormido bien, ha comido bien, según los cánones marcados por la madre. Todos los días.

Bueno, todos menos uno, y curiosamente como suele ocurrir con los bebés, en el peor momento posible, ese día que tienes cena, que pides ayuda (a su tía) y que te obligas a volver cuanto antes porque llamas por teléfono y oyes a una mala competidora de Callas. A gritos. Previamente me había vestido con mala conciencia de escucharla llorar. Me había limpiado las uñas, a medias, ya lo he contado. Me había peinado a medias, qué hubiera sido de mi cabello sin las ghd, que salvaron mi melena. Cuando llegué al evento esperado, en el que colaboraba con la fundación Esperanza Pertusa, de la empresa de calzado Gioseppo, presentando y entrevistando a tres heroínas, tres refugiadas sirias, nadie podía imaginar que mi aspecto era a medias para mis cánones estéticos. Dijeron que estaba guapa. Y yo lo atribuí a la felicidad del acontecimiento y lo que prácticamente nadie sabía es que seguramente llevaba la cara de felicidad puesta gracias a la alegría que estaba proporcionándome mi nieta.

Cuando fui a buscar a sus padres al aeropuerto bromearon con que no quería dejarla ir con ellos. Lo que ignoraban es que la broma estaba llena de realidad. Lo que no sabían es que aquella misma mañana pensando que esa noche no dormiría a mi vera se me saltaron las lágrimas. Lo que solo sabrán si leen este post es que esa misma noche, cuando ellos me enviaban una foto para que viera a la niña antes de dormir, yo estaba llorando al recordar que en efecto no dormiría conmigo, ni me despertaría en mitad de la noche para comer, ni me impediría trabajar, lo que había ocurrido durante el viaje de sus padres. Contradicciones de la vida: lo que me había causado angustia en muchos momentos de los que la había cuidado me producía pena. Y recordaba la bella sensación de que un bebé te necesita sí o sí y que si tú no le cuidas puede sufrir muchísimo, en ese momento y para siempre, porque al parecer esos recuerdos se alojan en el cerebro del ser humano. Esos días en muchos momentos había tirado la toalla (llamemos así al ordenador), sabiendo que era ella la prioridad número uno y que el trabajo podía esperar, al menos hasta el siguiente sueño.

Semana 8

Camila es una campeona. No digo que yo le haya acostumbrado a dormir mejor. Seguro que es la edad. Seguro que es su intestino que comienza a madurar. El caso es que las noches comienzan a ser realmente buenas. Cada día, y esta es buena, lo primero que hago cuando hablo con su madre es preguntar las horas que ha dormido. Lo hago con la consciencia de que vive mejor si duerme mejor, lo que equivale a más horas seguidas, pero también con el deseo de que eso ocurra porque mi prioridad sigue siendo mi hija y cuanto mejor duerma la niña, más tranquila, descansada y feliz se encuentra “mi” niña. Las noticias son muy buenas: Camila empieza a tener varios días seguidos de 7 horas, también seguidas, de sueño. Eso sí, antes de cogerlo debe comer una buena cantidad de leche. Siento orgullo de madre y de abuela. Se portan muy bien las dos. La niña está feliz. Sonríe de vez en cuando. Lo sé porque sus papás me envían vídeos. Yo la he visto poco esta semana y cuando lo 2016-10-03-13-05-06he hecho ha sido deprisa y corriendo, aunque lo suficiente como para darle biberones, que en eso debe consistir en parte lo de ser abuela. Y recuerdo cómo mi madre quiere que coman sus nietos, por lo que imagino que si ahora me preocupo y ocupo por el biberón, en pocos años estaré piándolas para que Camila coma bien y lo suficiente.

Crece, engorda y sonríe. Qué más se le puede pedir. Y yo lo constato, como constato una y mil veces que la niña es mi tesoro, el gran regalo que me han hecho sus padres, pero yo soy madre y lo que más me importa es mi hija, aunque tenga la sensación de que a la que más cuido es a mi nieta. Precisamente por eso (y porque a mí no me gustaba que me lo hicieran al contrario), cuando llega mi hija con la suya el primer abrazo tiene que ser siempre para mi hija, que está feliz pero que quiere seguir recibiendo los mismos meses que recibía hace solo un par de meses, los de siempre. No puede ser eso de que la niña ocupe su sitio. La niña tiene el suyo. Nadie tiene que quitárselo. Pero tampoco a mi hija que también lo tiene y no puede perderlo.

La suerte de las amigas

Las mujeres ganamos en dos cosas con la edad: en arrugas, y esa no hace ninguna gracia, y en amigas. Según cumplimos años somos conscientes de la importancia y trascendencia que tiene el tiempo que pasamos con las amigas. Lo sé yo porque lo experimento. Pero lo sé también porque lo he puesto de manifiesto con mis diferentes grupos de amigas. Y ellas conmigo. El amor es maravilloso. El sexo, no digamos. Pero la frescura con la que hablamos las amigas, nos divertimos, nos apoyamos e incluso con la que hablamos de hombres, de amor y de sexo, no digamos, no tiene precio. Si ese es el cheque que hay que pagar por la madurez, yo lo firmo en blanco.

 

Domingo,7 de febrero de 2016

Estaba tan convencida de que el documental Chicas nuevas 24 horas dirigido por mi amiga Mabel Lozano iba a ganar el premio Goya al mejor documental de 2015, que grité de rabia cuando supe que no lo había conseguido. Y se lo merecía. No solo porque el trabajo realizado sea magnífico, no desde luego por amistad y para nada porque uno de sus personajes esté en la base de mi novela  Puta no soy. No. Simplemente porque como he dicho en numerosas ocasiones el trabajo de Mabel Lozano ha hecho más por la concienciación de la trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual que muchas campañas, más de lo que puede incluso hacer la Administración porque -como ocurre también en el caso de mi novela- llega al corazón, porque impacta y enseña una realidad que pocas veces se ve, a la que, es más, suele dársele la espalda. Además, está invitado a festivales por todo el mundo, se ha visto ya en más de media España y pronto en otros países. Un carrerón, teniendo en cuenta que hablamos de un documental y no de una película comercial. Por todas esas razones, para mí ha ganado ya un gran premio, aunque el cabezón lo merecía. Tiene el premio la obra y la autora que se ha convertido en una activista gracias o a través de su trabajo. Desde hoy yo me comprometo a trabajar aún más por estas mujeres, por la desaparición de la esclavitud y más si cabe en favor de estas víctimas desposeídas de identidad y de vida.

Enhorabuena, Mabel porque tu vida tiene premio.

Sábado, 16 de enero de 2016

Ver El hijo de Saúl te hace comprender mejor el modo de funcionamiento de los campos de exterminio nazis pero sin revolcarte en el lodo de la mirada morbosa. La mirada siempre es lateral y sin la necesidad de hurgar en los sentimientos. Ni siquiera queda claro que el hijo lo sea. Pero sí la necesidad de, aunque solo sea en un ser humano, actuar con la poca dignidad que queda, la de enterrar el cuerpo.

Jueves, 14 de enero de 2016

La chica danesa es una de las películas de próximo estreno que más me apetecía ver. Pero desde hoy, sabiendo que el diseñador de su vestuario, el español Paco Delgado, es candidato a los Óscar iré en cuanto la estrenen!

Domingo, 10 de enero de 2016

Adoro la sensación de agujetas producidas por el exceso de baile la noche anterior. Así es. Dancing, dancing. ¡Bailar con tacones tiene esas consecuencias! La Seguridad Social debería recetar como imposición al contribuyente bailar al menos una vez al mes. Uno tiene la sensación de sentirse más libre tras darle movimiento al cuerpo (decir rítmico sería cierto postureo) y sobre todo siente mejor humor.

Martes, 29 de diciembre de 2015

La tienda de decoración y gadgets de cocina “Doméstico” de Santander no falla. Siempre sorprende con la reinterpretación de algún básico para la casa y la cocina.image

Pero hoy sé que me han ganado para siempre porque he descubierto que además venden cosmética natural de la marca L:A Bruket, que es magnífica. Y en concreto su crema de manos es una osada. La he comprado para regalar, pero la próxima vez pico para mí.

Viernes, 25 de diciembre de 2015

Los niños van dejando paso a los mayores (tal vez sea un efecto del crecimiento demográfico en nuestro país) y en casa también se nota la tranquilidad de la falta de niños familiares que andan desperdigados por esos mundos de Dios o mejor dicho por los mundos de las familias políticas. Por eso la Nochebuena y la Navidad se han vestido de una tranquilidad a la que ni mi familia ni yo estamos acostumbrados. Habrá que esperar la llegada de los Reyes Magos para saber de nuevo lo que es bueno.

Domingo, 20 de diciembre de 2015

“Una barbacoa manifestándose indignada porque nadie pone la carne en el asador y una hamaca pidiendo a gritos que le den la espalda.”

Me encantan los versos y la prosa con tanta poesía del libro Chupitos de tinta, escrito por Emma González-Baizán y que mañana presentaré con ella en Oviedo.