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La resiliencia y las mujeres

La semana pasada lo fue de alto impacto en esa parte de mí que inevitablemente está unida a la defensa de los derechos de las mujeres y los niños, a la defensa de los más desfavorecidos. Cuando esa pasión se une a otra de mis pasiones y de mis especializaciones como es la moda, siento una cierta plenitud, la de un trabajo que puede ser global en el que pulsiones y aficiones aparentemente opuestas encuentran un modo de unirse.

Me pidió ayuda la fundación Esperanza Pertusa, de la firma de zapatos Gioseppo, para moderar un foro con mujeres refugiadas sirias, en el marco de su evento anual #Women4Change y no dudé ni un minuto en acompañarles. Me encantan ellos, me gusta el trabajo de la fundación, valoro que una marca de accesorios sea tan solidaria que cada año decidan organizar un foro en Madrid y que movilicen a la sociedad para ayudar a mujeres que están dando la cara para mejorar el mundo.

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Con Oula, Leila y Reem (de izda a dcha.)

Nos acompañaban Reem Al-haswani, arquitecta siria de 29 años, que en 2012 tuvo que huir de Siria y fue a parar al campo de refugiados de Shatila, en Líbano, donde fundó junto a otros activistas, la ONG Sonrisas y Aceitunas, que lucha por mejorar las condiciones de vida de los refugiados en el campo, con elaboración de bordados para mantener a sus familias, entre otras muchas labores; Oula Ramadán, una de las activistas sirias más reconocidas en su lucha por el futuro de las mujeres de su país y por los derechos humanos, que ha estado encarcelada y es fundadora y directora de Badael –alternativa en árabe-, organización civil fundada en 2014 con sede central en Turquía; y Leila Nachawati, quien por ser medio gallega y medio siria es de las activistas más conocidas en nuestro país, autora además de la novela, Cuando la revolución termine.

Tengo que reconocer que cuando hablaban de cómo han visto morir luchando y en los campos de refugiados, de cómo no hay otra manera posible de actuar que la de ser activista y pelear por lo que debería ser un objetivo internacional, la paz en Siria, cuando escuchaba narrar la humanidad, la cotidianeidad de sus vidas, que no es más que la del trabajo por esa noble causa, sentía cierto nudo en la garganta que en ocasiones estuvo a punto de dejarme sin voz. En todo momento destacaba la resiliencia de estas mujeres y de los millones de desplazados que cada día se despiertan y cada día son capaces de vivir sabiendo que la oscuridad de sus vidas va mucho más allá que la de la noche. Las admiré y admiro a cada una de ellas, como admiro la labor de la fundación Esperanza Pertusa, porque más allá de las imágenes duras de los muertos, de los campos, de los niños…, esas que nos estremecen en las noticias y que olvidamos en un rato, nos sumergieron en el día a día, en el trabajo, en la pelea porque las mujeres se sienten en las mesas de negociación de la paz. Son argumentos que difícilmente se olvidan.

Tres días después participé en otro foro, el conocido como Women Working for the World, en este caso de la Fundación colombiana Juanfe, que trabaja básicamente en la ciudad caribeña de Cartagena de Indias para ayudar a disminuir la mortalidad infantil y con las adolescentes que allí son madres (de cada 100 embarazos, 24 son de menores de edad).

entrevista-alcladesaAdemás de aprender sobre empoderamiento femenino, tuve la suerte de conocer a la fundadora de la fundación, Catalina Escobar, que es un ciclón dispuesta a enfrentarse a gobiernos y a la sociedad para dar herramientas a las jóvenes de su país (y de otros de Latinoamérica, dado que actualmente la fundación empieza a operar en México, Panamá o Chile) para que puedan generar recursos y para que conozcan una planificación familiar responsable. Y por si fuera poco, tuve la inmensa suerte de entrevistar a la alcaldesa de Madrid, doña Manuela Carmena, con quien por cierto también había coincidido en el acto con las refugiadas sirias.

La alcaldesa se comprometió a conocer Cartagena de Indias de otra manera -ya que solo la conocía desde un punto de vista turístico-, y de poner foco administrativo en la ciudad. Destacó -y no lo digo yo, sino que fue comentario de los asistentes al foro- su humanidad, su escasa presencia política, sino de mujer al lado de las otras mujeres que sufren. Reconoció que si bien no cree que haya una predisposición especial de las mujeres para transformar el mundo por el hecho de ser mujer, si tenemos un acerbo que nos empuja a ser dinamizadoras. Puso en guardia sobre esa forma que tienen algunas mujeres de acceder al poder y mimetizarse con el ejercicio del poder a la manera masculina. Contó cómo había sido testigo de ello sobre todo en la judicatura (la alcaldesa ha sido juez de vigilancia penitenciaria, titular del juzgado de Vigilancia Penitenciaria número 1 de Madrid, así como vocal del Consejo General del Poder Judicial y socia fundadora de la asociación Jueces para la Democracia), donde ha visto ejercer la justicia de una manera más vertical, que dejó claro que le horrorizaba, y de una manera más horizontal, que en efecto es la suya y más cercana a la mujer. Nos recomendó el libro de Esther Duflo, Repensar la pobreza, y reconoció que los políticos deben actuar queriendo a sus ciudadanos, porque la humanidad y la cercanía a los ciudadanos reconoció que son valores muy alejados de la res publica.

 

Vergüenza universal

Sentada, frente al ordenador, recuerdo la imagen de hace tres días. Acabábamos de presentar la guía de estilo Cómo informar sobre la trata, editada por la Comunidad de Madrid, con la colaboración de la editorial Lid, que el año pasado editó mi primera novela, Puta no soy, y supervisada por Apramp, organización que trabaja desde hace más de treinta años por devolver la dignidad a las víctimas de explotación sexual. La guía es un manual de estilo para que los medios de comunicación tengan más claro el lenguaje que hay que utilizar al informar sobre la trata, además de explicar datos, los mecanismos por los que operan las redes, la manera de entrevistar a los implicados en esta lacra.image

Salimos de la sede de la Dirección General de la Mujer, donde se presentó (gracias por cierto a María Dolores Moreno, directora general, y a Carlos Izquierdo, consejero de Políticas Sociales y Familia, por presentar la guía) y recordé cómo mi editora, Nuria Coronado, había destacado en su intervención que probablemente a unas pocas calles habría mujeres víctimas de trata. Me dejé llevar por la emoción y retrasé mi siguiente cita para acercarme a esas calles señaladas, sabiendo que encontraría exactamente lo que Nuria había dicho. Sin duda. Así hice. Sin ruido, con discreción, con una mirada de reojo, como miro siempre que paso por delante de ellas, trabajando mi conciencia y mi energía con un solo mantra, rezado en silencio y hacia el interior de mi mente y mi corazón: Acabemos con esta vergüenza.

Aun de reojo, distinguí a una morena de cabellos rizados y algo encrespados, con alzas enormes y pantalón corto de esos que incluso en la playa serían llamativos, e imaginé su drama, la vi cruzando el norte de África y después el estrecho, y sentí su dolor de adolescente camuflada. Observé desde una terraza los movimientos de quien a buen seguro la explotaba, pues se acercaba a ella en exceso y de continuo. Sentí tal repugnancia por aquel hombre de edad indeterminada y anillos gruesos y tal pena por aquella chiquilla, que me levanté y no pude seguir mirando, ni siquiera de soslayo.

Pensé en la facilidad y la frivolidad con que aún hay quien sigue hablando de la prostitución como el oficio más antiguo del mundo (siempre digo que no, que no es la profesión más vieja, sino la explotación). Me revolví contra quienes miran para otro lado cuando hablo de esclavitud o repito que la trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual nutren prostíbulos, clubs de carretera, saunas, “calles”. Qué mal cae, lo sé, cuando insisto en que sin demanda no habría oferta y ligo esto con el argumento anterior. Pero así es.

Hoy es el Día Internacional contra la Explotación Sexual. No seamos cómplices. La trata es esclavitud. Y la esclavitud es una intolerable vergüenza universal.


La vida no sigue igual

La protesta no solo es improductiva sino que pone generalmente de mal humor. Es, o tómese como, una consigna.

Por eso es interesante ver cómo hay quien y quienes en lugar de recurrir a la protesta pasan a la acción de poner su grano de arena en que las cosas cambien de rumbo.

Actitud.

Se vio en los últimos días, o así quise verlo, con ocasión de algunos desfiles de moda. Sí, claro que sí, la moda puede ser transformadora. La moda, como las tendencias, no solo son la manifestación o el vehículo de un cambio; a veces pueden ser el cambio, empujarlo, mostrarlo.

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Una de las salidas del desfile de Aristocrazy.

Primer round. Empecé a sentirlo con un desfile aparentemente extraño, pues las joyas pocas veces suben a la pasarela. Aristocrazy lo ha hecho en un par de ocasiones y en esta temporada volvió a ello. Por su cuenta. Sin plataforma que sustentar sus monos negros ataviados de grandes joyas como esculturas donde el carnero era este año el animal protagonista. Y eligió un lugar extraño, suficientemente trash, suficientemente estiloso: una vía muerta de la estación de Chamartín. Como los desfiles de Margiela. Parecía que estábamos en Nueva York. O en París. Desafiando a quienes afirman sin que una pestaña se les mueva eso de que en Madrid no hay sitios nuevos, ignotos, diferentes. Parece que sí los hay, que hay que buscarlos.

Segundo round. Desfile de Roberto Verino. Ruptura de esquemas. De nuevo. Esta vez, sí, en el marco de una plataforma, la MFShow (por cierto, qué gran pérdida la del diseñador gallego para la Mercedes Benz Fashion Week Madrid). La palabra que me encanta y en la que coincido con muchos, porque parece de moda, es disrupción. Y en efecto fue un momento disruptivo ese de presentar colección de otoño-invierno en un momento en el que los demás presentaban colección de primavera-verano y en el que justamente estamos entrando en el otoño. La razón: puramente práctica, puramente comercial, enseñar a su público moda que es posible comprar ya en la tienda en ese mismo instante.

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Final del desfile de Roberto Verino en MFShow.

El debate está servido. Y no solamente en España. En la pasarela de Nueva York y en la londinense grandes marcas, como Tommy Hilfiger o Burberrys ya lo han hecho. La propuesta a seis meses vista no tiene gran interés en el momento que vivimos en el que prima la inmediatez y en el que se compra por Internet y en unas horas tienes la mercancía en tienda o en casa. Llegan aires de libertad, disruptivos, ajenos al se debe hacer. Y es de agradecer que el sector se cuestione las cosas. Necesitamos una transformación como la energía que no muere, solo se transforma. Solo ese cuestionamiento le salvará del aburrimiento. Como a cualquiera. Es cierto que decidir si hay que mostrar la colección de la temporada en curso hoy por hoy no es posible generalizarlo. Ni todos los creadores ni todas las marcas se lo pueden permitir, por una cuestión de producción y distribución, como me decía la creadora Carmen March antes de disfrutar del magnífico desfile que presentó Alvarno en la MBFWMadrid. “Los pequeños no podemos, no tenemos la capacidad para producir rápidamente y distribuir justo después de mostrar la colección en pasarela. Solo pueden hacerlo los grandes que ya lo tendrán producido y en las tiendas.”

Como ella misma aseguraba, lo mejor es esa libertad que permite que cada creador, cada marca, decidan su suerte. Lo cierto es que con la venta on line, la información al segundo, la interacción también al segundo, hay creadores y marcas que venden sus propuestas ya en el propio desfile.

Tercer round. En la última pasarela de la semana madrileña de la moda, uno de los más jóvenes creadores, Moisés Nieto, puso ya a la venta a través de su web, 15 de los modelos que estaba proponiendo para la primavera verano de 2017. En efecto, la vida no sigue igual…, aunque en ocasiones lo parezca.

#Aware contra la radicalización

He esperado un par de días para escribir sobre la plataforma #Aware (Alianza de Mujeres contra la Radicalización y el Extremismo), tras su presentación en sociedad, porque me parecía que hacerlo precisamente el 11 de septiembrawaree, fecha en la que tuvieron lugar los atentados de Nueva York en 2001, tenía todo el sentido. Casi por responsabilidad. La memoria puede evitar que vuelva a producirse aquello que tanto nos horrorizó y horroriza.

Por eso, porque no hay que olvidar y, sobre todo, porque hay que seguir evitando la amenaza terrorista que se cierne sobre nuestro continente (y el resto del mundo, por cierto), se ha creado esta Alianza para que la Unión Europea trabaje de manera conjunta para desarrollar “programas que prevengan el extremismo y la radicalización en los que el papel de la mujer sea central” (cito textualmente del manifiesto que se leyó durante la presentación el pasado viernes 9 de septiembre).

El bautismo de la Alianza en España tuvo lugar en la sede madrileña del Parlamento Europeo  a cargo de Beatriz Becerra, eurodiputada y vicepresidenta de la Subcomisión de Derechos Humanos en el Parlamento Europeo, que explicó claramente uno de los objetivo fundamentales de #Aware : “desactivar el suministro de mujeres al Daesh” porque “sin ellas, los terroristas no tienen estatus de guerrero”.

Beatriz estuvo acompañada por Esther Valdivia, empresaria de comunicación, presidenta de Publicaciones Profesionales y del magacin de información de mujer MAS (Mujeres A Seguir), que ha sido el primer medio de comunicación que se ha sumado a la Alianza #Aware y que de alguna manera se ponía de largo esa mañana. También por mí misma que me sumo a la Alianza y que promuevo que se sumen todos aquellos que piensen que la responsabilidad de frenar no solo a Daesh sino la radicalización en la que parece caer la sociedad universal es de todos, por tanto individual.

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Esther Valdivia, Beatriz Becerra, Charo Izquierdo, Micaela Navarro.

AWARE significa Alliance of Women Against Radicalisation and Extremism. Pero significa mucho más, significa ser consciente, darse cuenta de las cosas, sentirse interpelado. Y por tanto equivale a un llamamiento a la acción. Porque solo cuando uno es consciente de algo es capaz de actuar. Y necesitamos seguir trabajando para impedir no solo que haya jóvenes y mujeres captadas por Daesh nutriendo sus filas de luchadores contra Occidente, sino para impedir también que nutran el mayor movimiento terrorista actual que además mantiene una visión sometedora de la mujer que tiene un papel poco visible, pero esencial: ser esposas, madres y viudas de mártires… y, sí, algunas veces mártires.

Beatriz Becerra y Teresa Viejo
Beatriz Becerra y Teresa Viejo

Pero una vez más las mujeres pueden ser doblemente líderes y actuar. Porque la mujer empoderada, la mujer fuerte, la mujer líder no solamente es ella misma líder, fuerte y empoderada, sino que es empoderadora, capaz de modificar e impregnar a su familia, a sus hijos, a su ambiente, a su grupo de ese empoderamiento. Por eso es fundamental actuar con las mujeres. Ellas pueden tener un papel fundamental a la hora de desactivar los grupos terroristas, a través de la educación, entre otras cosas, que está en la base del llamamiento a este trabajo contra el terrorismo, que está en la base de todo, tal y como recordó Esther Valdivia. Con educación, con concienciación social, con cohesión y trabajo en común por parte de las autoridades comunitarias y desde luego de la sociedad somos capaces de poner freno a Daesh. Eso sí, las palabras son muy bonitas, pero sabemos que se las lleva el viento. Ahora falta pasar a la acción y ese es un reto también colectivo, un reto al que pueden conducir los Gobiernos, los nacionales, desde luego, pero unidos todos, a través de las instituciones, en este caso comunitarias, mejor.

 

Nosotros y los otros

No. No se me ha olvidado que el yo y por tanto el nosotros que incluye el yo se pone al final…, el burro delante, que no se espante, que decíamos cuando éramos púberes y alguien olvidaba la regla gramatical. Lo escuché ayer y supe que a veces es comprensible saltarse las reglas. Fue durante una comida organizada por WWF, la organización internacional que lleva luchando por el medio ambiente desde hace más de medio siglo, en la que tuve la inmensa fortuna de escuchar a su presidenta, la ecuatoriana

Yolanda Kakabadse, Presidenta de WWF.
Yolanda Kakabadse, Presidenta de WWF.

Yolanda Kakabadse, una luchadora por la conservación del planeta como bien saben en su país, donde fundó la ong Natura o fue ministra de Medio Ambiente.

 

En una comida con los centros de mesa más tiernos que puedan existir, compuestos por dos osos panda abrazados, Kakabadse recordó claramente que si bien los recursos del planeta no son inagotables –algo que ya sabemos, pero a lo que le volvemos la espalda, actuando como si fueran eternos-, cuando se trata de ponerle nombre y apellidos al agotamiento estamos hablando de las personas y de sus vidas a las que afecta el agotamiento planetario y ahí habló del nosotros y ellos. Nosotros, como sociedades del primer mundo mejor preparadas (en realidad, solo económicamente, digo yo) para seguir avanzando, frente a los otros, aquellos que menos tienen, los que menos recursos tienen, los que menos posibilidades de sobrevivir tienen. Aquellos que están allá, al otro lado del océano, aquellos que están más abajo, en el sur, en África, aunque de Etiopía, que sufre una de las más cruentas crisis de su historia (la Fundación Save The Children ha denunciado que 6 millones de niños sufren las consecuencias de la peor sequía que ha vivido el país en los últimos cincuenta años) no hablamos. Pero he dicho sequía y en efecto sí hablamos y mucho de agua. Seguramente el tema estrella de la presidenta de WWF, y con razón, porque donde hay agua hay vida, ya lo sabemos, aunque probablemente pocas veces nos planteamos qué ocurre donde no hay agua. ¡Bingo! No hay vida, no hay vida, no hay vida, repite conmigo…, si hasta el cuerpo humano, esa máquina perfecta consta de tres cuartas partes de agua, como el planeta tierra, por cierto, que bien merecería ser llamado agua por eso.

Además de ese piensa en positivo y sus mensajes con el que debe comenzar cualquier discurso, charla e incluso mail, sobre todo si tras los bienes van a llegar seguro los males, llámense críticas, comentarios o regañinas, el discurso de Kakabadse es un mazazo no solo a nuestra inteligencia que parece quebrada, sino a nuestra manera de actuar, que esa sí que sí está incomprensiblemente quebrada, tanto que nadie parece entender lo que ocurre, ni siquiera ella que aseguró durante la comida: “Yo, que estoy metida en la colada, no entiendo nada”. Su punto positivo para empezar fue el reconocimiento a los datos sobre buenos resultados ambientales del año pasado, recordados por el presidente de WWF en España, Pedro Calderón. Por ejemplo, la reducción del agujero en la capa de ozono. O la mayor inversión en energías renovables, más que las fósiles. (Hago un inciso para manifestar mi ilusión y aplaudir la capacidad visionaria de la empresa cabify, que a partir de hoy tiene en su flota de coches con conductor vehículos eléctricos…, un motivo más para usarlos).

Pero tras la zanahoria, llegó el palo o los palos. El recordatorio de que sin agua no hay vida. Y la inducción a reflexionar sobe nuestros actos.

  • Por ejemplo, en que en los países desarrollados, el 43% de la comida envasada se va a la basura. Abre el frigorífico y tus armarios y piensa que casi la mitad de lo que tienes (hablo en genérico) se tira porque se ha pasado la fecha de caducidad o esa fecha recomendada para el consumo, eufemismo lavaconciencias. Eso, mientras en otras partes del planeta mueren de hambre. Eso después de haber usado para esos alimentos las materias primas, la inversión, el trabajo de muchos… y por supuesto agua, agua que, también se usará en la limpieza de contenedores que contienen casi la mitad de aquello que compramos por si acaso.
  • Y que esa basura serviría para alimentar a los 800 millones de seres humanos que se van a la cama sin comer.
  • Nuestra manera de producir y consumir insostenible e inmoral, una cultura que lleva a las economías a medirse por barriles de petróleo en lugar de hacerlo midiendo los niveles de educación, o de contribución al medio ambiente, o de inversiones en renovables.
  • ¡Qué inteligentes, ahorradores y estupendos nos sentimos comprando tres camisetas por cinco euros! Una locura en la que apuesto y gano que se han contravenido normas laborales, procesos de producción, contratación de SERES HUMANOS y agua, mucho agua.

Lo dijo la Presidenta y lo recuerdo: Los gobiernos deberían incluir en sus agendas la educación ambiental. Y hoy, mañana… antes de tirar comida piensa, porque esa basura es un atentado contra el hambre de otros. Y antes de comprar piensa lo que vas a desechar. Y acabo con una anécdota que contó Yolanda Kakabadse de un hotel en el que en el buffet, en cada puesto del buffet del desayuno, pedían a los clientes que cogieran solo aquello que fueran a comer. “Cobramos por lo que queda en el plato”, decían.

#wearevioleta

Vale que es mi amiga pero es superior, y no es por amistad por lo que lo digo. Es objetivo que @rossydpalma se supera a ella misma y supera a muchos en sus actuaciones, en su trabajo polifaceéticamente complicado y laborioso. Y es subjetivamente universal que es superior, como ser humano. Y cuando he visto este video he sabido que estábamos ante la mejor versión de si misma, una auténtica y genuina Rossy que va más allá de la interpretación de un guión. Porque no es que piense lo que dice es que cree lo que dice.

 

Y es tan importante el mensaje que hay mucho que agradecerle. Porque más allá de que empiecen a llevarse las #curvies , su legado es empoderador de cada una de nosotras como personas. Más allá de los pesos, más allá de las formas, más allá de cualquier consideración estética. Porque aparte de que la fuerza nos llegue del interior y del amor (a nosotras mismas), la estética cuenta. Sí. Pero sin cánones, a cada una la suya, a imagen y semejanza de una misma. Qué más dan unas pierna gordas, o como palillos, cortas o de jirafilla. Quien desee lucirlas, que las luzca; son las mejores, porque son suyas. Ahí se cimenta la auténtica belleza, en la aceptación de uno mismo, en esa autoestima que debería incluirse en los manuales de preparación a la maternidad y a la paternidad, para enseñarla desde la más tierna infancia.

En una época en la que prima la transparencia y se premia por ello a políticos y a marcas, el mostrarse con naturalidad es un plus, el lanzar ideas coherentes y auténticas, un replus.

Por eso este mensaje es fabuloso. Porque es real, realmente bueno. Y porque lo dice una mujer real, más allá de la actriz, realmente buena.

Pe para Pi

Acaban de conocerse los primeros detalles del que será el próximo calendario Pirelli, que normalmente despierta interés no solo por las mujeres a las que se fotografía sino por el fotógrafo que realiza el trabajo. Siempre uno de los grandes. Pero pocas veces como el profesional que se ha elegido para 2017. The winner is Peter Lindbergh, el alemán que, por cierto es la tercera vez que

Uma Thurman, participante en el calendario Pirelli 2017.
Uma Thurman, participante en el calendario Pirelli 2017.

se encarga de uno de los grandes eventos que unen anualmente moda, imagen, mundo artístico, fotografía y, para qué negarlo, marketing.

Lindbergh este año ha vuelto a estar de moda, tras haber hecho un vídeo con las grandes super modelos que fotografió para Vogue inglés en 1990. Para esa fashion film, llamado The Reunion, ha elegido solo a seis de aquellas grandes, Cindy Crawford, Eva Herzigova, Nadja Auermann, Helena Christensen, Karen Alexander y Tatjana Patitz. Y es una joya que haya sido convocado para la realización del calendario de 2017, después de haber sido ya seleccionado en 1996 y 2002. Una de las grandes diferencias es que en las dos ocasiones anteriores, realizó el calendario en California, pero en este caso ha elegido Nueva York. Y entre las actrices que se ha filtrado como participantes contará con mujeres tan potentes como Kate Winsler, Nicole Kidman, Robin Wright, Uma Thurman y ¡Penélope Cruz!, que ya participó en el calendario de 2007, realizado por Inez&Vinoodh.

Mi noche con las gimnastas de rítmica

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De izda a dcha y de arriba abajo, Alejandra Quereda, Elena López, Artemi Gavezou, Lidia Redondo, Sandra Aguilar y Lourdes Mohedano, equipo olímpico de gimnasia rítmica.

Pocas veces uno tiene la suerte de toparse con un deportista olímpico. Menos aún con varios Y menos aún con varias campeonas olímpicas. Yo estoy orgullosa de haberlo hecho. Y precisamente con las ganadoras de la medalla de plata en Gimnasia Rítmica.

Tuve la suerte de participar en la realización de un reportaje para la revista de conmemoración del 75 aniversario de El Corte Inglés, en la que fui consejera editorial, pero me arremangué para coordinar algún tema y escribir varios. Cuando decidimos con Patricia Puig de la Bellacasa que el reportaje de la sección de “Electrodomésticos” lo realizaríamos dando protagonismo al equipo de Gimnasia Rítmica no dudé ni un minuto que yo estaría en aquella sesión que como la mayoría de las que hicimos debía producirse tras el cierre de los grandes almacenes.

Por admiración, desde luego. Por curiosidad, siempre. Porque durante mi infancia y adolescencia fantaseé con la idea de que podía ejecutar ejercicios de gimnasia rítmica y deportiva, sin ir, en realidad, más allá que alguna exhibición en el colegio. Viendo el ejercicio con cintas y con los acordes de la canción VidaCarnaval de Carlinhos Brown, lloré, con la carne de gallina, recorriéndome como un oleaje, de arriba abajo todo mi cuerpo. Porque me impresionó su fuerza, su inteligencia creativa, su ritmo, su elegancia, su sonrisa, su técnica, no sé si por ese orden, aunque bien podría ser así. Lloré como lloro muchas veces ante lo bello y, además, porque recordé cómo en aquel reportaje en el que nos empeñamos en subir a Alejandra Quereda, Lourdes Mohedano, Elena López, Sandra Aguilar, Artemi Gavezou y Lidia Redondo (que no participó en los ejercicios de Río) fueron sumamente colaboradoras, hasta el punto de recorrer con parte del equipo de estilismo y fotografía y conmigo misma la sección de ferretería, a la caza y captura de algo que pudiera servir de palo al que fijar cintas improvisadas, porque ellas no tenían las suyas reglamentarias. Impresionante profesionalidad. Sin cintas no había reportaje, y hasta que no consiguieron unas a las que dar un movimiento moderadamente similar al de la auténticas no se dieron por vencidas.

Eso, no darse por vencido es la característica fundamental de los deportistas de élite. Eso moldea una personalidad. Eso queda para siempre. Hoy más lejos, mañana más alto, pasado más fuerte. Con el espíritu olímpico para lo que no es necesario ser ídem. Ellas lo demostraron con creces. Se crecían. Se sentían bien compitiendo y eso trascendía en su fuerza, en su mirada, en la sonrisa (siempre me impresiona la sonrisa de Lourdes Mohedano, en la foto, abajo a la derecha). También en el ejercicio con aros y mazas, elegantes, altivas, crecidas, sabiendo que una medalla se traían para casa. Así triunfaban. Pero yo las había visto antes. Cuando no tenían nada que demostrar ni nadie ante quien triunfar. Las había visto mientras las maquillaban y peinaban y las vestían, como profesionales. Pero también reproduciendo ejercicios, en frío, en los pasillos entre lavadoras, sin música, sobre lavavajillas, sin sus aparatos, frente a los frigoríficos. Sentían que estaban trabajando como protagonistas de aquel reportaje. Saltaban, reproducían movimientos gimnásticos, una y otra vez, hasta que el fotógrafo aseguraba “tenerlo”, tener la buena instantánea. Se portaban como si hubiera jueces, como si de aquella puntuación dependiera su suerte. Y en cierta medida así era. No porque el maravilloso reportaje de Javier Salas les supusiera la consecución de una medalla. Pero sí porque la disciplina, el rigor, el respeto por el cuerpo y sobre todo por el trabajo bien hecho es un continuo, no se toma y se deja, simplemente se entrena, como la elasticidad y el ritmo. Día a día. Toda la vida. En este caso hasta bien entrada la madrugada, como campeonas. Lo que son

Me enamoraron en la sección de electrodomésticos y revalidé la admiración en los Juegos Olímpicos, frente al televisor, al fin y al cabo, otro electrodoméstico.

 

Estrellas nada fugaces

Escribo y mientras lo hago (casi al aire libre) miro al cielo, buscando estrellas fugaces para las que ya he pedido mi deseo por si acaso y desde ayer. Escribo en una de las noches de las Perseidas. Y lo hago con el autoencargo impuesto de hablar de otras estrellas, como dice el título de este post, nada fugaces, que están llenando de metales España.

No. No son minas.

Aunque mira tú por donde algunos argentinos a las chicas las llaman minas.

Sí. Mis estrellas son mujeres, que no chicas, como las nombran en algunos artículos o locuciones. Mis estrellas pidieron ellas su deseo y lo vieron realizado, con sus medallas olímpicas. Son estrellas que se salen de la vía láctea del deporte. Estrellas cuyo nombre conocemos de pronto. Y esperamos que permanezcan en el cielo deportivo tan poco amable con las mujeres.

Durante años nos hacen pensar que solo hay un deporte, el fútbol. Y que solo hay unos deportistas, los futbolistas. En masculino por más que los equipos femeninos cada vez sean más notorios y ganadores. Y de pronto, cada cuatro años caemos, o mejor dicho nos dejan caer, en la cuenta de que hay vida más allá del fútbol. Es entonces, cuando llegan los Juegos Olímpicos, que sabemos de otros deportes y de otras gentes que, en efecto, deben de ser figuras en su materia. Y ahí nos damos cuenta de que las mujeres están doblemente abandonadas. Primero, desde sus deportes. Porque no son fútbol. Segundo porque de pronto descubrimos nombres que merecerían ser populares y que en cambio no han pasado la frontera de la popularidad “casera”, salvo escasas excepciones.

Y siempre ocurre lo mismo hasta que esperas que deje de ocurrir. Siempre ocupan la portada de los deportivos o de los especiales deportivos de los diarios los mismos. Ahora que han pasado seis días desde el comienzo de los Juegos Olímpicos y que sabemos que tres mujeres han ganado las únicas medallas para España (Más adelante habrá hombres; de hecho, apenas dos horas después de escribir este post Rafa Nadal y Marc López consiguen un oro en dobles, tras un partido que es una oda al esfuerzo) tienes la tentación de pensar que otros deportes, como la natación, el piragüismo o la halterofilia ocupen alguna vez espacio estelar en los medios de comunicación convencionales. Y tienes la tentación de pensar que esas mujeres casi desconocidas (porque Mireia Belmonte no lo es) pasen a ocupar el lugar que se merecen y que han ganado a pulso a fuerza de trabajo, esfuerzo, sacrificio.

Como el de los hombres. Desde luego. Solo que hasta ahora son ellas quienes nos dan medallas.

Hablaremos al final de las Olimpiadas y sabremos qué ocurrió con los deseos. De momento, Aleluya, Mireia Belmonte, bronce en 400 estilos y oro en 200 metros mariposa; a Maialen Chourraut, oro en kayak (k1); y Lydia Valentín, bronce en halterofilia.

El niño solo en la playa

Podría hablar del mismo mar de todos los veranos. Y mentiría. Quedaría  bien con esta frase cercana al título literario. Pero mentiría, porque ni era el mismo mar, ni el mismo sol ni el mismo verano. Nunca es nunca. Nunca el mismo sol ni el mismo verano que este año es diferente como pocos. Relativo, que diría Einstein.playa 1

Acabar de cruzarte en el lavabo del chiringuito al torero Enrique Ponce y a su esposa Paloma Cuevas hubiera sido suficiente elemento como para poner chispa a la tarde. Por cierto que ella es a la luz del día y en versión playera mucho más joven y guapa que pasada por el maquillaje y el photoshop, y mucho más natural, pues estaban limpiando los baños femeninos y ella tan pancha se metió con su marido en el de hombres… Y sin embargo no parecía hecho suficientemente relevante a ojos de niños  y de grandes, porque ni todos se cruzaron con ellos, como fue mi caso, y lo que a la mayoría parecía preocuparles era lo mucho que las olas crecían con la marea hasta el punto de echar de la playa a la primera línea consecuentemente empapados, tumbonas, enseres y personas, seguramente por ese orden.

La marea crecía. El oleaje crecía. Las voces, aunque pareciera imposible, crecían, acumuladas como los cuerpos a los que pertenecían, acumulados también unos cerca de otros, huyendo de las olas, las voces sobre los cuerpos, los cuerpos cada vez más juntos, a ritmo de toallas y hamacas que en una especie de baile asintónico arruinaban esa perfección del orden en el que unas y otras conviven al comienzo de la jornada.

Los de al lado habían comido. O mejor dicho solo habían comido una porción de lo que guardaba su nevera portátil, porque lo que es comer comían continuamente, explicando de un solo vistazo que ellos no practicaban lo que siempre dice una prima médico: “lo único que adelgaza es lo que queda en el plato”. No dejaban ni las migas. Aquella familia folclórica y racial se dividía entre quienes se atrevían a desafiar la terrible corriente que ya desde la orilla conducía hacia el fondo y quienes se mantenían pegados a la nevera bajo la sombrilla. Hablaban sin parar las mujeres. Desafiaban los hombres. Muy racial también. Y mientras ellas diseccionaban la última conversación con algún pariente a quien también diseccionaban, un niño lloraba y casi gritaba: “Quiero bañarme”. Gritaba cada vez más alto, sintiendo que nadie escuchaba su lamento de lágrimas secas. Mostraba sus manguitos a los que había pegado sus brazos, como dando a entender que estaría a salvo. Ni miradas ni escuchas. Sordas y ciegas aquellas diseccionadoras de cuerpos y almas ajenas. No es que no hubiera manera de calmar al crío. Es que no había atención prestada. Ninguna.

Yo, la verdad, quería dormir la siesta. Y yo sí le miré. Y le chisté. Y se calló. Bajaba la cabeza dispuesta a la cabezada y él callaba hasta que de pronto volvía a gritar “Quiero bañarme” y yo a chistar. Entonces descubrí lo que su familia no había descubierto. Aquel pequeño de manguitos pegados solo quería que le hicieran caso. Y una vez que le había quedado claro que yo se lo hacía callaba sin que le llevara a bañar, por cierto. Pasó la siguiente media hora hasta el cansancio en un juego que llegó a divertirme, a pesar de que no me permitía dormir. El niño lloraba, gritaba y me buscaba con la mirada. Y, una vez encontrada, recibía algo que no había tenido en toda aquella sobremesa de sesión continua, una respuesta a su pesada súplica: mi chissss que en ocasiones incluía dedo en los labios en señal de silencio. Así una y otra vez hasta callarse del todo y dejarme dormir. Cuando desperté, tenía un melocotón en la boca. Él, que encontró mi mirada y sonrió, sin darle un lugar al llanto.