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Una mesa bellísima.
Una mesa bellísima.

Afectos naturales

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Felipe Díaz de Bustamante y el doctor Juárez

Las cajas mágicas de Carlos Díaz de Bustamante.

Felipe y Margarita Álvarez, de Adecco.

 

Vinyet Almirall, de Torres.

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No hay éxito auténtico que no esté relacionado con el amor. Es más, sin amor no hay éxito posible. Y solo aquellos actos, aquellas decisiones que alimentan el alma, aquellas que nos unen con lo natural,  con nuestro origen, son los que están llamados a hacernos más felices, mucho más que esos otros que tienen que ver con la fragilidad del triunfo sin más, sin amor, está claro. Esta fue una de las conclusiones de la velada organizada por bodegas Torres en casa de Felipe Díaz de Bustamante, especialista en jardines y en los afectos naturales, en una casa construida sobre lo que fue uno de los palacios de Felipe IV, frente al Casón del Buen Retiro, que alberga hoy la biblioteca del Museo del Prado, como entre 1981 y 1992 acogió el Guernica de Picasso. El Casón es un superviviente, porque, construido en 1637 es el único edificio que pervive del Palacio del Buen Retiro, al que pertenecería el edificio que da hogar a los Díaz de Bustamante. La supervivencia podría haber sido único motivo de esta cena en la que fundamentalmente se conoció la historia de Felipe Díaz de Bustamante y de los vinos de Sant Miquel de les Vinyes, colección exclusiva de Torres. La supervivencia, como arraigo y desarraigo, como reconocimiento al pasado sin aferrarse a la condena de sus cadenas, como recuperación de las esencias, de la esencia de uno mismo, del ser en la mejor representación de sí mismo, como homenaje a un presente hecho de pasados, a un pasado que toma vida en el presente, a los afectos naturales que nos han convertido en lo que somos.

En el caso de Felipe Díaz de Bustamante, la naturaleza le ha hecho sabio. De la naturaleza. Pero también de la vida que en un bucle le ha conducido a la realización de su mejor versión. El Felipe niño creció entre salvajes parajes asturianos y se arraigó a los jardines madrileños y franceses para que la ciudad no le desarraigara de su origen. Frente aquel niño iniciado en la naturaleza, el joven Felipe se dedico a desarrollar la empresa, pero con los valores aprendidos en la infancia. Como la lealtad, la que siente la viña hacia la tierra que le permite nacer. O la independencia, como la naturaleza, que nadie manda en ella. Como la capacidad de emprendimiento, pues no hay una planta igual a otra y de cada una surge otra, nueva, diferente, valiente. O el trabajo duro, que enseña la tierra a quienes tienen la suerte de conocerla de cerca. Y todo ello con un Felipe empresario, desarrollador de marca, capaz de traer a España fórmulas de éxito en Francia, como un visionario…

Ni números ni cuentas de resultados podían hacer feliz a un Felipe con alma de jardinero, con ansias de recuperar su estado natural, cercano a la infancia, que ha mantenido su arraigo a sus orígenes, que no obsesionado con el pasado. Por eso hoy, después de esa larga y exitosa carrera empresarial, puede presumir de haber sabido regresar hace ya unos años al introito pasional de los jardines, a través de su empresa Jardines de Campo, que el próximo mes de mayo pondrá en marcha la tercera feria agrícola, en un deseo de volver a lo natural, a las esencias, con los afectos naturales escritos en mayúscula.

 

 

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